
Que la población en los países desarrollados del planeta esta envejecida es un hecho. Que en ya muchos de estos países, sobre todo europeos, muere cada año más gente que la que nace también.
Fruto de políticas antinatalistas creadas después de la II Guerra Mundial, estos países se enfrentan a un futuro incierto, puesto que tanto las pensiones de jubilación de sus habitantes, como la asistencia sanitaria y educativa gratuita corren peligro de desaparición. Un sistema en el que un tejido productivo, cada vez menos estable, tiene que soportar un gasto cada vez mayor en la población del segmento de más de 50 años, hace que esta situación sea cada vez más insostenible.
El gobierno chino paradigma de un desorbitado control de la población, llamado por todos, la política del hijo único, ha tenido que modificar esta praxis, al darse cuenta que, o bien el país se abría a la inmigración extranjera, o bien se corría peligro de no tener mano de obra para sus planes de desarrollo económico aprobados ahora. Recuérdese que cerca del 62 % de la población china tiene más de 40 años.
En Europa pocos países empiezan a modificar sus hábitos y premian a las familias numerosas. España, uno de los países del planeta con una menor natalidad comienza a ver en el horizonte este desafío. Se espera que, a medio plazo, se tomen las decisiones oportunas, para afrontar con éxito el desafío demográfico que se viene encima.
