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Satisfecha la visceralidad irresponsable de muchos, llega la hora del “agradecimiento” a no pocos (1)

Se cumplió lo que se veía venir y se consumó el peor escenario que puede llevarnos a un incierto futuro político y a una derivada socioeconómica que deje en anécdota el daño causado por las anteriores etapas socialistas. La triste “fidelidad clientelar” de unos, la visceralidad de otros y la sinrazón -razonable pero irracional- de bastantes más de los deseados, dieron lugar a la reedición de un frente popular en el gobierno de España, casi ochenta y cuatro años después de aquel que acabó en tres de guerra civil. Tiempo habrá de entrar en los “méritos” y deméritos -muchos más- de los componentes de este macrogobierno -el más numeroso de nuestra democracia- que ya recoge la diferente prensa y seguirán apareciendo en los próximos meses -espero que no años (sería muy mala señal)- que deseo firmemente que no sean muchos. Ahora me parece más interesante analizar, con la perspectiva histórica que pueda y las muchas incógnitas que tengo, los hechos que condujeron a este envenenado “regalito” de Reyes tras la investidura el pasado día 7 del candidato, que a modo de anticipo de Papá Noel, nos dejó nuestro Rey, dicen algunos que “porque no tenía otro remedio”, que yo no tengo tan asumido, aunque puede que sea yo el errado.

Y lo voy a hacer con mi particular forma de “agradecer” (perdón por la ironía) -nuestro sabio Refranero dice que “es de bien nacidos ser <agradecidos>”– sus acciones y omisiones a diferentes actores políticos e institucionales que de una u otra forma nos llevaron a este mal iniciado Año 2020, después de no pocos avisos y alarmas que, en mi opinión, los hechos han superado desde que en 2004 se iniciara una senda de difícil retorno y se perdiera la oportunidad que nos dio el destino en 2011 de revertir el daño de esos siete años transcurridos desde el trágico golpe de Atocha que los “beneficiarios” llamaron “accidente” sin pudor alguno, parece que perpetrado, dicen muchos, para propiciar un cambio de régimen desde las cloacas del Estado. Puede que algún día se sepa la verdad real que no parece ser la “oficial” de la sentencia Bermúdez.

Tal vez habría que remontarse a aquel 20 de Diciembre de 1973 en el que se produjo el atentado de ETA -se dice que no estuvo sola- que acabó con la vida del Almirante Luis Carrero Blanco, a la sazón Presidente del Gobierno, para encontrar el inicio de las actuaciones que cuarenta y seis años después nos retrotraen, si bien en un entorno diferente, es decir sin el hambre y miseria que habían dejado en España los cinco de la nefasta Segunda República, a una situación política parecida a la de aquel no menos nefasto Febrero de 1936. Pero me voy a ceñir a lo que teóricamente da inicio después de nuestra “recuperada” para algunos, “democracia”, en forma de Monarquía parlamentaria.

Empiezo pues por aquella terna que el entonces Consejo del Reino presentó a primeros de Julio de 1976 al poco más de siete meses antes confirmado como Rey, designado Príncipe de España y “sucesor al título de Rey” en Julio de 1969 por un tal Francisco Franco Bahamonde, al que algunos quieren “derrotar” después de treinta y siete años desaparecidos -1939/76- y cuarenta y cuatro de su muerte natural en la cama. La terna definitiva, tras siete horas de deliberación y varias votaciones -decían las crónicas de la época-, estuvo integrada por Adolfo Suárez, Federico Silva y Gregorio López Bravo, aunque creo que se barajaron otros nombres como los de José Mª de Areilza, Manuel Fraga o el del propio proponente y entonces Presidente de las Cortes que llevaba aparejado el del Órgano “elector”, Torcuato Fernández-Miranda, y puede que alguno más. Así que mi primer “agradecimiento” es para el ahora llamado Rey Emérito -otra estupidez de la progresía mediática-. “Gracias”, Don Juan Carlos, por haber elegido en su momento -en mi modesta opinión- al peor de los posibles (q.e.p.d.).

“Gracias”, por supuesto, al elegido, Adolfo Suárez, que por contentar a dos regiones, con menos historia en sí mismas que muchas otras de España, añadió otra más a esa supuesta categoría de “históricas” para agrandar el bulo y obsequiarnos apresuradamente con aquel “café para todos” que decía su ministro de Política Territorial, Manuel Clavero Arévalo, y abría la caja de los truenos. También, por permitir una distribución administrativa sin lógica alguna que alimentaría sentimientos nacionalistas inexistentes en España y que cuarenta años después presentan una deriva al cantonalismo de la Primera República, acabada igualmente como el rosario de la aurora. Y gracias por haber dejado un marco abierto en la Constitución por satisfacerles a ellos, sin la visión de Estado necesaria para saber que ese era el punto de partida de mínimos que necesitaban, demostrando que lo conocían mejor que usted a ellos y que alrededor de esa mesa se sentaban unos -los que habían ganado la guerra y tal vez alguno de los que la habían perdido- con voluntad conciliadora, otros -los desaparecidos- a verlas venir en el mejor de los casos y otros -los nacionalistas, vascos y catalanes- para conseguir un primer paso de lo que siempre fue su objetivo, romper y separar. “Gracias” por esa absurda fiebre estatutaria y descerebrada política de transferencias “para acercar la Administración al pueblo” se decía, cuando no era más que para justificar una cesión de las competencias que reivindicaban esas dos regiones, cuna de los nacionalismos inventados y enfermizos, que han terminado convirtiéndose en auténticas metástasis terminales del cáncer sembrado entonces.

