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De la “Aldea Global” al neopanoptismo

Este 2020 se viene caracterizando por la rispidez con la que está tratando a los habitantes del mundo en su totalidad. El año es circunstancial. Los hechos son lo llamativo. Y la progresiva concatenación y consumación hacia un modelo panóptico total.

Para situarnos, es preciso señalar que lo siguiente es una lectura sociológica libre, fundamentada en determinadas producciones conceptuales de rigor, pero que es susceptible de crítica.

Foucault definió al poder no como algo estanco o estático, sino como una composición orgánica, dinámica, jerarquizada, cientifizada y tecnificada. Con estas categorías, más o menos traducidas al lenguaje coloquial, buscaba describir el comportamiento del poder y su impacto directo en la sociedad. El filósofo ubicó como ejemplos paradigmáticos de la circulación del poder a instituciones tales como el hospital, la escuela, la fábrica o el campamento militar. En ellos situó su análisis sobre la tecnificación y evolución del poder disciplinario. Este poder se entiende como aquel que moldea cuerpos y conductas, y que extrae utilitariamente la economía de los cuerpos para sus intereses. El trasfondo era una crítica al capitalismo. Para tener una noción acabada de los postulados de Foucault es necesario agregar que el poder disciplinario se consumaba a través de tres dispositivos, a saber: la vigilancia jerarquizada, la sanción normalizadora y el examen. Estos instrumentos o dispositivos facilitaron el surgimiento de los diversos saberes que dieron lugar a las disciplinas. Todo esto se enmarcaba en la idea de un panóptico, es decir, la organización de todos los elementos en una arquitectura sociopolítica.

En el caso de quien escribe, fue imposible no encontrar muchos puntos de coincidencia entre esta interpretación socio-política y la actual coyuntura de la pandemia del COVID-19. Si el autor arriba citado se dedicó a analizar la disciplina en las instituciones, su continuador, Deleuze, retomó esta idea, pero ya entendida desde el control, pensado este desde un lugar de transición del ocaso de las instituciones totales de cara a la apertura de la sociedad de masas.

La coyuntura pandémica se puede leer como un hito, es decir, un hecho significativo a nivel histórico, que marca un momento de inflexión en el desarrollo de un proceso. A su vez, y desde una interpretación desde el trabajo social, este hito, comporta una problemática, es decir, es un sistema complejo, dinámico, multicausal y de múltiples consecuencias. Tal es así, que es difícil pensar que las cosas podrían volver rápidamente a la normalidad pasada la pandemia, ya que sus impactos y efectos podrán seguir viéndose en la sociedad.

Esta idea de poder disciplinario podría leerse evolutivamente en y desde las instituciones, a las sociedades de control y, finalmente, en los hitos. Su instrumentación fue la medida de excepción de la cuarentena. Esta medida está comprendiendo una vigilancia jerárquica y medidas de control que ponen al descubierto la faceta más coercitiva del Estado. Los controles, bajo amenaza de sanción, tienden a determinada normalización de la sociedad, la cual no es otra cosa que una reconfiguración del comportamiento, los modos de vincularse y la interacción de la comunidad, un moldeamiento ciudadano. Siempre los hubo. La diferencia con este contexto está en que ya no se trata de esta o aquella sociedad, sino que se evidencia una marcada tendencia a globalización de este moldeamiento. El Estado disciplina los cuerpos por medio de la medida de la cuarentena, generando una docilización. El moldeamiento contribuye a docilizar. Encontramos aspectos llamativos como la vigilancia entre vecinos y la condena social de quien incumple la cuarentena, o el uso del barbijo que, además de ser un artefacto para prevenir contagios, también coadyuva al aislamiento social, a la progresiva individuación y el debilitamiento de los lazos cotidianos. Este efecto facilita dos cosas: una economía de los cuerpos, los cuales se vuelven un instrumento biopolítico, y la eclosión de nuevos saberes, encuadrados en una nueva perspectiva social: la “aldea global”.

No por nada, se está hablando de ciudadanía global desde hace un tiempo. Si bien se pensaba que la excusa para globalizar el mundo sería la aplicación y acatamiento masivos de los derechos humanos, como instrumento jurídico supranacional -con fuerza por encima de las soberanías nacionales-, puede que este proceso, a fin de cuentas, se consume desde la amenaza latente de una catástrofe en materia de salud, y la respectiva supranacionalización de una política sanitaria, que involucre una consecuente noción de ciudadanía, ya pensada desde lo global. Así, podría interpretarse esta reconfiguración sociopolítica como un neopanoptismo.

Laura Maciel, licenciada en trabajo social, actualmente cursa la carrera de ciencia política.

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