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La «coexistencia entre diferentes» brota en Kazajstán por encima de las tragedias del pasado

La «coexistencia entre diferentes» brota en Kazajstán por encima de las tragedias del pasado

Una luz brilla desde Astana. La «coexistencia entre diferentes» brota en Kazajstán por encima de las tragedias del pasado

Por Victor Gaetan

La República de Kazajstán, un país cinco veces más extenso que Francia, estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede en 1992. En el país, la catástrofe de un millón y medio de víctimas de ensayos nucleares está hoy en el origen de su movilización activa y tenaz contra las armas nucleares en los foros internacionales, en estrecha colaboración con la Santa Sede

La influencia positiva de la Santa Sede es palpable incluso en lugares donde la comunidad católica es numéricamente muy pequeña, como en Kazajstán.

El Viceministro de Asuntos Exteriores, Roman Vassilenko, destaca la importancia de las buenas relaciones con el Vaticano para Kazajstán. Según Vassilenko, el Vaticano es una fuerza del bien, y Kazajstán aspira a ser una fuerza similar a nivel mundial. “Promovemos ideales similares y perseguimos objetivos parecidos para construir la paz, el entendimiento y el diálogo” resalta el viceministro.

El encuentro con Vassilenko tuvo lugar en octubre, con motivo del vigésimo aniversario del Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales una reunión trienal que ha congregado a cientos de representantes de comunidades religiosas en la República de Kazajstán. Este país celebrará su 34º aniversario el 16 de diciembre. Cabe destacar que el Papa Francisco participó en el Congreso en septiembre de 2022.

«El mensaje que trajo el Papa Francisco fue extremadamente constructivo», ha destacado Vassilenko, quien ha añadido que su Gobierno respalda también la declaración sobre la fraternidad humana, firmada conjuntamente por el Papa y el Gran Imán de Al Azhar Ahmed al Tayyeb en 2019.

El objetivo del foro espiritual ecuménico e interreligioso de Kazajstán es triple: 1) fortalecer la capacidad de los líderes religiosos para promover la paz, la estabilidad y la seguridad mundiales; 2) contribuir al entendimiento mutuo entre las civilizaciones orientales y occidentales; 3) prevenir el poder destructivo de la competencia religiosa. Como ha explicado el arzobispo de Astana, Tomasz Peta: «Puede ser un signo que señale a Dios como fuente de paz». Este año, los organizadores se han reunido para planificar el futuro: han examinado un documento que prevé una colaboración más intensa entre los líderes religiosos en la próxima década.

¿Cómo ha logrado una nación tan joven acoger este ambicioso evento a nivel mundial?

Como señaló el Papa Juan Pablo II, es el resultado de una larga historia: «Este espíritu de apertura y cooperación forma parte de vuestra tradición, porque Kazajstán siempre ha sido una tierra en la que se encuentran y coexisten diferentes tradiciones y culturas». (El gobierno kazajo atribuye al Papa Juan Pablo II la idea original de celebrar un evento periódico para líderes religiosos en Astana. El Papa fue el primer pontífice en visitar el país, en septiembre de 2001, menos de dos semanas después del atentado terrorista del 11-S en Nueva York, cuando los vientos del conflicto entre Oriente y Occidente soplaban con fuerza).

Además, Kazajstán ha asimilado de forma muy constructiva una historia trágica y un clima difícil para redefinirse como una sociedad tolerante, multiétnica y multiconfesional. El Congreso es una manifestación de esta identidad, particularmente valiosa teniendo en cuenta la situación estratégica de Kazajstán, ubicado entre Europa y Asia, lindando con China, Rusia y el resto de Asia Central.

El Viceministro Vassilenko ha confirmado que Kazajstán es una «sociedad étnicamente diversa», basada en una historia única de flujos de personas y grupos: «Tenemos iglesias católicas incluso en lugares remotos, como el lago Ozernoye, en el norte, donde la población polaca se vio exiliada en la época soviética y sobrevivió gracias a la hospitalidad kazaja».

Construir sobre el dolor

Cientos de miles de personas, sospechosas por las autoridades soviéticas de no apoyar el programa estalinista, fueron deportadas de sus hogares a la inhóspita estepa kazaja a finales de la década de 1920 y principios de la de 1950.

En 1936, más de 35.000 polacos que vivían en la frontera ucraniana y 20.000 campesinos finlandeses fueron metidos en convoyes ferroviarios y enviados a campos de trabajo en Kazajstán. En 1937-38, más de 175 mil coreanos del Lejano Oriente soviético fueron enviados también a Kazajstán. Debido a que no se avisó a los funcionarios locales, muchas de estas pobres almas desarraigadas murieron de hambre, enfermedades y sin hogar.
Después de que las tropas soviéticas ocuparan Polonia en septiembre de 1939, reunieron a unos 60.000 polacos, ucranianos y bielorrusos y los enviaron a la estepa kazaja -donde las temperaturas en el norte pueden descender hasta -40 °C en invierno- en un viaje en tren de llegaba a durar un mes.

Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en 1941, los estalinistas tomaron represalias contra los alemanes que se habían asentado en torno al río Volga, invitados por Catalina la Grande. De los 850.000 alemanes del Volga deportados al este, más de 400.000 fueron reasentados en Kazajstán. En 1944, les tocó a los chechenos sufrir esta dura práctica de reubicación masiva basada en el origen étnico: 478.000 chechenos-ingushes fueron trasladados por la fuerza a la mayor república de Asia Central.

