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El martirologio de los católicos en Ruanda en 1994

En Ruanda, abrumada por la inmensa carnicería de 1994, que alcanzó la impresionante cifra de un millón de víctimas sobre una población en aquel momento de 6.733.000 habitantes (44% católicos), ni siquiera la Iglesia y sus miembros se libraron de la ola de violencia y muerte que barrió el país. «Se trata de un verdadero genocidio, del que desgraciadamente también son responsables los católicos», subrayó el Papa Juan Pablo II antes de recitar la oración del Regina Coeli el domingo 15 de mayo de 1994, y advirtió: «Quisiera llamar una vez más a la conciencia de todos aquellos que planean estas masacres y las llevan a cabo. Están llevando al país hacia el abismo. Todos tendrán que responder de sus crímenes ante la historia y, en primer lugar, ante Dios».

En el «Gran Jubileo del Año 2000«, durante una celebración litúrgica, los obispos de Ruanda presentaron a Dios una petición de perdón por los pecados cometidos por los católicos durante el genocidio. El 4 de febrero de 2004, diez años después de la violencia fratricida, los obispos ruandeses publicaron un largo mensaje en el que invitaban a «no olvidar lo sucedido y, por tanto, a fortalecer la verdad, la justicia y el perdón«. «Hemos sufrido mucho por haber sido testigos impotentes mientras nuestros compatriotas padecían muertes innobles, torturados bajo la mirada indiferente de la comunidad internacional; también hemos sido profundamente heridos por la participación de algunos de nuestros fieles en las masacres», escribieron los obispos, que agradecieron al Papa Juan Pablo II su cercanía durante el genocidio y su grito ante la comunidad internacional. Al recordar las masacres, fruto de una maldad sin parangón, los obispos llamaron a «construir la unidad de los ruandeses», instando a la contribución de todos «para salvaguardar la verdad y la justicia», «pidiendo y concediendo el perdón que viene de Dios».

También el día de la conclusión del «Jubileo de la Misericordia» (8 de diciembre de 2015-20 de noviembre de 2016), los obispos publicaron una carta que se leyó en todas las iglesias, con un nuevo «mea culpa» por los pecados cometidos por los cristianos durante el genocidio. Como explicó el presidente de la Conferencia Episcopal Ruandesa, monseñor Philippe Rukamba, obispo de Butare, «no se puede hablar de misericordia en Ruanda sin hablar de genocidio». El texto reiteraba la condena del crimen de genocidio perpetrado contra los tutsis en 1994 y de todas las acciones e ideologías relacionadas con la discriminación por motivos étnicos. Durante la visita del presidente ruandés Paul Kagame al papa Francisco en el Vaticano el 20 de marzo de 2017, la primera desde el genocidio, el obispo de Roma «expresó su profundo dolor, el de la Santa Sede y el de la Iglesia por el genocidio contra los tutsis, renovó la súplica de perdón a Dios por los pecados y fracasos de la Iglesia y de sus miembros… que han sucumbido al odio y a la violencia, traicionando su misión evangélica.»

Los datos sobre los agentes pastorales asesinados en 1994 fueron recogidos, como de costumbre, por la Agencia Fides aunque con gran dificultad. Con regularidad se realizaron entrevistas a institutos misioneros (en particular a los Misioneros de África, los Padres Blancos, que iniciaron la evangelización de Ruanda a principios del siglo XX), congregaciones religiosas, diócesis y medios de comunicación católicos, además de verificar las escasas informaciones que llegaban a la entonces Congregación para la Evangelización de los Pueblos procedentes de la Iglesia local ruandesa. Estos datos revelan que hubo 248 víctimas entre el personal eclesiástico, entre ellas una quincena que murieron a consecuencia de los malos tratos y la falta de atención médica, y los desaparecidos de los que nunca más se supo, por lo que se consideraron asesinados.

