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La soledad acelera la muerte de nuestros mayores

Morirse en soledad es terrible, debe serlo, sobre todo si tienes la cabeza bien y percibes que te ahogas y nada puedes hacer, ¡debe ser espantoso!… Por eso el acompañamiento es una medicina que estimula la hormona del dolor y lo baja de nivel… Pero la soledad aumenta más el dolor… La pandemia nos está demostrando que la humanidad está en peligro… Paradójicamente nos preocupamos tanto a nivel clínico y tan poco -al mismo tiempo-, de los sentimientos, de las emociones de los grandes enigmas de la vida, que es la muerte, la soledad, el morir lentamente, si nadie, sin una mano amiga y caliente que nos susurre al oído una palabra de cariño, de sosiego, de ternura que es lo que más desea esa persona en sus últimos años de vida o en los últimos respiros; esas muestras son sin duda el mejor antiviral que podemos otorgar a “ese humano” que va muriendo en silencio de su soledad…

La muerte sigue presente todos los días en nuestra sociedad, y el vestíbulo más cruento ha sido y siguen siendo nuestros mayores, nuestras residencias, que no estaban preparadas -muchas de ellas-, para soportar semejante drama tan continuo, tan trágico y tan poco previsivo. Han muerto solos, “abandonados”, sin nadie, si nombre, sin familia, sin un último abrazo, sin una oración, sin el solemne responso necesario para reorganizar nuestro recuerdo, madurar el duelo y gestionar el dolor de los seres queridos, los cuales quedan también con una herida abierta sin cicatrizar, en cuyo pulso se entreabre cuando el recuerdo aflora… ¡Es cierto que la pandemia nos ha recordado que somos mortales, que nadie permanece eternamente; que dominamos la tecnología más puntera, pero perdemos humanidad en cuanto nos asustamos, nos descolocamos y nos sentimos frágiles y nos abandonos en una indefensión aprendida!

Necesitamos una dosis de esperanza, pero también entender que esa esperanza viene de no abandonar por “imperativo legal” a nuestros mayores a su suerte, porque su suerte es la nuestra, porque su esperanza corta y frágil depende de nosotros y la nuestra de ellos, no podemos volver a cometer los mismos errores, no pueden estar solos, sin vernos, sin tocarnos, sin mirarnos, sin una abrazo y un apretón de manos a través del cual desarrollamos un sinfín de emociones que nos hacen vivos a uno y a otros… Si no fuera así, la vida no es vida; si no lo hacemos, estamos acercando el final a más velocidad de la debida. Hemos de ser conscientes de que la salud emocional y espiritual es tan importante como la física-biológica, ambas forman parte de un todo, que es el sistema psicoinmune que se fortalece con la estimulación emocional y con el roce de los familiares -¡con todas las prevenciones que quieran!-, pero no adelantemos el final por no controlar un presente por falta de creatividad y por miedo inherente a esa falta de humanidad, tratando de que ese final sea más lento, más inhumano, más desolador y en sí mismo una muerte segura…

Nos ha tocado vivir y morir en la mejor época de la historia que conocemos, por eso hemos de enfrentarnos a nuestros grandes males con sabiduría, prudencia y grandes dosis de humanidad, para vivir y morir; no sea solo alarga la vida sin vivir, y morir muriendo sin poder abrazar, besar, apretar y sonreír… y, estando muerto ya, aunque uno viva en la soledad de una habitación sin salir, sin espacio, sin un ser querido, sin hablar, sin vivir…, aunque esté vivo.

Lo entiendo, yo también dudo, pero debemos compaginar con tacto y prudencia, para lograr un equilibrio cuanto antes, pues sin salud no hay economía, pero sin economía tampoco hay salud, pues nuestra pobreza colectiva hará que no podamos sostener la sanidad pública ni privada. Pero todos los profesionales que tratan de la vejez (Gerontólogos, psicólogos clínicos, asistentes sociales, enfermería…), advierten que cerrar de nuevo y no permitir la visitas de familiares con las debidas prudencias, no es ninguna solución, ni evitan los contagios, al contrario dañan la salud mental, la emocional se deteriora y el sistema inmune se hace más frágil y por ende más vulnerable, perdiendo la ilusión de querer vivir como realmente perciben que viven, solos, “abandonados a su suerte”, en una habitación de seis metros cuadrados, sin vida, sin ilusión, sin ganas… ¡No es de recibo, siendo como somos, permitir que nadie se ocupe de la vida y de la muerte, en los momentos más transcendentes de nuestro recorrido en este mundo! El arte de vivir y morir -cuando toque-, es vivir el presente con el amor de los nuestros.

Dr. Emilio Garrido Landívar, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)

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