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OPINIÓN: La Gran esperanza del 14 de abril de 1931

OPINIÓN: La Gran esperanza del 14 de  abril de 1931

 

Incluso quienes se movilizaron de inmediato contra el régimen republicano, hubieron de señalar más tarde el contraste entre las grandes esperanzas del instante de su proclamación y las ilusiones perdidas en el momento del desengaño. En mayo de 1935, José Antonio Primo de Rivera pronunció ante sus seguidores unas palabras que permiten comprender, en boca de un decidido adversario de la República, el reconocimiento del horizonte emocional de aquella jornada: “El pueblo español necesita su revolución y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931; creyó que la había conseguido porque le pareció que esa fecha le prometía dos grandes cosas, largamente anheladas: primero, la devolución de un espíritu nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles.” En el discurso falangista, el elogio a las expectativas provocadas era proporcional al reproche por la frustración que los distintos gobiernos del nuevo régimen habían ido propiciando.

Pero, más allá de una retórica interesada, lo que importa es esa afirmación de demanda de dignidad española, de soberanía nacional, de conciencia popular y de voluntad de convivencia que se elevaba en uno de los hombres que simboliza la lucha contra el sistema implantado. Lo que no podía negarse, lo que no debía negarse, era una gran esperanza. Lo que podía condenarse, lo que debía condenarse, era la dejación de responsabilidades, el abandono de un liderazgo moral que canalizara aquel estado de ánimo para convertirlo en un gran proyecto de regeneración. Porque, sin subestimar lo que pudiera significar en la lógica política del falangismo, el 14 de abril convocaba a la recuperación de un espíritu nacional y a la instauración de una convivencia basada en la justicia.

En días como los que vivimos, resulta difícil no asombrarnos ante un pueblo que afirmaba precisamente su voluntad de ser nación, su deseo de constituirse en comunidad política organizada en libertad. Resulta difícil que no nos conmueva aquella conciencia de una España en marcha con que se desbordaban las calles de gente entusiasmada, de toda condición social y de tan diversa posición ideológica. En la actitud de una digna lealtad a sus principios, ABC proclamaba aún la consustancialidad entre la nación y la institución monárquica. Y, si algo faltó en aquel periodo, alimentando las raíces de la tragedia de 1936, fue la existencia de un espacio de fidelidad a la monarquía liberal en el que se alzara la legítima y leal oposición al republicanismo. Esa responsabilidad habría de compartirse por quienes señalaron la consustancialidad entre España y la República, enviando al ostracismo no solo a los monárquicos confesos, sino incluso a quienes no se declaraban republicanos por principio. Mientras se acogía a ese grupo de toscos arrepentidos encabezados por Alcalá Zamora, se rechazaba la oferta de colaboración que se hizo pública inmediatamente en las páginas de El Debate, lo que nada bueno anunciaba para la libertad de acción y la respetabilidad del catolicismo en la etapa que se abría bajo el cielo protector de una radiante mañana de abril.

Se lamentaban los monárquicos alfonsinos, pero se alegraban los seguidores de Don Jaime y los diversos grupos escindidos del carlismo oficial. La República era, para ellos, la demostración de la imposible convivencia entre la monarquía y el liberalismo, y una gozosa reivindicación histórica de los vencidos en las guerras civiles del siglo anterior. El pretendiente carlista llegó a escribir, el 23 de abril, un manifiesto en el que llamaba a todos los monárquicos a unirse en torno al proyecto tradicionalista. En los aspectos ideológicos, más que en los intereses meramente dinásticos, no andaba muy errado Don Jaime al señalar esa dramática desmoralización del liberalismo monárquico español, plagado de deserciones que desembocaban en el republicanismo más oportunista o en el integrismo menos sensato.

Una desmoralización que, en aquel día de júbilo de 1931, antes de que la violencia de mayo alumbrara inquietudes premonitorias, contrastaba con el espectáculo de un pueblo que creía estar abriéndose camino en la espesa trama de la historia. Sin que existiera la unanimidad que los hechos pronto desmentirían, el mito de la República había logrado despertar del letargo cívico a los españoles, como no había conseguido hacerlo ninguna de las propuestas de regeneración nacional que  venimos examinando a lo largo de esta serie. Si tras aquel mito no estaban todos los españoles, si ni siquiera se encontraba la inmensa mayoría que pudo imaginarse en aquellas jornadas, se hallaban en esa creencia los más decididos, los más visibles, los más activos y, sobre todo, los más esperanzados.

Víctor Hugo dijo que ninguna fuerza puede oponerse a una idea a la que le ha llegado su momento. El 14 de abril, sin duda alguna, esa idea era la República. Porque fue capaz de reunir a dirigentes de diversa orientación, a masas de heterogénea composición ideológica, a ciudadanos que pronto mostrarían sus radicales diferencias, en torno a una gran ilusión. Un perspicaz observador, Josep Pla, supo dar forma verbal a aquella emoción, describiendo el Madrid que llegaba al día siguiente “con los pulmones rotos y la garganta ronca.” Bajo la consigna común republicana, aquellos españoles movilizados en busca de su destino creían hallar un amplio espacio de fraternidad y una inmediata satisfacción de sus anhelos. Esa es la condición generosa de los mitos políticos. Esa es la ingenua textura de las jornadas excepcionales. Esa es la materia de la que estuvieron hechos los sueños de una nación.

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC)

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