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De la lealtad a la sumisión o como el desgobierno fuerza la “sinonimia”

Nuevamente, se pudo comprobar en la sesión de descontrol al desgobierno vivida ayer en el ya consagrado como “hemicirco de los disputados”, que la única conclusión vuelve a ser la existencia de dos bloques irreconciliables. Parece que cada uno va a lo suyo, especialmente entre los socios del banco azul y los que los apoyan desde los granates de más arriba- y rara vez las respuestas tienen que ver con las preguntas, pese -o tal vez por eso- a que aquellas se conocen por adelantado y con la circunstancia añadida de que el interpelado sólo puede ser replicado una vez, por lo que su respuesta a la réplica del preguntante queda como última palabra. Claro que poco se puede esperar de una Cámara presidida por una señora, Meritxell Batet, de claro corte separatista, que está para lo que está -en nada se parece al general del mismo apellido que puso en su sitio en pocas horas a su conmilitón Luis Companys cuando quiso romper España en 1934-, como una pieza más de esa mesa de “negociación/sumisión” que su socio de ERC, el tal Gabriel Rufián -nunca un apellido se adaptó tan bien a su portador- no deja de recordarle a cambio de su apoyo “incondicional” con condiciones. Y desde esa alta magistratura -la tercera de lo que va quedando de Estado- actúa según el que intervenga, pero siempre a las órdenes de su “elector” digital, suave con los del clan y dura con el contrario -cada vez más, “enemigo”-, en ese rol que marca el doctor Plagio cum Fraude de oposición de la Oposición.

Puede que sea por la “confusión” que acredita su propio comportamiento por lo que Pedro Sánchez pide sin cesar “lealtad” a Pablo Casado, cuando lo que quiere es “sumisión”, que para el yerno del que fuera -desconozco si lo es aún- propietario de la mayor sauna gay de Europa,  cuyo “desempeño” vuelve a aparecer, parece que son sinónimos. Precisamente lo pide el mayor desleal que haya pisado esa tribuna al posiblemente más leal opositor con el gobierno que hayamos conocido en estos 40 años de partidocracia degenerativa, que lo apoyó en tres de las seis prórrogas del estado de alarma, en la propuesta del ingreso mínimo vital y que puede estar dispuesto a apoyar el decreto de la mal llamada “normalidad” pese a ser insuficiente y a la negativa del gobierno a sus propuestas de pactos y a reunirse con él. El diccionario de la R.A.E. diferencia bien ambos términos. En su acepción primera, sumisión es el “Sometimiento de alguien a otra u otras personas” que completa en la tercera con el “acatamiento, subordinación manifiesta con palabras o acciones”, que es lo que le gustaría al Sr. Sánchez que hiciera el Sr. Casado. Por el contrario, lealtad es el “Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”, tres virtudes, fidelidad, honor y hombría de bien, que Mr. Falconeti ha demostrado que no tiene en su haber.

Hilado con esto, está lo que también ayer preguntaba el vicepresidente PabLenin Iglesias, autoridad única social durante la pandemia, respecto a “qué estaría pasando en España si esta desgracia -él usaba otro término- hubiera sucedido con un gobierno del Partido Popular”. Pues le voy a contestar, señor “marqués” de Galapagar. No si estuviera pasando lo que ha pasado, con más de 45.000 muertos de los que casi la mitad quieren seguir ocultando desde el desgobierno, sino con una décima parte, o menos, las calles estarían ardiendo y los supermercados y las propiedades privadas puede que asaltados por sus compinches, ya vimos en situaciones infinitamente menos graves a los defensores del escrache como “jarabe democrático” o al que decía que “a veces, defender el puesto de trabajo, lanzando tuercas y cohetes, es el mayor acto democrático que se pueda llevar a cabo”  o pedía “disculpas por no romper la cara a todos los fachas con los que discuto en la televisión”, ¿lo recuerda señor investigado en el caso Dina? No es de extrañar que Teodoro García Egea le dijera que “Les veo un poco crispados y nerviosos” y le preguntara si “Le han filtrado información desde la Fiscalía sobre el asunto por el que lo están investigando”, que no respondió ni le gustó mucho a juzgar por el gesto que puso pese a estar entrenado en el disimulo y la hipocresía. Resultó graciosa, de no ser patética por lo que revelaba, la respuesta de la insigne Carmen Calvo a la pregunta de Iván Espinosa de los Monteros, de VOX: “¿Piensa el gobierno hacer algo por restituir la credibilidad de las instituciones del Estado?” y, una vez más, la de Cabra dixit una de las suyas: ”No hay que restituir lo que no ha existido”, que dejó atónita a su propia bancada que tardó unos segundos en reaccionar con el aplauso lacayo, que no secundó por cierto su presidente. El vice amagó un aplauso.

