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Sobre el mes de mayo y la Devoción Mariana popular

Mayo es un mes tradicional y culturalmente dedicado a la Virgen María, pero desde una honda piedad popular que, al contrario que otras fiestas y solemnidades –que ya hemos visto o iremos viendo- no arranca ni de un paganismo cristianizado, ni de una revelación o tradición litúrgica. Quizá suene arriesgado, pero puede afirmarse, que mayo se entronca con las fiestas de la primavera, con el buen tiempo, con la alegría de un pueblo que, terminados los trabajos del invierno, quiere agradecer y encomendar a la Madre y Medianera de toda gracia, titular de innumerables ermitas, la cosecha por venir.

En la liturgia católica no hay un mes dedicado a la Virgen y, si lo hubiera, más podrían ser marzo por la encarnación; septiembre, dedicado a la Dolorosa, promovido por los Siervos de María, que insiste en la compasión de María en los sufrimientos de su Hijo en la Cruz, centrándose en la fiesta de la Virgen de los Dolores (hoy el día 15 de septiembre) y se popularizó la práctica de rezar los ‘Siete Dolores’ de la Virgen; octubre, con el 7 y Lepanto, Reina de las Victorias, Auxilio de los cristianos, Reina del Santo Rosario… Con las apariciones de Lourdes y el mandato de la Virgen de rezar el santo rosario impulsaron el mes de octubre como mes del rosario como mes del rosario; diciembre, por la Inmaculada, la O…

Sin embargo, no hay un criterio común: el rito bizantino tiene el mes de agosto, centrado en la solemnidad de la Dormición de María (Asunción); los coptos celebran a María en torno a la navidad; pero nuestro mes de mayo se ha impuesto como mes de María sin una referencia litúrgica.

En mayo eran los ludi floreales o florealia, fiestas florales en honor de Flora Mater, diosa de la vegetación. Había la costumbre de escoger a una joven como reina de la primavera. Además existían justas poéticas. El intento de superar y cristianizar un mundo pagano posiblemente está a la base de dedicar el mes de mayo a María, aunque no haya una razón litúrgica para ello.

El hecho es que en Europa occidental, paulatinamente e independientemente de la existencia de una razón clara, se va perfilando poco a poco el mes de mayo como mes de María: Alfonso X el Sabio en sus Cantigas ve el mes de mayo como un momento de devoción mariana; en Paris, en el siglo XIV, los joyeros de la ciudad llevaban a Notre Dame (hoy tan dañada) un ‘mayo’, planta adornada con piedras preciosas; en Roma, San Felipe Neri enseñaba a los jóvenes a hacer obsequios a la Virgen (adornar con flores su estatua, rezar, hacer actos de virtud); en Alemania aparecen cantos marianos para el mes de mayo… Es decir, aunque mayo se haya impuesto en occidente como el mes dedicado a la Virgen, no se puede dar con una referencia litúrgica que apoye consistentemente esta devoción popular. Más bien hay que pensar en una ‘cristianización’ de unas fiestas paganas de exaltación de la naturaleza y de la feminidad. En cuanto a España, las mayas o maias son, en la lírica tradicional, canciones que exaltaban el triunfo de la primavera y del amor en el mes de mayo, aunque no se conserva, en la literatura en lengua española, ninguna anterior a esta del siglo XVI: “Entra mayo y sale abril, / tan garridico le vi venir. / Entra mayo con sus flores, / sale abril con sus amores, / y los dulces amadores / comienzan a bien servir”.

En la actualidad, con la reforma litúrgica, la mayoría de los años, el ciclo pascual, central y muy denso en contenido, impide una referencia litúrgica a la Virgen en esta época, aunque hace pocos días0 se celebrara la fiesta de nuestra Señora de Fátima; y el próximo miércoles 20, los hispanoamericanos celebremos el CXV aniversario de la Coronación canónica de la Virgen del Pilar, por decreto del papa Pío X, de santa memoria.

Con todo, el pueblo cristiano se ha dado una referencia amplia en literatura mariana para el mes, que se ha convertido en una ocasión catequética para profundizar la verdadera devoción a María y para una revisión de la vida cristiana. Hoy el mes de mayo es una oportunidad de revitalización en la fe. María, la misma contemplativa que “guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón”; sigue diciendo en este mes a muchos creyentes y, quizá particularmente a muchos niños que hacen su primera Comunión: “Haced lo que El os diga”.

