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La Expulsión de los jesuitas de España

La Expulsión de los jesuitas de España

Número 39

La iglesia católica en este país ha pasado por momentos críticos. Momentos en los que la palabra persecución se ha hecho el santo y seña de su día a día.

Uno de estos momentos se produjo el 27 de febrero de 1767

cuando su real majestad Carlos III de España firmaba la Pragmática Sanción por la que se ordenaba la expulsión de la Compañía de Jesús de todas las tierras de su reino.

¿Motivo?

Habían sido acusados de agitadores, de provocar disturbios en las calles. Acababa de suceder el llamado Motín de Esquilache, por el que su principal ministro el marqués de Esquilache había sido destituido como medida para terminar con dichos disturbios. Y ello había creado un sentimiento profundo de revancha del rey y de su corte hacía los culpables de dicha destitución.

El entonces fiscal del Consejo de Castilla, Campomanes, persona entonces de gran influencia en la corte, lo había tenido claro, había que buscar una cabeza de turco. ¿Por qué no la iglesia católica? Pero como no se la podía atacar directamente había que buscar a alguien y, esta era una orden religiosa, la Compañía de Jesús.

La Compañía de Jesús mantenía un voto de obediencia al Papa de Roma y Carlos III y su corte, como absolutistas que eran, no veían con buenos ojos dicha obediencia. Eso les restaba poder.

La excusa era perfecta.

Tras una confusa y escondida investigación, los espías de la corte habían conseguido interceptar la correspondencia de la orden con Roma y habían conseguido transformar inocentes escritos en culpables textos en los que se demostraba la participación de la orden en los disturbios antes descritos.

Llega, por tanto, la orden de expulsión, la llamada Pragmática. Se les ordena marcharse, incautar sus bienes y se les amenaza con la pena de muerte si vuelven a España.

Pocas semanas después, entre el 31 de marzo y el 2 de abril, las casa donde viven los jesuitas son rodeados por soldados. A los días, más de 5000 jesuitas, la mitad presentes en España y la otra mitad en América y, sin excepción alguna eran subidos a barcos en diferentes puertos españoles y expulsados del país.

Cuando estaban ya en la mar, se recibía la orden del papa Clemente XIII, por la que se les informaba que no iban a ser acogidos en los entonces llamados Estados Pontificios. Si se acercaban como así sucedió, los cañones papales les iban a bombardear.

Finalmente serían acogidos en Córcega. Carlos III consciente de lo que había hecho les concedería una mínima pensión para poder mantenerse. Hacinados durante años, solo consiguieron que el siguiente papa, Clemente XIV, les acogiera en Roma. Eso si tras decretar su disolución.

Una disolución que sería anulada en 1814 y qué, con ello, volverían a la España que les había expulsado.

Andrés Valencia, profesor e historiador

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