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Don Juan de Austría el último cruzado

La biografía de Juan de Austria resulta una de las más desconcertantes del Renacimiento, aunque esta época fuese tan rica en personajes extraordinarios. La fecha de nacimiento de este hijo dio lugar a debate y varios autores siguen atribuyendo ésta al año 1545. Pero, además de ser casi imposible, considerando las idas y vueltas del Emperador, hay pruebas contundentes, especialmente una medalla del busto de don Juan con el Collar del Toisón de Oro, acuñada en Nápoles por Giovanni Melon, que ya no deja lugar a duda. Con todo no se sabe casi nada de los primeros años de la vida de Juan de Austria, cuyo nombre de pila fue Jerónimo, hijo natural del emperador Carlos V —ya viudo de la emperatriz Isabel desde hacía más de siete años— y de una joven alemana, de dieciocho o diecinueve años, Bárbara Plumberger.

El Emperador quitó pronto el niño a su madre, tal vez cuando aún era lactante. Se sabe que le puso al cuidado de su ayuda de cámara, Luis de Quijada, a la sazón aún soltero, y la única hipótesis correcta es que este último se lo encargó a una mujer de confianza, quizás una nodriza elegida con esmero, y que no la perdió de vista. Sólo tres o cuatro personas estaban informadas y ni siquiera el heredero de la Monarquía, don Felipe, lo supo hasta 1556.

A su vez, don Luis de Quijada, llegó a un acuerdo con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina, por el cual a cambio de cincuenta ducados anuales se comprometía a educar al niño. A mediados de 1551 llegaron a Leganés, doña Ana de Medina tenía tierras. Lo cierto es que se puede afirmar que desde entonces, desde su llegada al pueblo castellano de Leganés, la educación del desconocido príncipe casi fue modélica, lo que no impedía sus juegos con los otros niños del pueblo.

En el verano de 1554, el niño fue llevado al castillo de don Luis de Quijada, en Villagarcía de Campos (Valladolid) donde permaneció durante 5 años. Su esposa, doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza.

Poco antes de morir, Carlos I redactó un codicilo, fechado el 6 de junio de 1554, en el que reconocía: “por quanto estando yo en Alemania, después que embiudé, huve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Gerónimo”. Ya en el Monasterio de Yuste, el rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir allí y este se trasladó a la aldea de Cuacos de Yuste.

Por no hacer interminable la historia de este general, vencedor de la Guerra de las Alpujarras, la batalla de Lepanto, saltaré hasta sus últimas horas de vida, cuando era Gobernador de los Países Bajos.

“Al anochecer del martes 16 de septiembre de 1578 –tal noche como esta, hace cuatrocientos cuarenta y dos años- sintió repentinamente don Juan de Austria intenso frío de calentura y un como desabrigamiento general de todos sus miembros. Durole la calentura toda la noche, y al día siguiente, desabrido aún en el cuerpo y muy dolorida la cabeza, levantose a su hora ordinaria, oyó misa, despachó negocios celebró consejo y visitó algunos cuarteles. Sucedía esto en el campo de Tirlemant, adonde don Juan había trasladado sus reales después de la famosa batalla de Malinas […] Diezmaba la peste el campo de los rebeldes, y aunque el contagio no había penetrado en el de don Juan […] preocupaba esto al señor don Juan y tomaba precauciones extraordinarias para evitar el contagio, inspeccionándolo todo él mismo, haciendo rondas diarias por los cuarteles, visitando a los enfermos en sus barracas, socorriéndoles y procurando, sobre todo, que no muriese ninguno sin recibir el Viático, al cual solía acompañar él las más veces […] porque don Juan, que siempre cuidó mucho del bien espiritual de sus tropas, había llegado en estos últimos tiempos a hacer de su campamento, según Vander-Hammen y Cabrera de Córdoba aseguran, un verdadero monasterio de religiosos.

Desde el primer instante de su recaída comprendió don Juan que se moría y que llegaba aquella hora tan esperada “que non ha dolor/ del home que sea grande ni cuitado”. Aprestose a recibirla con ánimo entero y varonil, digno como de príncipe, humilde como de cristiano, y fue la primera de sus disposiciones que le trasladasen al fuerte que a la sazón construía Gabrio Cervelloni, que distaba una legua del Campo. Hizose llevar por sus criados en una camilla de campaña, sin orden ni previo aviso, para evitar a los soldados el dolor de despedirle y no causar a nadie alarma ni molestia.

Había quedado por dentro del muro de circunvalación del fuerte, única cosa en él terminada, una casucha o más bien palomar, donde se alojaba don Bernardino de Zúñiga, capitán de Infantería y criado de don Juan, y allí mandó llevar éste por no desacomodar a nadie. “No había, dice Vander-Hammen, sino un palomar donde hacerle el aposento. Quitáronle la palomina, limpiáronle, colgáronle unos reposteros por el techo y las paredes, por tapar las lumbreras, y encima unos damasquillos; y rociáronle con agua de olor, y hecha una escalera de palo le subieron a él”. Y el Padre confesor Fray Francisco de Orantes escribe a Felipe II: “Murió en una barraca, pobre como un soldado; que aseguro a V.M. que no había sino un sobradillo encima de un corral, para que en esto imitase la pobreza de Cristo”.

