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De colchones y bancos

Existen amables, donde descansar como sobre hogareño colchón; pueblan jardines, plazas y bulevares. Otros apuntan más chungo, aunque disfruto amistades que allí trabajan; son inocentes, viene de las alturas.

Por ejemplo, pasa a través de los bancos una fortuna en nóminas, antaño asunto entre empresario, trabajador, Hacienda y Tesorería. Incluso cualquier pago a la administración o viceversa; entre particulares desde mil euros. ¡Ay, libertad, que estacazos te sacude el BOE! Depositamos nuestro capitalito y nos cobran por ello; si efectúa usted desde ordenador un traspaso entre dos cuentas suyas, también.

Trituradas las cajas con su obra social, las financieras de lucro acaparan patente crediticia con monedero ajeno, para recoger en arca propia. Y diez veces por encima de los caudales custodiados, que el “coeficiente” les permite prestar dinero virtual, cobrando parné sonante; una canonjía. Intereses, ni los sueñe, pese a que llevan batiendo números décadas. Y, si su fina piel considera que un año les reduce el incremento de hucha, ahí está el colchón erario; firma y santas pascuas; con subidas de impuestos, solucionado. Que el mullido sostén de las posaderas ministeriales se llama bancada.

Otra vuelta de tuerca se les regala: el ejecutivo bipartidista proyecta suprimir el dinero físico, así todo pasará al cajón. Para algo están los colegas.

Y ellos, agradecidos con las formaciones, les sueltan pasta en condición que los mortales nunca obtendremos. Eso, cuando no condonan su deuda. Incluso un vice pudo adquirir una mansión con chollete. Mientras, una entidad de impresionantes beneficios anuncia que quiere echar a miles de sus oficinistas vía ERE. Se lo aprobarán; la dueña acostumbra elogiar a este gobierno.

Hoy, responsables con la que está cayendo, han decidido ayudar subiendo comisiones a saco. Para los humildes, claro. Inútil esperar limitación estatal del precio ni protestas de organizaciones subvencionadas. Luego dirán “ahora que habíamos acostumbrado al burro a no comer, va y se muere”.

Tanta sensibilidad conmueve. No me explico cómo les pongo cara de usurero dickensiano o avaro de Moliere.

Se avistan nuevas fusiones. Lo malo es que golpearán las trasfusiones. No para salvar sus pacientes, muy pacientes, sino a fin de apuntillarlos. A escasa competencia, más palos al usuario. También a los empleados: tras, vendrán cierres de oficinas y despidos.

El otro día salté del colchón al banco. Tempranero, que las excentricidades del virus les obligaban a no atender la cola pasadas las 11,30. Pretendía ingresasen en cuenta un recibo. Respuesta, que el próximo me lo haga yo desde el domicilio. Mi “gestor” (el anterior era amable) se ha ido para arriba: “ya no lo hacemos”, “no se lo admitas”. Al cabo, la señora del mostrador ha tramitado en menos tiempo que el de la polémica, descontándome euros por meterles fondos. Algunos son unos cachondos.

Me siento mirando hacia el azul de dicha sucursal. Medito que, sin embargo, tenían razón; cuanto más lejos, mejor; ¿por qué molestarles? Recuperemos sabiduría de los abuelos. Bancos, los de las calles; billetes, si a alguien le quedan, al colchón. Hasta que también nos lo prohíban, ahorrará.

Jesús Javier Corpas Mauleón, escritor

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