La lista de los agentes pastorales asesinados, recopilada en su momento por la Agencia Fides, figura como anexo, al final de este artículo. Sin embargo, esta lista es indudablemente incompleta, en primer lugar porque sólo tiene en cuenta a obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos consagrados, mientras que a ellos hay que añadir seminaristas, novicios y un gran número de laicos, como catequistas, animadores de liturgia, agentes de caridad, miembros de asociaciones que desempeñaban un papel nada secundario en la Iglesia, implicando a un gran número de católicos, especialmente jóvenes. En muchos casos, ni siquiera las diócesis disponían de información cierta sobre el número de personas que en tiempos normales garantizaban la vida de las comunidades cristianas dispersas incluso en los lugares más inaccesibles del «País de las Mil Colinas». Además, en 1994 aún no se disponía de las modernas herramientas de comunicación, que permiten atravesar distancias planetarias en cuestión de segundos.

La Agencia Fides, como puede comprobarse hojeando los boletines impresos de la época, publicaba regularmente actualizaciones de esa dramática lista, ya que conseguía recoger y verificar las noticias de las masacres y de los obispos, sacerdotes y religiosos asesinados. Según el cuadro reconstruido por la Agencia Fides, en 1994 perdieron la vida de forma violenta en Ruanda 3 obispos y 103 sacerdotes (100 diocesanos de las 9 diócesis del país y 3 padres jesuitas); 47 hermanos de 7 institutos (29 Josefinos, 2 Franciscanos, 6 Maristas, 4 Hermanos de la Santa Cruz, 3 Hermanos de la Misericordia, 2 Benedictinos y 1 Hermano de la Caridad).

Las 65 religiosas pertenecían a 11 institutos: 18 Hermanas Benebikira, 13 Hermanas del Buen Pastor, 11 Hermanas Bizeramariya, 8 Hermanas Benedictinas, 6 Hermanas de la Asunción, 2 Hermanas de la Caridad de Namur, 2 Misioneras Dominicas de África, 2 Hijas de la Caridad, 1 de las Auxiliares, 1 de Notre Dame du Bon Conseil y 1 de las Hermanitas de Jesús. A ellas hay que añadir al menos 30 laicas de vida consagrada de 3 institutos (20 Auxiliares del Apostolado, 8 del instituto Vita et Pax y 2 del instituto San Bonifacio).

Treinta años después del genocidio ruandés, a continuación reproducimos algunos testimonios de aquel trágico período, publicados por la Agencia Fides: en las atrocidades en las que también participaron algunos católicos, florecieron actos de heroísmo por parte de quienes llegaron a sacrificar su propia vida para salvar la de los demás.

– “Pase lo que pase, nos quedaremos aquí”: tres obispos asesinados en Kabgayi

Tres obispos fueron asesinados en Kabgayi, el 5 de junio de 1994, junto con un grupo de sacerdotes que les acompañaban mientras llevaban ayuda y consuelo a las poblaciones desplazadas y agotadas por la violencia. Se trataba del arzobispo de Kigali, monseñor Vincent Nsengiyumva; el obispo de Kabgayi y presidente de la Conferencia Episcopal Ruandesa, monseñor Thaddee Nsengiyumva; y el obispo de Byumba, monseñor Joseph Ruzindana. En una carta que habían escrito pocos días antes de su muerte, el 31 de mayo, suplicaban a la Santa Sede y a la comunidad internacional que declarasen Kabgayi «ciudad neutral». 30.000 desplazados, tanto hutus como tutsis, se habían reunido allí y habían encontrado refugio en estructuras católicas abiertas a todos, sin distinción, como el episcopado, parroquias, conventos, escuelas y un gran hospital.

«Nos pase lo que nos pase, nos quedaremos aquí, para proteger a la población y a los desplazados», escribieron en su carta-petición. Aunque se les dio la oportunidad de ponerse a salvo, querían quedarse allí, porque pensaban que su presencia protegería de algún modo a toda la población, incluidos los refugiados. Puestos bajo la protección de algunos soldados rebeldes del FPR (Frente Patriótico Ruandés) fueron asesinados por ellos. En aquellos días se sucedieron otras masacres atribuidas a miembros del FPR, entre ellas la de Kigali, en la que murieron unas setenta personas, incluidos diez religiosos, que junto con otros cientos de refugiados se habían reunido en una iglesia.

