Artículo 147
Uno, por todos los medios, hace lo mejor por sus hijos. Y no es un caso aislado, todo lo contrario. Lo hacemos todos. Eso es lo que me asombra de la reacción negativa de muchos compañeros y amigos.
Mi hijo es músico y llego al saxofón de la forma más tonta. Él es pianista, de manera que dejó el ciclismo y su trabajo de director y realizador de televisión. Se compró un saxo y montó un grupo. Tras años de trabajo en solitario, debutó en un teatro de Madrid dando su primer concierto. Él se encargó de todo: contratación del teatro, músicos (ocho), chelo, batería guitarras, piano, ensayos, etc. Teniendo un padre con cierto nombre, no se amparó en el apellido si no en la sombra de su arte.
Como es natural, invité al concierto a mucha gente, porque lo vieran y por ayudarle a llenar el teatro. Músicos, cómicos, periodistas, representantes del espectáculo, cantantes, bailarines, actores, escritores… Y conste que de alguna forma me la estaba jugando y se la jugaba a mi hijo, puesto que desconocía el repertorio y la calidad del grupo, cosa que de ser un fracaso el concierto de dos horas, habría sido debut, homenaje y despedida.
Hice una lista de invitados a los que saqué las entradas y las dejé en taquilla a su nombre.
Más de la mitad de las entradas me las comí, se quedaron en taquilla porque los “amigos y compañeros” no acudieron.
Las disculpas fueron absurdas e incoherentes en su mayor parte, por lo que quedé totalmente contrariado, sentí un fracaso personal ante la invitación. Sin olvidar que, en casos recientes, acudí a sus conciertos pagando mi entrada, ¿Por qué no vieron al espectáculo de mi hijo pagándosela yo a ellos?
Llamadas telefónicas y WhatsApp negacionistas, anulaban su presencia y se fue vaciando el depósito antes de poner el motor en marcha.
Lamento ante mi hijo no haberle podido ayudar, porque aunque no sirviera de nada, siempre es bueno que grandes artistas y demás profesionales conozcan tu trabajo, aunque no fue el caso. Por alguna razón que desconozco, no puede ser que tantos y tan distintos se hayan puesto de acuerdo en no asistir habiendo sido invitados. No olvidemos que las exposiciones solo se llenan el día de la inauguración, por el interés que suscita el vino español del final.
Otro día les hablaré de los impertinentes, que cada vez que te ven repiten: “El día que tu hijo toque por aquí cerca, dímelo que me acercaré a verlo”. – como haciéndote un favor- ¡MENTIRA! No vienen. Te envié la invitación porque era gratis y en tu barrio. En la inauguración de un gran centro comercial. Sois excusa, no público.
¡Qué difícil es triunfar en el mundo del espectáculo! ¡Qué digo triunfar, trabajar!
Aprovecho esta columna jónica sustentada por los pilares de la amistad, para agradecer a todos los que, incluso pagando vuestra entrada, acudís a uno y otro concierto. Celebro que os guste.
Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com