En fin, la historia se repite con este PSOE traidor y cobarde de siempre, aunque ahora alguno de los históricos descubran la pólvora y nos sorprendan con sus “sensatos” comentarios, como si no hubiera ido con ellos todo lo andado -cierto que dos o tres pueden salvarse del saco común, Paco Vázquez, Nicolás Redondo y… me cuesta encontrar al tercero-. Sin entrar en detalle de su tan larga como inane antigüedad, que no historia, como sostengo desde que comparto mis reflexiones con mis pacientes lectores, las tres etapas recientes de gobiernos de este antiguo partido tienen un denominador común, bueno, dos, ruina y corrupción. Los 13 años de Felipe González acabaron con una crisis económica y no pocos casos de corrupción que no voy a repetir por estár en la mente de todos, después de haber hecho no pocas modificaciones legislativas que facilitaban -por decirlo de forma suave- “meter la mano en la caja”, vía “contratación” o manejo laxo de fondos reservados, además de haber sembrado las bases de la no menos importante laxitud educativa que iría abriendo las puertas a la “juventud mejor preparada de nuestra historia”, como le gusta repetir a esta izquierda que se hace trampas en el solitario. La segunda, los 7 largos años de José Luis Rodríguez, iniciada con una tan perversa como estudiada manipulación -si no algo más, que tal vez algún día, cuando los españoles estén más “preparados para conocer la verdad” (¿no, Sr. Gómez Bermúdez?) se conozca- del peor atentado sufrido en España, acabó con una triple ruina, la económica, común al socialismo y rematada por el mismo que dejó la primera, el “tuerto” en 2008 Pedro Solbes -triste récord el suyo-; la moral producida por la deriva educativa en la que se iba imponiendo el relativismo buenista del que también presumen con insistencia, disfrazándolo con el eufemismo de turno, “el Estado del bienestar”, desde el que lo más destacable es cómo muchos de ellos se han procurado “el bienestar de su estado”, y la social, derivada de la apertura en canal de “las dos Españas” que supuso la unilateral ley de “desmemoria histérica”, producto de un joven resentido con la historia desde un odio impropio, sin duda inoculado desde la más tierna infancia por alguien que no supo entender las circunstancias y sacar alguna conclusión positiva -de estos cada día van apareciendo más, desde la ignorancia completa y creciente del pasado-. Estamos ahora en la tercera, en la que los dos años que parecen siglos de Pedro Sánchez nos llevan a una nueva ruina económica -¡qué “fiesta” sin la tía Juana!- que la crisis sanitaria, cuya pésima gestión -aunque fuera importada- está acelerando, ya veremos hasta qué extremo. Y lo peor es que las otras dos crisis que nos dejó su antecesor, la moral y la social, siguen avanzando sobre un sustrato más “consolidado” después de que el interregno de Mariano Rajoy no hiciera prácticamente nada para contrarrestarlas. Por supuesto, que no ha sido Rajoy el único culpable de ese lado en haber propiciado lo que llegó, baste recordar lo que decía Javier Arzallus en 1996: “He conseguido más cosas con Aznar en quince días, que con González en 13 años”, pero no voy a entra en detalle tampoco. Basta de “lamernos las heridas y vamos a denunciar sin tapujos, alto y claro”, como le acabo de escuchar a un buen amigo.

Antonio de la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión

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