«Que los Pastores, desaparecidos con tantos de sus hermanos y hermanas caídos en el curso de los enfrentamientos fratricidas, encuentren para siempre en el Reino de los Cielos la paz que les fue negada en su amada tierra», escribió el Santo Padre Juan Pablo II en un mensaje a los católicos ruandeses el 9 de junio de 1994. «Imploro al Señor por las comunidades diocesanas, privadas de sus Obispos y de numerosos sacerdotes, por las familias de las víctimas, por los heridos, por los niños traumatizados, por los refugiados», prosiguió el Pontífice, suplicando a todos los habitantes de Ruanda, así como a los responsables de las naciones, «que hagan inmediatamente todo lo posible para que se abran los caminos de la concordia y de la reconstrucción del país tan gravemente afectado».

– Primera misa celebrada en el lugar donde su familia fue exterminada.

El padre Gakirage celebró su primera misa en el mismo lugar donde habían sido asesinados sus hermanos. A continuación presentamos el relato que hizo de su vida y de los momentos previos a su ordenación sacerdotal:

«Nací en Musha, cerca de Kigali, la capital de Ruanda, el 14 de noviembre de 1960, en el seno de una familia numerosa y profundamente religiosa de la tribu tutsi. Desde niño, siempre sentí cierta atracción por la vida religiosa y misionera. Cuando estaba en el seminario menor de mi diócesis, me llegó la primera prueba: estalló el primer conflicto entre hutus y tutsis, y muchos compañeros fueron asesinados. No me sentía a gusto en el seminario porque, mientras fuera la gente se mataba, tenía la impresión de que los sacerdotes no denunciaban suficientemente esos males. Así que decidí no ser sacerdote. Dejé el seminario y me fui a Uganda a estudiar otras asignaturas. Estaba a punto de entrar en la facultad de medicina cuando sentí con fuerza la llamada de Jesús. Entré en el seminario comboniano y en 1990, después del noviciado, fui a Perú a estudiar teología. Cuatro años más tarde, regresé a mi patria para ordenarme sacerdote. La ordenación iba a tener lugar en mi país, pero de camino a Roma me enteré de que mi familia había sido asesinada por un grupo de soldados hutus. Esto ocurrió la víspera de mi ordenación, y todo cambió para mí. Tras la triste noticia, como no podía volver a Ruanda, me fui a Uganda, donde fui ordenado sacerdote.
Queriendo saber si algún miembro de mi familia se había salvado, el mismo día de mi ordenación intenté cruzar la frontera y llegar a Ruanda. Mi viaje no habría tenido éxito sin la providencia de Dios. De hecho, en la frontera me encontré con la escolta que acompañaba al cardenal Roger Etchegaray, Presidente del Consejo Pontificio «Justitia et pax», que estaba de visita oficial en Ruanda en nombre del Papa.

Al día siguiente, era el 28 de junio, algunos soldados me acompañaron a Musha. Ya en mi pueblo, desolado y destruido por la guerra, mi primer deseo fue celebrar la primera misa en aquellas ruinas. Era doloroso pensar que el lugar en el que me encontraba era el mismo en el que habían sido asesinados hermanos y hermanas, así como 30 jóvenes tutsis. Cuando me paré a pensar que no encontraría a ningún miembro de mi familia con vida, me invadió una profunda tristeza. Sin embargo, sorprendentemente, al mirar por encima de la piedra que me servía de altar, vi a tres niños: las dos hijas de una de mis hermanas y el hijo de una prima. Eran los únicos supervivientes de un clan que, antes del 6 de abril, estaba formado por 300 personas. La emoción me embargó y no pude contener las lágrimas que inundaron mis ojos. Me calmé, levanté la cabeza y continué la celebración dando gracias a Dios porque, milagrosamente, esos tres niños habían quedado con vida.
En mi primera homilía hablé de la resurrección. No fueron palabras vacías o de lástima. Hablé de nuestra resurrección, dije que nosotros somos nuestra propia resurrección. Es realmente difícil referirse a esta realidad en medio de tanta muerte y destrucción. Es como la tenue llama de una vela que el viento tempestuoso intenta apagar».

