El Papa desea en su viaje a Francia que la reconstrucción de Notre-Dame sea modelo de acogida y participación
Las imágenes de aquellas llamas que devoraban el techo de la catedral de Notre-Dame, en París, dejaron, en aquel abril de 2019, «al mundo entero con el corazón en vilo». Infligieron un dolor en el corazón de todos, no solo de los católicos o «de los creyentes». Y, sin embargo, precisamente aquel «espantoso incendio» obligó a «levantar la mirada al cielo», descubriendo que compartíamos el mismo corazón, la misma civilización, una historia común. En la homilía, pronunciada en francés durante la celebración de las Vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y seminaristas, León XIV recuerda, esta tarde del 25 de septiembre, precisamente bajo las bóvedas de la iglesia símbolo de la ciudad de París, que «lo imprevisible» obliga a menudo al ser humano a reconocer su propia «insuficiencia».
La adoración de la Santa Corona de espinas
Después del baño de multitudes por las calles de la capital, recorridas en papamóvil mientras saludaba y bendecía, el Papa llega ante el atrio de este milagro de la arquitectura, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991. Atraviesa en papamóvil dos compactas filas de unos 5.000 fieles. El Pontífice recompensa las muchas horas de espera y recorre varias veces las masas reunidas en el atrio para saludar a todos. El sol que ilumina la fachada de Notre-Dame, sobre el fondo de un cielo azul, crea una imagen digna de un cuadro: un déjà-vu que parece transportarnos al otro lado del Sena, a las obras maestras del Musée d’Orsay, y recuerda que el impresionismo, la pintura en plein air, nació aquí.
En el primer día de su viaje apostólico a Francia, puntualmente, pocos minutos antes de las 17:00, el Papa cruza el umbral de la catedral, besa el crucifijo y bendice a los fieles con ramas de olivo. Pasa por la capilla de San Jorge y después venera de rodillas la Santa Corona de espinas, que ciñó la cabeza de Cristo durante su pasión. La historia cuenta que fue adquirida en 1238 por el rey de Francia Luis IX, futuro san Luis. Después se recoge en oración ante un relicario de la Santa Corona, que el Pontífice tiene el privilegio de besar. Posteriormente se detiene en la capilla ecuménica, mientras el órgano de Notre-Dame, obra del siglo XIX de Aristide Cavaillé-Coll, muestra toda su potencia sonora.
La restauración, modelo de comunidad
El «desconcierto» provocado por un incendio que destruyó la cubierta y la aguja, provocando el derrumbe de algunas de las bóvedas inferiores, solo pudo ser reelaborado y superado juntos, como comunidad, subraya el Papa en su homilía. Así lo demuestra precisamente la restauración de uno de los templos góticos más célebres del mundo, construido entre 1163 y mediados del siglo XIII.
De este modo se ha devuelto «a los miles de hermanos y hermanas que llegan aquí desde todo el mundo» la integridad de «una belleza que habla a nuestro corazón inquieto y lo llama a la paz». Al mismo tiempo, añade el Pontífice, se ha reconocido implícitamente la capacidad de «cada visitante» de «dejarse regenerar por aquello que ve, escucha y experimenta».
Liturgia y oración, alimento de la misión
El Sucesor de Pedro exhorta, «por otra parte», a no perder el sabor en este enfoque acogedor, orientado inclusivamente hacia el otro. «Este templo», reafirma, fue erigido para la oración, la alabanza de Dios y la celebración de la Eucaristía. Esta es la riqueza que los católicos tienen para ofrecer al mundo contemporáneo.
El Obispo de Roma recomienda ofrecer a todos este patrimonio y exhorta a participar fielmente en la «celebración del año litúrgico», que nos hace cada vez más «contemporáneos de Cristo», haciéndonos más sensibles y «abiertos a los signos de los tiempos».
León XIV los exhorta a no «descuidar nunca aquella amistad querida por el Señor» y a cultivar la «oración personal», esa relación con Dios que es fundamento de toda vocación. Es de esta «relación íntima con el Señor» de donde la «misión» recibe su alimento imprescindible, capaz de nutrir la acogida y el cuidado del otro.
Renacer como Notre-Dame
La propia restauración de la catedral —reabierta al culto en diciembre de 2024— es un símbolo de renacimiento al que el Papa invita a la comunidad eclesial local a conformarse en su actividad pastoral.
Finalmente, el Papa deja una indicación a la Iglesia de Francia: levantar los ojos al cielo, ya no en dirección a la destrucción causada por las llamas, sino hacia la estatua medieval de la Virgen con el Niño, que ni siquiera el incendio pudo dañar y que «hoy vuelve a brillar ante nosotros». Daniele Piccini – Ciudad del Vaticano