Así el Padre Coloma S. J. narra en el capítulo XXV de Jeromín la enfermedad y edificante muerte de quien en tantos palacios había vivido, del hijo de Carlos I y vencedor de los moros en las Alpujarras y Lepanto, quien no dejó nada en su testamento “porque nada poseía en el mundo que no fuese de su hermano y señor el Rey”.

Y el Rey prudente, Felipe II, su hermano y señor, quien no le dispensó en vida el trato que hubiera merecido este héroe y caudillo quien, tanto por la defensa de España y de la fe, reconocida por los pontífices de su tiempo (San Pío V y Gregorio XIII) a que dedicó su vida, como por su humildad ante el trance supremo bien puede recordar a otro caudillo que cuatro siglos después, sería la espada más limpia de Occidente y, vencedor también de una cruzada, no contra el Turco sino contra el comunismo que Stalin, secundado por Largo Caballero y Negrín, quería imponer en España, y con aportaría, igualmente nuevas páginas de gloria a la historia de España, falleciendo en una habitación de la Seguridad Social, si colmó a don Juan de Austria, el último cruzado, de todos los honores que se podía le otorgar tras su muerte.

Mucho se ha escrito de don Juan, el héroe de la que fuera, a decir de Cervantes, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, por plumas como las de Juan Rufo, Larra, Borges, Coloma, Uslar Pietri o González de Cremona; mucho de la vida novelesca de sus lances amatorios, entre los que destaca su aventura con María de Mendoza, hija del conde de Tendilla, de cuya pasión sería fruto la, luego abadesa de las Huelgas, Maria Ana de Austria; muchos lienzos y tablas de los mejores artistas, coetáneos y posteriores, muestran al héroe y sus gestas; pero nada quizá retrate su bizarría, prestancia y dignidad como el mármol de Carrara esculpido por Giussepe Galleoti bajo el que descansa en el Panteón de Infantes de El Escorial.

Sepulcro de Don Juan de Austria en el Panteón de Infantes de san Lorenzo del Escorial

La inscripción de éste sepulcro, que pudiera muy bien ser la más bella tumba de la octava maravilla del mundo, no puede ser más sencilla [Juan de Austria, hijo natural de Carlos V]. En este mármol yace, como un infante, honra que se le negó en vida a quien no se reconoció ni el derecho a dosel ni el tratamiento de Alteza. Su cabeza descansa en dos cojines. Sobre su pecho la el collar de la orden del Toisón de Oro; la espada con que derrotara a los moros y herejes y que, de no haber mediado la peste, quizá hubiera devuelto a la fe católica la Corona de Inglaterra, en la persona de María Estuardo, firmemente asida entre sus manos, en cuyos dedos se cuentan los dieciséis anillos que quedan al descubierto, porque, de acuerdo con los usos de la iconografía, al no haber muerto en batalla, no lleva los guanteletes que reposan paralelos a sus piernas; y a sus pies, como símbolo de la fortaleza del soberano, un marmóreo león.

Vaya, con estas líneas un homenaje a este hombre de fe, que, de no haber sido requerido para el servicio de las armas, expresó su deseo de profesar en la catalana abadía de Monserrat, donde otro gran español de la época llamado Ignacio de Loyola escribiera sus Ejercicios. A modo de colofón, resumiendo lo anterior, hago mías la palabras de un reciente estudio en que Bartolomé Bennassar lo describe y resume: “Don Juan de Austria emana romanticismo y aires de novela en todos sus actos, desde el nacimiento hasta su muerte. Héroe de Europa a raíz de la victoria de Lepanto, prototipo de caballero, elegante, galán, intrépido y temerario, soldado al servicio de su rey, leal, enamoradizo con las mujeres y seductor”.

Concluiré con este soneto que Osvaldo de Luis dedicó al héroe de nuestra historia.

Con celo entusiasmado el orbe canta
la célebre jornada que fue espanto
de la morisma bárbara en Lepanto,
que a ti don Juan de Austria gloria tanta
te dio, tan inmortal, tan áurea y santa,
pues tu forzudo brazo pudo tanto
en aquel hecho heróico, grande y santo
que a la mediada luna aún hoy espanta.
Tu suave y delicada gentileza
fue propia de un reinante soberano,
tu varonil y espléndida belleza
fue herencia de tu abuelo muy galano
y de tu padre tanta fortaleza,
¡oh, vástago imperial y regio hermano!

Pedro Sáez Martínez de Ubago, Historiador

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