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Atropellos en Pamplona

Dentro de pocas semanas harán veinte años que falleció mi abuelo materno. Desgraciadamente, falleció como consecuencia de un atropello en un paso de peatones de Pamplona. En ese mismo accidente, mi abuela resultó gravemente herida. A pesar de esto, a día de hoy aún podemos disfrutar de su compañía, aunque las secuelas de aquel atropello, con el paso de los años, han ido manifestándose y paulatinamente han hecho mella en su frágil salud.

Aquel fatídico día, entorno a las siete y media de la tarde, mis abuelos regresaban a su casa después de haber venido a visitarnos. Un conductor bebido y drogado que circulaba a ochenta kilómetros por hora junto a un conocido colegio de nuestra ciudad. Ellos cruzaban por un paso de peatones próximo y fueron atropellados mientras cruzaban. Paso de peatones por el que todos los días cruzaban cientos de niños. Mi abuelo, tras ser golpeado por el frontal del vehículo, voló por los aires. Debido al impacto, rompió la luna delantera con la cabeza entrando en el habitáculo del vehículo y, tras el brusco frenazo del conductor, fue proyectado varias decenas de metros, donde finalmente cayó su cuerpo. Tras varias horas intentando salvar su vida, nada pudieron hacer por él. Mi abuela afortunadamente caminaba un paso por detrás. Ella fue golpeada por el lateral del coche y el espejo retrovisor. La lanzó hacia el carril contrario y provocó que su cabeza golpease violentamente contra el asfalto. Ella salvó la vida tras más de un mes de hospitalización, eso si, quedándole secuelas que ahora, veinte años después, muestran su cara más complicada.

Aquel  día marcó mi vida y el de toda mi familia. Por mi parte, hay dos cosas que jamás podré olvidar: la cara de mi madre llorando cuando nos dijo a mi padre y a mi que habían atropellado a sus padres (mi hermana aún no había vuelto a casa de clase), y, sobre todo, las últimas palabras que tuvo mi abuelo para conmigo y su última caricia. Permitidme que me las quede para mi. A día de hoy siguen haciéndome llorar, a pesar de que supusieron un punto de inflexión personal que en gran medida me han ayudado a sobreponerme en muchos momentos de flaqueza.

Volviendo al tema principal, la cuestión es que me sorprende que en nuestra ciudad sigan aconteciendo estos sucesos, cada vez más frecuentes, pese a los medios con los que contamos. Recientemente he revivido aquel día en mi memoria al conocer el atropello sucedido en Cuatro Vientos hace un par de días. Esto, por desgracia, evidencia el problema existente y no resuelto debido al elevado número de atropellos en Pamplona desde hace años, que particularmente nos sacude virulencia en estos últimos. La realidad es tozuda y los datos incontestables.

 

La política llevada  a cabo en nuestra ciudad respecto del tráfico es un fracaso notorio a la vista de los hechos y datos objetivos. Ninguno de nuestros gobernantes ha sido capaz de dar con la tecla para paliar este problema. Mientras tanto, los atropellos no cesan y el número de víctimas no deja de aumentar. La solución no parece pasar por reducir la velocidad máxima permitida para circular por nuestras calles, como se ha hecho en nuestro municipio. Eso puede ayudar en cierta medida, pero en tanto en cuanto la Policía Municipal no tome la determinación de controlar el tráfico con seriedad, dejando de jugar a ser maestros de escuela o padres-colega y denunciando a los conductores que no respetan las normas de tráfico  en nuestras calles, hay poco que hacer. A la hora de circular por las calles debemos de ser educados y respetuosos, especialmente con los más débiles, y para ello es imprescindible  el cumplimiento de normas. Lamentablemente hay una parte de nuestros conciudadanos que entienden que el cumplimiento de las normas es algo disponible a capricho o arbitrio, por lo que únicamente acatan las normas por temor a las sanciones. Aun así, parece que hemos olvidado que una de las funciones del derecho sancionador es preventiva, precisamente haciendo uso de ese temor de los particulares a ser sancionados, a que les rasquen el bolsillo de una u otra forma. Por eso, si olvidamos que una denuncia de un agente está castigando un incumplimiento y a la vez previniendo otras infracciones, corremos el riesgo de cooperar a una creciente ola de atropellos, como la que estamos viviendo en el presente. ¿Acaso vamos a minimizar la relevancia de hacer cumplir las normas, en este caso de tráfico, a costa de la vida de los desafortunados que pasean por las calles de nuestra ciudad? Porque si es así, sólo estamos creando nuevas generaciones sin conciencia o más bien con conciencia de impunidad que para los malos usuarios de las vías  supone esta patente de corso por nuestra omisión culpable, que finaliza con el sonido de la sirena una ambulancia y, en demasiadas ocasiones, con la pérdida innecesaria e injusta de seres  queridos y el llanto de los familiares en la sala de un tanatorio. En conclusión, ante esta situación podemos adoptar esencialmente dos posturas: tomarlo en serio y cambiar, o continuar con nuestra omisión culpable e hipocresía, hacer como que nos ponemos campanudos postureando una vez más y seguir esperando a que la sangre que manche la calle la próxima vez nos pille lo más lejos posible. No se qué pasará de aquí en adelante, pero por una cuestión de probabilidad espero que el cupo que parece que le “correspondía” a mi familia ya lo hayamos cubierto con creces. Y si no, que Dios nos pille confesados.

Juan Pablo Ibáñez, abogado

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