– La fe de María Teresa y Felicitas: «Es hora de dar testimonio», «nos volveremos a encontrar en el Paraíso».

María Teresa es hutu. Enseña en Zaza. Su marido Emmanuel es tutsi. Trabaja en la escuela de Zaza. Tienen cuatro hijos, tres niños y una niña. El domingo 10 de abril, Emmanuel salió con su hijo mayor para esconderse. «El lunes por la noche volvieron para despedirse de nosotros», cuenta María Teresa. En efecto, el 12 de abril son avistados y masacrados. María Teresa se entera de la noticia en casa de sus padres, donde se ha refugiado con sus hijos más pequeños, tras el saqueo de su casa. El 14 de abril, cuatro hombres llegan en busca de sus hijos varones para matarlos.
María Teresa siente que debe preparar a sus hijos: «Hijos míos, los hombres son malvados en este momento, han matado a vuestro padre y a vuestro hermano Olivier. Seguramente os buscarán, pero no tengáis miedo. Sufriréis un poco, pero luego os reuniréis con papá y con Olivier, porque hay otra vida con Jesús y María, y nos reuniremos y seremos muy muy felices». El mismo día, vinieron a buscar a los niños y quienes fueron testigos declararon que habían sido muy valientes y estaban muy tranquilos.

Felicitas tiene 60 años, es hutu y auxiliar de apostolado en Gisenyi. Ella y sus hermanas han acogido en su casa a refugiados tutsis. Su hermano, coronel del ejército en Ruhengeri, sabiéndola en peligro, le pide que se marche y escape así de una muerte segura. Pero Felicitas le responde por carta que prefiere morir con las 43 personas de las que es responsable antes que salvarse a sí misma. Así pues, sigue salvando a decenas de personas ayudándolas a cruzar la frontera.
El 21 de abril, los milicianos vinieron a buscarla y la subieron a ella y a las hermanas a un camión, rumbo al cementerio. Felicitas anima a las hermanas: «Este es el momento de ser testigos». En el camión cantan y rezan. En el cementerio, donde las fosas comunes están preparadas, los milicianos, temiendo la ira del coronel, ofrecen a Felicitas la posibilidad de salvarse, incluso después de haber matado a las 30 Hermanas Auxiliares del Apostolado, pero ella responde: «No tengo más razones para vivir después de que habéis matado a mis hermanas». Felicitas será la 31ª víctima aquel día.

– Los misioneros: en la brutalidad también han florecido los frutos de la fe

El padre Jozef Brunner, de los Misioneros de África, Padres Blancos, comparte el testimonio de uno de sus hermanos de comunidad, que durante muchos años dirigió el Centro de Formación de Líderes de Comunidades Cristianas, en Butare: «Los oídos y los ojos de los periodistas pasaron algo por alto, afirmaba aquel misionero: la fe profundamente arraigada y vivida de los cristianos, desde los más sencillos a los instruidos, funcionarios, soldados, que sacrificaban su vida por el prójimo. En la misma medida que las brutalidades cometidas, también han florecido actos de auténtico heroísmo. Sin duda, la Iglesia ha estado en el punto de mira de la violencia: su mensaje de paz y unidad era un obstáculo para los extremistas. No se explicaría de otro modo por qué fueron masacradas entre cuatro mil y seis mil personas refugiadas en iglesias y no las reunidas en ayuntamientos. Varios sacerdotes fueron asesinados mientras intentaban salvar a estas personas. En la televisión vi a ocho de mis alumnos lavando y cuidando a unos niños abandonados: de este modo, mis alumnos se han convertido en mis maestros».

Las Hermanas Blancas también han compartido su experiencia con estas palabras: «Fuimos testigos de la paz de Dios y de la completa aceptación de su voluntad, demostrada por aquellos que fueron llevados a la muerte como el cordero al matadero». AGENZIA FIDES

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