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Hoy toca hablar de Enrique Urquijo

Escribir un artículo que no hable de la Covid-19 produce un cierto vértigo, un punto de pudor.

No hacerlo de los temas actuales, los denominados “serios”; el virus, presupuestos, tensiones en la política de nuestro país, o las pasadas elecciones en EE.UU., nos obliga a sacar a la luz sentimientos y sensaciones, en un mundo donde ocultarlas se convierte en deporte nacional.

Es probable que nos dediquemos a analizar, reflexionar, diseccionar, ese tipo de temas porque nos resulta mucho más fácil, al evitar exponernos a aparecer públicamente en carne viva.

Pero hoy me rebelo, porque toca hablar de cultura ese sector abandonado y más concretamente del “chico triste”, de Enrique Urquijo, que el próximo 17 hace 21 años que nos dejó.

Como dice una estrofa de “Ojos de gata”, “cómo evitar que me vuelva vulgar al bajarme de cada escenario”. Por eso los que escribimos constantemente sobre la actualidad política y social, corremos el riesgo de volvernos vulgares al hacerlo sobre otros temas donde nos desnudamos sentimentalmente y eso produce vértigo.

Esta mañana gris, tanto como sus canciones, me arriesgo y me lanzo al abismo provocado por las sensaciones tenidas al escuchar de nuevo los discos antiguos de mis queridos Los Secretos, el grupo que lideró durante años.

Antes de comenzar quiero recordar aquella comida con Álvaro y Víctor, su manager, repleta de recuerdos de nuestros respectivos hermanos que se nos fueron demasiado pronto, quizás por vivir muy deprisa, en una época donde quedaron por el camino las gentes más audaces, creativas, e imaginativas.

En esa emotiva conversación le hablé de Javi, mi hermano, que se lo llevó aquella cruel pandemia de entonces, el SIDA. Fue líder y compositor de un grupo de rock que se pateó los garitos de Madrid allá por finales de los 70 y principios de los 80: RETALES.

Sentí que a través de ambos, Javi y Enrique, se construía un vínculo, un fino hilo de comunicación entre nosotros.

Quizás la música actual sea un reflejo de la sociedad líquida que nos toca vivir-sufrir y la razón por la que un grupo como ellos hayan cumplido más de 40 años sobre los escenarios, cuando los que aparecen hoy en día, al igual que sus canciones, duran apenas un telediario, porque como la mayoría de las relaciones actuales son de usar y tirar.

Los Secretos continúan porque son verdad, compromiso, profesionalidad y especialmente sentimientos a borbotones. Por eso emocionan, te llegan hasta lo más profundo y las gentes que asisten a sus conciertos se saben de memoria cada una de sus canciones y son unas cuantas.

Esta mañana recordé que el próximo martes 17 se cumplen  21 años de la pérdida de Enrique Urquijo.

Cada aniversario desde esa fecha de 1999 suelo escribir una pequeña reflexión como humilde homenaje, para mantener vivo el recuerdo de quien me acompañó en tantas tardes, tantos viajes, instantes, momentos especiales, buenos y no tanto.

Su vida se truncó ese día de hace 21 años en una calle de Madrid. Se quebró como un juguete roto por la vida, como se quebró la de Javi.

Estaba solo, o quizás con una mala compañía, y a muchos se nos heló el alma al enterarnos. A todos aquellos que admirábamos su música y la poesía de sus letras, a veces desgarradas como la vida misma, impregnadas de soledad y amargura.

La tristeza se extendió entre quienes nos estremecíamos con sus palabras musicadas, en las tardes de cualquier otoño como el que se lo llevó, quizás porque sentíamos lo mismo que él aunque nos faltaba su creatividad, su sensibilidad a flor de piel. Este 17 de nuevo volveremos a emocionarnos al recordarlo.

Canciones de amor pero especialmente de desamor, de tristeza, llenas de poesía, de pasión, salidas de lo más profundo del ser humano, de esos terrenos que hoy apenas nos atrevemos a pisar en esta sociedad líquida.

Caricias hechas canción, cataratas de emociones que te hacían SENTIR, así con mayúsculas y al mismo tiempo vivir cuando él estaba dejando de hacerlo.

Ese día también entendí que había perdido a un compañero de viaje en esto del vivir de manera especial, a un amigo aunque nunca crucé una palabra con él, porque solo lo conocí a través de su música y de las veces que fui a verle actuar, alguien que entendía lo que había sentido muchas veces, y era capaz de transformarlo en letras, en canciones.

De alguna manera volvía a perder a mi hermano fallecido en 1992.

Canciones que a uno le habría gustado haber compuesto: “Volver a ser un niño”, “Cambio de planes”, “Quiero beber hasta perder el control”, “La calle del olvido” y tantas otras.

Esas que forman parte ya de la banda sonora de mi vida. De la mía, y de una parte de aquella generación, aunque quizás nunca se hayan parado a pensarlo.

Ahora la mayoría de los jóvenes no le conocen, quizás su música hoy suene demasiado densa, probablemente les atemorice porque activa sensaciones hoy casi desaparecidas. La verdad es que se pierden un tesoro.

Mi “amigo” mi “compañero de viaje” Enrique Urquijo seguirá vivo, mientas sigamos vivos los que aún escuchamos su música y somos capaces de sentirla.

Nos seguirá acompañando en nuestros bajones, en los momentos de penumbra, de pena o desamor, nos levantará el ánimo, nos hará un poco más felices al comprender que no somos los únicos.

Sentado frente al ordenador para escribir esta reflexión, que más que nunca sale de lo más profundo de mí, pienso en Javi, en Enrique y me emociono haciéndolo.

Y doy las gracias a Álvaro, Jesús, Ramón, Juanjo y Santi por esos instantes, por seguir ahí, por mantener viva su memoria. No os vayáis nunca por favor.

El mejor homenaje que le podremos dedicar a Enrique este 17 de Noviembre será escucharle, saborearle despacio como le gustaba a él. Ojalá las radios de nuestro gris y triste país lo tengan en cuenta y hagan programas especiales que lleven su música a las nuevas generaciones.

Descansa en paz Enrique Urquijo. Gracias por haber sido así. Gracias, gracies, eskerrik asko Los Secretos por seguir activando nuestro lado más oculto, sensible y vulnerable.

José Luis Úriz Iglesias, ex parlamentario y concejal del PSN-PSOE.

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