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La isla de Francisco Javier, primer santuario para los católicos chinos

La isla de Francisco Javier, primer santuario para los católicos chinos

Por Marta Zhao

La vida del gran misionero jesuita San Francisco Javier refleja fielmente las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Con menos de 47 años, Francisco Javier, cuya liturgia la Iglesia conmemora el 3 de diciembre, fue arrebatado por la muerte debido a una pulmonía. Sucedió en una cabaña de hojas en la isla de Shangchuan, frente a Guandong, la provincia costera China a la que anhelaba llegar. A su lado, solo un crucifijo y un chino recién convertido al cristianismo, que debería haberle acompañado como intérprete en su nueva aventura. Podría parecer un fracaso, pero es la imagen del “crepúsculo del jesuita” descrito en la obra “El divino impaciente” de José María Péman, retomado varias veces también por el Papa Francisco. No obstante, hoy celebramos a Francisco Javier como Patrón de las misiones, honrándolo con definiciones resonantes como Apóstol de las Indias y Gigante de la Evangelización.

Después de 471 años, este excelente «grano de trigo» sigue dando muchos frutos que se extienden desde la misma isla de Shangchuan, donde murió al amanecer del 3 de diciembre de 1552.

Para Francisco Javier, China no fue un «sueño» prohibido, una ambición misionera frustrada e incumplida, como sugieren los tópicos aplicados a su aventura cristiana. Lo atestiguan los cientos de misioneros que después de él llevaron el Evangelio a China, siguiendo la huella de su labor apostólica. También lo cuenta, a su manera, la propia isla de Shangchuan, donde concluyó su vida terrenal. Desde ese lugar, puerta meridional de China y avanzada marítima de la Ruta de la Seda, se puede decir que Francisco Javier sigue velando por el anuncio del Evangelio de Cristo en China.

En la isla de Shangchuan hay un parque que rodea el cementerio dedicado al santo misionero jesuita, descrito como el primer santuario de China. Es un lugar significativo para la fe de muchos católicos chinos y de otras tierras, visitado por catecúmenos de todas las edades. El espacio está marcado por una capilla, una estatua imponente de Francisco Javier, una cruz y un pozo. Muchos acuden allí para encontrar refrigerio y vigor renovado en su camino cristiano.

Gracias a San Francisco Javier, la isla de Shangchuan es hoy un lugar apreciado por muchos cristianos de todo el mundo. Las autoridades civiles también contribuyen al cuidado de este lugar de devoción y espiritualidad.

En agosto de 1986, las autoridades del condado de Taishan, que administran también a isla de Shangchuan, destinaron fondos junto con ofrendas de los católicos chinos de todo el mundo para financiar la restauración del cementerio y devolverle su apariencia original. Este lugar de oración y recogimiento, cuya historia se remonta al siglo XVIII, se considera el «primer santuario» católico y portugués en suelo chino.

Aunque los restos mortales de San Francisco Javier descansan en Goa, en la Basílica de Jesús Nacido, desde 1553, el cementerio de la isla de Shangchuan alberga un mausoleo simbólico del Santo y una placa dedicada a él, que data de 1639, en la época de la dinastía Qing. En ella se lee una frase grabada en chino y portugués: «Este es el lugar de descanso eterno de San Francisco Javier, el predicador jesuita en Oriente». Grupos de católicos de China y del extranjero han contribuido a la conservación y restauración del lugar, labor en la que se han distinguido las Hermanas Canosianas de Hong Kong, que han construido la escalinata que conduce a la entrada principal del cementerio, en la colina, y el camino del «Vía Crucis» que sube por la colina hasta el monumento.

En 2006, antiguos alumnos y amigos del Wah Yan College, institución jesuita de Hong Kong, donaron fondos para la restauración del cementerio con motivo del 500 aniversario del nacimiento de San Francisco Javier. En septiembre de 2011, el municipio de Taishan reconoció la tumba del santo como lugar y patrimonio cultural del municipio. Posteriormente, en diciembre de 2015, la administración provincial de Guangdong otorgó al lugar el reconocimiento de patrimonio provincial.

El Gobierno chino reconoce la importancia del cementerio de Francisco Javier como un testimonio valioso para el estudio del impacto de la Ruta Marítima de la Seda en la cultura y la religión chinas.

Peregrinos, tanto chinos como extranjeros, acuden de todo el mundo para orar en la isla de Shangchuan. Una cruz solemne erigida en la orilla del mar da la bienvenida a los visitantes. Al ascender por escalones de piedra, se llega a la capilla dedicada a San Francisco Javier, recordando que el santo recorrió miles de kilómetros por mar para proclamar el Evangelio de Cristo por todas partes.

Siguiendo los escalones de piedra en la parte trasera de la colina, flanqueados por imágenes del Vía Crucis, se llega a la cima donde se alza una imponente estatua de Francisco Javier. Los pinos que rodean la estatua están inclinados, según la creencia local, como un milagro en devoción al santo. Un detalle aún más sorprendente es el pozo que Francisco Javier utilizaba para obtener agua para sus actividades diarias. Situado cerca del mar, el pozo queda completamente sumergido durante la marea alta. Sin embargo, cuando la marea baja, el agua regresa clara y dulce, sin un solo grano de arena, y se puede beber sin riesgo.

Estos lugares inspiran a muchos peregrinos, brindándoles la fuerza necesaria para perseverar en su camino, caminando en las huellas de San Francisco Javier.

«El gran misionero Francisco Javier -recuerda el Papa Francisco en el libro-entrevista «Sin Él no podemos hacer nada»– termina así, mirando a China, adonde quiso ir y no pudo entrar. Muere así, sin nada, solo ante el Señor. Muere allí, es enterrado, y es como cuando se entierra una semilla». Es la suerte -continua el Papa- que corrieron todos los misioneros enterrados en las tierras de su misión: «Muriendo en esos lugares, fueron plantados en esa tierra como semillas». Los verdaderos misioneros, y las verdaderas misioneras de cualquier tipo -añade el Sucesor de Pedro-, «no son simples “enviados”. No son intermediarios. Van en misión siguiendo a Jesús, con Jesús, junto a Jesús. Caminan con Él. Y cuando son grandes misioneros, se comprende que es Él quien los lleva». AGENZIA FIDES

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