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Cuando la “reconstrucción” urgente no es la económica, que también

Dando por bueno el término “reconstrucción” -a mi juicio sería más apropiado el de recuperación- para la situación que se vive en España actualmente y lejos del significado que en su acepción primera ofrece el Diccionario de la R. A. E., “Volver a construir”, puesto que nada se ha destruido -todavía-, pienso que no es sino un paso más en esa “guerra” del lenguaje característica de la izquierda disfrazada de progresismo, que acaba por imponerse en la calle y tratar así de ganar la batalla de las ideas, su verdadero objetivo, cada día más cerca si esa supuesta derecha conservadora no deja a un lado su complejo y empieza a llamar a las cosas por su nombre, lo que nunca debió dejar de hacer cuando tuvo ocasión, que las tuvo y por partida doble.

Dicho lo anterior y aceptando “pulpo como animal de compañía”, es obvio que hay que recuperar lo antes posible -los más optimistas hablan de 2022, que no pocos firmaríamos, pero mucho me temo que se alargará un poco más- el nivel de desarrollo económico que estas dos “crisis víricas” que nos asuelan en la primera mitad de este año bisiesto nos van a dejar bajo mínimos, como muestra el  dato de la caída del PIB del 5’2% en el primer trimestre -realmente, en la segunda quincena de Marzo, y un retroceso aún mayor si tenemos en cuenta que en Febrero la previsión era de un crecimiento anual del 1’6% y el último trimestre de 2019 crecimos un 0’41%-. Por un lado, la crisis sanitaria del COVID19 -de momento sin vacuna-, posiblemente inevitable en su inicio pero pésimamente mal gestionada después -y tarde-, como los tozudos hechos evidencian a medida que vamos teniendo más información -la última, según recoge COPE que revela El Confidencial, que el CCAES que dirige Fernando Simón, habría pedido al Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades (ECDC), en febrero, que modificara la evaluación del impacto del virus-. Por otro, la crisis política por la llegada del gobierno socialcomunista -falló la “vacuna” de la educación para este “virus”- que, añadida a la anterior, puede causar un daño de difícil recuperación y en esto si se podría tener que aplicar lo de “reconstrucción” en su acepción segunda, “Unir, allegar, evocar recuerdos o ideas para completar el conocimiento de un hecho o el concepto de algo”, si las circunstancias ofrecen una nueva oportunidad después de las desperdiciadas. Esperemos que “el cartero llame más de las dos veces” que lo hizo el año pasado -Abril y Noviembre- sin que se quisiera escuchar el timbre, permitiendo o propiciando el “regalito” que los sobrevenidos “reyes magos”, Pedro y Pablo, nos dejaron para empezar el nefasto bisiesto 2020.

Como decía, lo que sí hay que reconstruir con urgencia -ya sé que es pedir peras al olmo, pero hay que decirlo- es precisamente el resultado de esa batalla de las ideas que ha destruido casi por completo la escala de valores y principios en los que se asentaba la civilización occidental que nace en Europa desde el humanismo cristiano. La izquierda comunista, a través de la conquista de la educación -hoy casi tomada en el mundo-, se ensañó especialmente con las dos células fundamentales de la sociedad, el hombre y su agrupación básica, la familia tradicional -políticas de género, matrimonio homosexual, etc-. Simplificando mucho y limitándome al caso español, las reformas educativas comenzaron, desde el supuesto legítimo del derecho de todos a la educación -algo que nunca se había negado, sino por el contrario, potenciado, durante el franquismo- y el mantra de la gratuidad -nada es gratis, sino que otros lo pagan-, a “vulgarizar” la enseñanza superior aumentando irracionalmente el número de universidades -lo que vengo llamando desde hace décadas “Incontinencia universitaria”– y rebajando, desde los estadios educativos iniciales, primero, nutrientes de los superiores, después, dos premisas fundamentales para cualquier país que se precie, el esfuerzo y el mérito, garantes de un alto nivel de resultados que llevan al éxito a una Nación que se precie.

Por el contrario, la colonización de la Universidad, productora al por mayor de ”formadores” y “educadores”  de las nuevas generaciones, que crecen con la relativización que esa bajada de nivel y exigencia ha venido imponiendo para romper con lo tradicional y establecer un modo de vida del todo vale y el imperio de los derechos sobre responsabilidades y obligaciones, como decía, relativista, hace buena la frase del filósofo francés del Siglo XX, Gabriel Marcel: “Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”, el hedonismo, ilusorio que no real, llevado al extremo, en el que aparentemente nos ha instalado el sistema para el bienestar del estado de los que nos manejan a su antojo. Y así nos va en esa espiral ascendente de derechos que nos llevan a la ruina una vez más y que, si no se remedia, puede ser la definitiva antes del estallido final y vuelta a empezar, los que queden, que tal vez sea lo que persigue ese Nuevo Orden Mundial y su burda copia española de la “Nueva Normalidad”, una masa aborregada y permisiva, limitada en su crecimiento por las políticas antifamiliares y abortistas, muy bien planificadas e introducidas en una sociedad moralmente diezmada, que prefiere perros y cualquier clase de mascota a niños bien formados que aseguren el porvenir. Como decía Voltaire, “La política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”, que genialmente “tradujo” Mahatma Gandhi como “Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron están bien representados”.

Así pues, o arreglamos la Educación con mayúscula que la “eminente” ministra Isabel Celaá se empeña en terminar de destrozar acabando con la enseñanza concertada -creación por cierto del socialismo, durante el primer gobierno de Felipe González (LODE)-, pese a ser más rentable que la pública en todos los sentidos -su coste por alumno es la mitad aproximadamente-, y a través de ella recuperamos, casi “reconstruimos” la maltrecha moral católica o “alea jacta est” y hasta aquí hemos llegado, que fue bonito mientras duró, recordando lo que decía Nicolás Maquiavelo en El Príncipe: “El que tolera el desorden para evitar la guerra, tendrá primero el desorden y después la guerra”. No hay más que repasar la historia de los años 30 del siglo pasado.

Descanse en Paz Georg Ratzinger, hermano mayor del Papa Benedicto XVI, que falleció ayer en Baviera y ya veremos en qué queda la acusación por fraude de la Fiscalía Superior de la comunidad al que fuera candidato de VOX en Andalucía, el juez Francisco Serrano, otrora apartado del ejercicio por posible prevaricación, que deja el partido sin renunciar a su acta de diputado, que en esto hasta los “honrados” verdes que criticaban lo mismo en otros y venían a sanear el sistema, llegaron “aprendidos”, pero ese es otro tema que habrá que tratar cuando proceda. De momento, la noticia y algo más para esa “reconstrucción” moral indispensable de la que hablaba y de la que pocos se libran.

Antonio de la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión

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