“Gracias”, a quien corresponda, por aquel “intento” de golpe de Estado del 23F-81, que huele cada día más a maniobra preparada para recuperar la figura de una Monarquía artificial que no se mantenía por sí misma, sembraba dudas sobre el acierto de la decisión sucesoria y que se cerró con un presidente interino, puede que el  mejor y más coherente de los habidos hasta hoy, que no pasó de una transición hilvanada puesto que su “partido” se había desintegrado después de una unión artificial de intereses en 1977.

Cómo no, “gracias” a Felipe González y a su clan de la tortilla que llegó de forma apabullante por los característicos efectos pendulares de la sociedad española, apoyado por una inmensa mayoría “socialista”, inexistente hasta entonces en España. Llegó el “entierro de Montesquieu” de Alfonso Guerra, su alter ego entonces, que daba comienzo a la desaparición de la separación de poderes y empezaron sus reformas políticas y ampliación de competencias a ministros y otros altos cargos, posiblemente inicio de la rampa de salida de una corrupción que se ha hecho casi sistémica en algunas administraciones y partidos y que en definitiva fue la que lo sacó del gobierno después de más de trece años, más por demérito propio que por mérito de esa supuesta derecha unificada que arrancó en 1990. Mención especial merece la deriva educativa de este periodo legislativo, empezando por el recurso previo de la LOECE propuesta en el segundo gobierno de Suárez y muerta entre el golpe y el Tribunal Constitucional, y que desde la LODE a la LOGSE, completadas por la LOPEG, unidas a la cesión de competencias a las taifas autonómicas, dejaba el campo abierto a la desnaturalización de la Educación con mayúscula para favorecer el adoctrinamiento, sectario en muchos casos, que acabó imponiéndose y alimentando la ruptura.

“Gracias” también a José Mª Aznar, supuesto “unificador” de la derecha tras la salida de Fraga, por empezar poniéndose en manos del muñidor del separatismo, Jordi Pujol, en aquellos nefastos “Pactos del Majestic” de 1996 con los que consolidó una “mayoría”, desde el “Pujol, enano, habla castellano” de sus votantes al “hablo catalán en la intimidad”, que lo llevó a Moncloa. Cierto que, en su primera legislatura, hizo una gran labor económica para salir de la ruina en la que el periodo socialista -como siempre- dejó a España en la primera quiebra de ese portento de la Economía que ha sido Pedro Solbes y también que mejoró mucho la deteriorada imagen internacional resultante de la entrada apresurada y mal negociada en la Comunidad Europea. Pero no lo es menos que después del éxito que lo llevó de manera insólita en 2000 a una mayoría absoluta, rompiendo la tradición de que “el poder desgasta” -como había sido hasta entonces y ha sido después-, parece que se conformó en su autocontemplación y fuera de algunos acuerdos inteligentes y acercamientos a países fuertes, no abordó tampoco en su segunda legislatura la verdadera causa de lo que venía marcando el deterioro democrático de España, la Ley Electoral cerrada y discriminatoria y la Educación, que siguió cediendo al nacionalismo en lugar de centralizarla, vista su deriva, y reforzar la Alta Inspección, además de su “genialidad” de suspender el Servicio Militar, en lugar de acortarlo o modificarlo para darle un sentido más práctico, como primer paso para su desaparición de facto, en un guiño claro a la izquierda y al nacionalismo, que evitaba esa pequeña inoculación de Patria, España, sentido de esfuerzo y disciplina que suponía y que a muchos ponía en el mundo real y en contacto con personas de otras provincias y regiones. En vez de eso, tuvo hechos personales muy criticados y se conformó para que a la tercera -que no fue- su elegido digital pusiera en marcha la ley de Educación, LOCE, que no llegó a ver la luz. También “gracias” por la pésima gestión de lo que a todas luces pudo ser un golpe para un cambio de régimen a setenta y dos horas de unas elecciones, demostrando no conocer al enemigo ni al pueblo que gobernó durante ocho años, tan fácilmente manipulable por vía del sentimentalismo visceral que tan bien maneja la izquierda y el populismo de uno y otro lado. Debió suspender esa cita con las urnas ante un país en estado lógico de shock después de 192 muertos y más de 1.500 heridos o mutilados en lugar de ponerse al frente de una manifestación manipulada. Pero no lo hizo.

Por supuesto “graciasssss” -perdóneseme la ironía reforzada- al nieto del capitán Lozano, por el que nadie daba un duro -cinco pesetas de la anterior moneda, para víctimas de la LOGSE- en el congreso del PSOE de 2000 y los defenestrados por la corrupción alzaron en volandas para evitar la llegada del que ellos temían que pudiera ser menos dócil, José Bono, mucho menos resentido, del que tampoco conocían sus “debilidades” económicas, pero con una idea de España unida mucho más llevadera. Llegó José Luis Rodríguez que empezó derogando de inmediato lo que heredaba del PP que le resultaba incómodo, despertó las dos Españas de Machado con una sectaria Ley de Memoria Histórica, modificó la educación con una no menos sectaria y adoctrinadora LOE y su Educación para la Ciudadanía que no era sino un intento de “normalizar” lo que el sentido común califica de aberrante o contra natura: aborto, matrimonio homosexual, progenitor A y progenitor B, etc., para que, introducido desde la escuela fuera asumido como normal. De nuevo se disparó el desempleo y llegó la ruina económica -dos consecuencias inseparables del socialismo-, agravada en España por la pésima gestión de una durísima crisis mundial -segunda quiebra del “lumbreras” Pedro Solbes, que “reconoció” su error años después sin que pasara nada (otra característica de nuestra descafeinada “democracia”)- y se continuó avanzando en la crisis social, educacional y cultural.

Y la historia se repitió en 2011… pero con esa parte continuaré mañana.

Antonio de la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión

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