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Cataluña y la decepción de los votantes

Decía un sabio que para estar en política hay que tener el riñón cubierto o un empleo seguro. Si no los tienes, no puedes hacer lo que debes.

Pero hay cosas que molestan. Y una es ver cómo se intenta extender una narrativa (un “relato”) sobre lo ocurrido el 14F en Cataluña, que tiene muy poco que ver con la realidad en algunos aspectos clave. Y que se extiende por razones interesadas.

El 14F, como pasó en las últimas generales, tuvo un protagonista negativo y fue Ciudadanos. Se escribió mucho sobre las razones pero se dio la espalda a un dato importantísimo, demostrado por las encuestas de trasvase de voto: los votantes que dieron a Rivera el protagonismo de la oposición no cambiaron de partido en la segunda vuelta. Más de la mitad se quedaron en casa.

En Cataluña ha vuelto a pasar lo mismo. De los 900.000 votantes perdidos por Ciudadanos, 700.000 no han votado a nadie. A nadie, señores. Y las razones son las mismas.

Los que no las quieren ver han vuelto a hablar de la “unión del centro derecha”, del “bloque constitucionalista”. Vuelven a no mirar. Piensan que los votantes tampoco lo hacen, que se dejan guiar por las etiquetas que ellos ponen. Y en un gran porcentaje (quizá un 30% del electorado) tienen razón. Pero no son todos, y cada vez son menos.

Las elecciones catalanas han vuelto a demostrar que hay un porcentaje muy serio del electorado que es capaz de movilizarse si cree que merece la pena. Que participa en el juego electoral cuando piensa que hay una esperanza de renovación, de cambio, de corrección de un sistema que todos sabemos que tiene problemas graves. Algunos son de la banda izquierda y creen que la culpa es del capitalismo desmadrado. Otros son nacionalistas y piensan que la cura es la secesión, legal o de facto. Otros son de la banda derecha y creen que el problema es la falta de valores o identidad común. Muchos, cada vez más, pensamos que el problema es que el edificio institucional que protege nuestra convivencia, libertad y prosperidad viene siendo carcomido desde hace décadas por dirigentes de partidos (regionales y nacionales) que tienen más apego al poder que al bien común. Que hacen falta reformas para acabar con privilegios, amiguismos, ineficacias y abusos. Gente, votantes, que quieren creer en las instituciones, en la justicia, en la ley, en sus representantes. Gente harta. Gente que ya no vota con la nariz tapada a la mejor de las malas opciones, ni a la “tribu” que le asigna la televisión, sino que no vota.

En Cataluña la abstención no ha sido sólo sanitaria, sino de desilusión. Los nacionalistas han perdido muchos votos porque muchos ya no les creen y otros ya no se fían. Y Ciudadanos ha reventado por la misma razón que en las generales: porque sus propios afiliados (los que quedan) ya no lo sienten como propio, y quien no tiene ilusión por un proyecto no es capaz de transmitirla. No vale con cuatro personas en la tele, hay que estar en la calle, en todas las calles. Hace mucho, desde la IV Asamblea, que Ciudadanos dio la espalda a sus bases y consagró un sistema de dirección y selección de candidatos cerrado y designado desde arriba. Un sistema que (quiero pensar) tuvo la excusa de proteger las esencias del partido, pero que resultó en una alienación creciente de esas bases. Conjugada con una serie de errores tácticos y de comunicación, resultó en el abandono progresivo de muchos activistas y líderes, y finalmente en la debacle. La salida de Albert no cambió nada porque el sistema siguió siendo el mismo, y las consecuencias las hemos visto el domingo.

La única buena noticia del 14F es que posiblemente se haya cruzado la raya y la reacción sea posible. Los líderes formales y morales que quedan en Ciudadanos tienen una razón clara para actuar y proponer un cambio, aunque no tengan ni un canal ni un foco (lo malo de la buena gente es que conspira poco y mantiene la lealtad hasta demasiado tarde), y parece que desde algunos lados ya lo están haciendo. Algún líder regional ya ha pedido cambios. Los renovadores intentan formar una propuesta coherente. Los que dejamos el partido porque nos había dejado a nosotros, como los votantes, pero seguimos creyendo en sus ideas, contenemos la respiración y cruzamos los dedos.

No se trata de que cambien las sillas. El problema ni siquiera es de estrategia (de tácticas seguramente sí). Es de fondo. Es de organización. Las mismas personas que en una multinacional son segurolas estirados, en una startup asumen riesgos y se ocupan de vaciar la papelera. La gente de Ciudadanos (afiliados y exiliados) sigue siendo impresionante, y los votantes han dejado muy claro que no están dispuestos a aceptar sucedáneos: en su gran mayoría prefieren quedarse en casa a votar otras cosas.

Si el 14F desemboca en cambios en Ciudadanos, cambios de fondo, cambios de refundación organizacional, retorno a valores liberales y objetivos reformistas, hay una esperanza de que dentro de un par de años las cosas sean muy distintas. Si nos limitamos (se limitan) a ejercicios estéticos de apretura de filas, a cortar un par de cabezas o a buscar el gran frente común con partidos que defienden actitudes esencialmente incompatibles con el reformismo…

… seguiremos por el camino que vamos, hacia una degeneración institucional y un desgobierno económico cada vez mayores, combatido sólo desde la sociedad civil por incomparecencia de los partidos.

Es algo que tenemos derecho a elegir, no se confundan. Lo que no me parece bien es que nos engañemos sobre los hechos y las alternativas.

Miguel Cornejo Castro (@MiguelCornejoSE) es economista y consultor.

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1 Comentario

  1. Myself

    El voto antiindependentista de CS ha ido a parar al PSC, que dará su votos para investir en la presidencia a ERC. Díganme si esto no es de locos.

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