El hecho de que el mes de mayo no tenga consistencia litúrgica no debería llevar a eliminar su celebración, bajo pretexto de un puritanismo ideológico. Alto tan arraigado como la devoción popular que dedica el mes de mayo a la Virgen no puede ser suprimido sin más. Muchos se han encontrado de nuevo con el Evangelio precisamente a través de la devoción a María, sin que ésta quede al margen del tiempo litúrgico y de su celebración.

En muchas ocasiones habrá que evitar yuxtaposiciones. La liturgia marcará unos textos que hay que seguir y conviene no hacer mezclas en las que la verdad quede deteriorada. Las celebraciones de la palabra o paraliturgias dan oportunidad para resaltar aspectos que la liturgia del tiempo pascual no permite. Pablo VI, en Marialis cultus, 35, es muy claro cuando dice: “El año mariano ha de intentar ver a María en relación con la historia de la salvación, es decir, con la celebración del misterio pascual de Cristo… Así pues, la catequesis y la oración estarán orientadas a la existencia pascual de Cristo y a la novedad del Espíritu” (MC 35). De alguna manera, cabe pensar en la función de María como modelo de creyente y como Auxiliadora del pueblo cristiano.

María es también Virgen y Madre de Dios y madre nuestra (“Mujer ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre”), mes de la madre y de las comuniones que muchas familias esperan para festejar algún sacramento de un familiar.

Por otro lado, todos saben que este mes es el ideal para estar al aire libre, rodeado de la belleza natural de nuestros campos. Precisamente por esto, porque todo lo que nos rodea nos debe recordar a nuestro Creador, este mes se lo dedicamos a la más delicada de todas sus creaturas: la santísima Virgen María, alma delicada que ofreció su vida al cuidado y servicio de Jesucristo, nuestro redentor, a la que se honra en numerosas romerías, cuya supresión estamos sufriendo este año.

Celebremos, invitando a nuestras fiestas a María, nuestra dulce madre del Cielo. Aprovechemos éstas para meditar en torno a los cuatro dogmas fundamentalmente marianos: 1) Su inmaculada concepción: A la única mujer que Dios le permitió ser concebida y nacer sin pecado original fue a la Virgen María porque iba a ser madre de Cristo; 2) Su maternidad divina: La Virgen María es verdadera madre humana de Jesucristo, el hijo de Dios; 3) Su virginidad: María concibió por obra del Espíritu Santo, por lo que siempre permaneció virgen; y 4) su asunción a los cielos: La Virgen María, al final de su vida, fue subida en cuerpo y alma al Cielo.

En mayo y en cualquier época, recordar y honrar a María como Madre de todos los hombres. María nos cuida siempre y nos ayuda en todo lo que necesitemos. Ella nos ayuda a vencer la tentación y conservar el estado de gracia y la amistad con Dios para poder llegar al Cielo. María es la Madre de la Iglesia. Termino con las palabras del Papa Francisco, en la homilía pronunciada en Fátima con motivo del centenario de su aparición: “¡Queridos Peregrinos, tenemos una Madre, tenemos una Madre! Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, «los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad ―nuestra humanidad― que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. Ef 2,6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro […] Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor”.

En estos momentos todo el mundo está pasando una dura crisis sanitaria con temibles repercusiones económicas y políticas aún impredictibles. Pero no hay que perder de vista que la Historia, y todos los movimientos de la Historia, tienen su origen en Dios, Causa trascendente de todo; por tanto, la dirección de la historia es siempre positiva, por muchas que sean sus oscilaciones. Muchos, ciertamente, ante el silencio de Dios, se quedan en el camino porque, habiendo perdido la relación con Cristo, no han sido vivificados por su espíritu; otros, siguen avanzando hasta sentirse plenamente amados en el mismo Jesucristo. Por eso deseo concluir con estas palabras del entonces cardenal Joseph Ratzinger [Informe sobre la Fe. Ed. BAC popular, 66] y hoy papa Benedicto XVI de feliz memoria: “El cristiano sabe que la historia está salvada y que al final el desenlace será positivo. Pero desconocemos a través de qué hechos y vericuetos llegaremos a ese desenlace final. Sabemos que los poderes del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, pero ignoramos en qué condiciones acaecerá esto”.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, Historiador

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