Esta práctica se ralentizó con la muerte de Stalin en 1953. Para entonces, había campos Gulag dispersos por todo Kazajstán, incluido uno reservado para mujeres cuyos esposos o padres habían sido detenidos como traidores. Otro de estos campos, KarLag, fue uno de los mayores campos de trabajo de la Unión Soviética, y de él surgió Karaganda, la quinta ciudad más grande del país.

Gran parte de la riqueza económica de Kazajstán fue construida por estos trabajadores cautivos, cuyos descendientes han poblado el país y contribuido a su carácter multiétnico.

Una perspectiva católica

La idea de que la persecución ha creado hoy una sociedad que celebra la diversidad y el diálogo parece casi demasiado buena para ser verdad. He entrevistado a un talentoso productor de vídeo, Aleksey Gotovskiy, de 33 años, actualmente residente en Roma pero nacido y crecido en Karaganda (Kazajstán), para obtener su punto de vista sobre la evolución de su país.

Gotovskiy confirma: «El pasado común reforzaba la idea de una sociedad multicultural, ya que en los gulags la gente no era católica, ortodoxa, polaca ni alemana. Eran personas que tenían que sobrevivir, y lo lograban mediante la cooperación y la ayuda mutua. Así que creo que, a partir de este período de comunismo en el que todos sufrían juntos y luego se ayudaban mutuamente, fue un paso natural para el nuevo Kazajstán adoptar esta idea».

En su opinión, otros dos factores son cruciales para comprender cómo la experiencia soviética forjó una gran unidad a partir de la diversidad: las exigencias físicas a las que tuvo que enfrentarse la gente y el duro clima en el que se encontraban.

«No se trataba de campos de exterminio como en Alemania; no se enviaba allí a la gente a morir. La gente era enviada a crear nuevas ciudades e industrias. Mi ciudad fue construida por personas enviadas a los campos: japoneses, coreanos, alemanes y de muchas otras naciones», explica Gotovskiy. «El mayor reto», continúa, «era el entorno tan duro, el clima. Para sobrevivir, la gente tuvo que cooperar, y lo hicieron, con la ayuda de los kazajos».
Gotovskiy se educó en la época poscomunista, cuando valores como la tolerancia y el respeto a la diversidad religiosa venían enseñándose activamente en la escuela. Fue monaguillo y recuerda que le dispensaban de las clases cuando había alguna celebración. Las clases de literatura incluían el estudio de la Biblia. Un icono colgaba de la pared del aula donde se enseñaba historia rusa.

Las principales tradiciones religiosas de Kazajstán son el Islam (fe mayoritaria de los kazajos nativos) y el cristianismo ortodoxo (principalmente ortodoxo ruso). Los católicos representan como mucho el 1% de los 19 millones de habitantes. La respuesta de Gotovskiy sobre sus relaciones con los musulmanes me ha parecido sugestiva: “La fe en Dios une a la gente en Kazajstán. Crecí con la creencia de que sólo hay un Dios. No entremos en detalles, pero los kazajos no creen que yo sea un hereje, al contrario. La actitud de los musulmanes en Kazajstán es más bien la siguiente: ‘Si sólo hay un Dios, también es nuestro Dios’. Así que mis vecinos me decían: ‘Por favor, ¿podrías rezar por tal o cual persona cuando vas a la iglesia?’ Y eran musulmanes. Creen en un solo Dios. Así que, si existe, existe para todos nosotros. Un Dios. Yo hablo con Él, los musulmanes hablan con Él, nuestro único Dios”.

Desarme nuclear

El desarme nuclear es un tema que el Congreso de Líderes Religiosos aborda con regularidad. Un documento del Congreso subraya «la importancia de la acción colectiva de las sociedades y los Estados para construir un mundo sin armas nucleares».

También en este caso, la historia de Kazajstán ayuda a explicar su firme postura pública contra las armas nucleares.

El ejército soviético utilizó Kazajstán como su lugar principal de pruebas para armas nucleares. Entre 1949 y 1989 se realizaron más de 500 pruebas nucleares en superficie y subterráneas, principalmente en la ciudad nororiental de Semipalatinsk, rebautizada Semey. Alrededor de 1,5 millones de ciudadanos sufrieron los efectos negativos de la exposición a la radiación, con altas tasas de defectos congénitos y cáncer. En el momento de la declaración de independencia, el país poseía el cuarto arsenal más grande de armas nucleares; transcurridos cuatro años, ya no tenía ninguna porque el nuevo gobierno había cerrado el emplazamiento y colaborado con expertos occidentales para desmantelar esas armas letales.

Durante su viaje, el Papa Francisco se refirió al hecho de que «Kazajstán ha tomado decisiones muy positivas, como decir «no» a las armas nucleares y hacer buenas políticas energéticas y medioambientales. Ha sido un gesto valiente. En un momento en que esta trágica guerra nos lleva a pensar en las armas nucleares -qué locura-, este país dice ‘no’ a las armas nucleares desde el principio».

Kazajistán sigue siendo un líder internacional para el desarme y ha trabajado arduamente para conseguir la aprobación del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW) junto con la Santa Sede. El TPNW entró en vigor en 2017, sin el apoyo de las principales potencias nucleares, incluidos Estados Unidos, Rusia e Israel. Precisamente esta semana se celebra una reunión de los firmantes en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. AGENZIA FIDES

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