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El síndrome de la medalla de plata

No escribimos este artículo por la gran deportista Adriana Cerezo, que ha ganado con mucho mérito y juventud la medalla de plata, no. Pero sí que ella ha sido quien me ha sugerido el síndrome que ha sido tan controvertido desde las olimpíadas de Barcelona. Nos viene bien tomar nota, de que estas cosas ocurren en el comportamiento humano y está más que demostrado que así actuamos, y sabiéndolo podemos tener conciencia personal y colectiva para poder cognitivamente modificar nuestras emociones sabiéndolo que reaccionamos como lo hacemos.

 

Los humanos necesitamos premios, estímulos positivos, aunque tenemos premios todos los días y casi a todas las horas, muchos de ellos sin darnos cuenta de que son realmente regalos de la vida, de la naturaleza, de nuestro propio cerebro que nos dispensa, sin ser muchas veces conscientes de ello. La dopamina, concretamente tiene el llamado: circuito dopaminérgico, que es el circuito de la recompensa, del premio (Núcleo accumbens); cuando nuestro cerebro detecta que estamos haciendo algo que él aprueba, que es bueno para nosotros, nos recompensa “ese forma de actuar”, haciendo que experimentemos un rápido pero intenso placer, estimulado por la segregación de dopamina: Por ejemplo beber agua cuando tenemos sed, comer cuando tenemos hambre.., y no digamos miccionar cuando ya notas que no puedes más… Los estímulos positivos, los premios son necesario, son parte de nuestra vida y nos ayudan a sobrevivir.

 

Todos hemos experimentado algunas veces, en situaciones inesperadas, cuanto más inesperadas son, más disfrutamos de esa situación de sopetón, imprevista: Te cambias de pantalón, y por inercia metes las manos en los bolsillos y encuentra veinte euros, olvidados la últimas vez que te los pusiste, y tienes un subidón enorme de dopamina, ¡que solo son veinte euros! pero qué felicidad nos reporta cosa tan inesperada… Actúa el núcleo de la recompensa. Las recompensa esperadas, también son premios y nos dan felicidad, por ejemplo, el sueldo esperado a fin de mes…Y, una recompensa esperada y no obtenida, también nos inhibe el flujo de la dopamina y nos deja desconsolados y frustrados.

 

Todo comportamiento humano tiene sus consecuencias, y hablando del deporte se ha estudiado en Psicología deportiva: que muchas veces es más premio la medalla de bronce que la medalla de plata… Por eso se ha razonado a este hecho conductual humano, el síndrome de la medalla de plata. Porque si uno espera el oro, y recibe la plata, sabiendo que por quince segundo no tuvo el oro, hace que uno reciba la plata con tristeza y cierto disgusto pues casi ya tenía el sabor del oro en su paladar… El medallista de bronce se siente mejor que el de plata, pues no esperaba nada o no iba más que con la intención de participar y hacer una noble tarea deportiva, e inesperadamente -circuito dopaminérgico-, recibe la medalla de bronce; no dudemos que ese bronce le sabe a oro, o por lo menos se sintió infinitamente mejor que quien recibió el oro. Y sin embargo si espera y se entrena para una de medalla de oro, y recibe una de plata, -¡que no está nada de mal!-, el placer, la recompensa no es tal o no es tan valorada como si de oro se tratara. Esto nos indica hasta qué punto somos irracionales a la hora de valorar nuestros logros y los resultados de nuestras decisiones, incluso cuando éstas aún no han sido tomadas, previniendo lo que va a ocurrir si nos decantamos por una o por tora opción.

 

No podemos olvidar que cuando uno es escogido para unas olimpíadas, tiene mucho que ver en su algoritmo conductual, qué espera, qué entrenamiento ha tenido, que disciplina y rigor durante cuatro años, su nivel de capacidad, su nivel de ansiedad y temor a fracasar, qué expectativas tiene uno y otro (atleta y entrenador), habilidad de los demás y las influencias epigenéticas del clima, de la alimentación, de la noche y del sueño, etc… ¡Todos estos factores hacen que una plata se recoja con tristeza, pero también con entusiasmo dependiendo de la confianza que uno tenga y ponga en su deporte! Todos hemos visto cómo el que queda el segundo a punto de ganar el oro, se queda más chafado que el que quedó tercero superando in extremis al cuarto. La psicología aplicada al deporte nos lleva este paradigma: que aquello que nos motiva es directamente proporcional a la cantidad de valor de los recursos que obtenemos.

Dr. Emilio Garrido Landívar, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)

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