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Los que creemos y el que ha creado

… En la Mesa de Navidad

En estos días festivos, un amigo de las redes, don Diego Molina de Castro se hizo y me hizo una pregunta sobre la divinidad del hecho histórico de la Navidad y de los padres de Jesús. Bueno es que una persona, sobre todo un adulto, se haga una vez en la vida preguntas sobre su trascendencia y me vino a la mente una frase de Miguel de Unamuno en carta a Ortega y Gasset allá por 1911 y rescatada del Epistolario completo Ortega-Unamuno, Ediciones El Arquero, Madrid, 1987, pp. 101-102; por el filósofo mexicano, el profesor Juan Carlos Moreno Romo:

“Ya sabe usted mi único problema, el de la inmortalidad del alma en el sentido más medieval. Todo lo concentro en la persona. Lo grande del cristianismo es ser el culto a una persona, a la persona, no a una idea. No hay más teología que Cristo mismo, el que sufrió, murió y resucitó. Y sólo me interesan las personas. Si dentro de 10, 1.000 ó 100.000 siglos nuestra tierra es una bola de hielo o un puñado de asteroides desiertos, toda la ciencia y la filosofía y el arte y etc. etc. no valen nada.

  1. Para qué viene el hombre al mundo ?
  2. Para servir a Dios en esta vida y gozarle en la eterna.

Debía decir: Para gozar a Dios en la vida eterna por haberle servido en ésta.

He aborrecido con toda mi alma el fariseísmo, pero ahora aborrezco mucho más el saduceísmo. No es menester definirlo pues usted, que convive ahí con saduceos —y algunos de ellos judíos de verdad— lo conoce. No se deje corroer por su ácido; le secarán el alma. Mírese en su hijo y no se deje ganar por esos horribles pseudo-objetivismos. ¡Chapúcese en su cristianismo originario español, por ilógico y caótico que sea, y lávese en él de toda filosofía saducea que tiende a borrar el único problema, el único! ¡Memento mori!

Y ahora mi vida. Ya lo sabe usted. Tengo ocho hijos; hace tres años murió mi madre, hace 41 mi padre. Dentro de 30, de 40, de 100, luego que todos hayamos muerto, ¿volveré a verlos? ¿Volveremos a convivir? Esto es todo. Y no sirve la ciencia de la serpiente saducea; irradia tal frialdad de sí que huyo de ella antes de que hable.

Cuando salgo de casa, cuando dejo el hogar, cuando oigo a los que dicen que saben, me muero de frío. Mis hijos jugando, mi mujer junto a mí cosiendo, la leña ardiendo en la chimenea y yo con mi Evangelio o con algún místico cristiano”.

Dejo esta carta y me detengo en la frase en latín de Don Miguel que aquí se lee: “memento mori” (“recuerda que puedes morir”).

Sé que me voy a morir. ¡Ya tengo una certeza! Y eso no es poco. Es en ese momento, el único momento de la gran verdad, ya irrefutable, guste al que cree o aterre al descreído, en que me encontraré ante el juicio sobre mi legado.

El filósofo argentino, don Alberto Buela, en su trabajo sobre la hermenéutica de la cultura dice en distintos párrafos: “el ser es lo que es, más lo que puede ser. Aquel que une en sí mismo sabiduría más experiencia por el conocimiento de sus raíces y la pertenencia a su medio. Cultura es todo aquello que él hace sobre la naturaleza para que ésta le otorgue lo que de suyo y espontáneamente no le da. Es por ello que el fundamento último de lo que es cultura, como su nombre lo indica, es el cultivo. Cultura es tanto la obra del escultor sobre la piedra amorfa, como la obra del tornero sobre el hierro bruto o como la de la madre sobre la manualidad del niño, cuando le enseña a tomar el cubierto.”

Y aquí retomo y pienso en cuál es nuestra cultura y en quienes la transmiten. En el hogar la madre, como timonel de la cuna del niño, es la que lo previene de la barbarie , lo educa y lo pone en el camino de Dios y de la cultura. La mano de una madre educando al niño para que sepa comportarse en la mesa, o cosiéndole su ropa, ayudándolo con los deberes escolares, enseñándole a hacer una manualidad o a rezar uniendo sus manos ante Dios, es una mano que mueve al mundo. A ella se une el padre generoso en su transmisión de saberes, oficios, hábitos y costumbres. La civilización nace en el hogar, aunque no les guste a los iluministas.

Y en esa cultura, mi amigo que no es incrédulo, se hace algunas preguntas sobre la creación y sobre el milagro del Nacimiento del Redentor y de la virginidad de su santa madre.”¡¿Cómo puede ser?! ¿No es una imposibilidad biológica?” Pues sí, para nuestro entender pedestre. Y en ese discurrir creo que la misma creación del universo, de la primera piedra y del primer humano puede tomarse como imposible si no hay nada en que creer, ¿nada creó todo? Por eso afirmamos que hay un primer motor inmóvil. ¿Y el misterio del mal que se auto fagocita mostrando que destruye al otro y a sí mismo? ¿Cómo se explica el mal si no es como ausencia de bien? Entonces debe haber un bien que tenga sentido. Es entonces que entendemos que Dios creó todo. Como tal, puede hacer los milagros pertinentes a su plan creador, a veces algo inextricable para nuestras pobres mentes. Lo contrario, el mundo de hoy sin identidad, nos convierte en una tierra vacía y nos pone como almas flotando sobre un abismo que tampoco existiría. No puede ser así,  eso es muy triste, nos deja sin destino ni propósito. Entonces nuestras almas se angustian. ¿Y cómo pueden angustiarse nuestras almas si estas no existen? ¡Pues se angustian! El alma se siente mal y el cuerpo se resiente, justamente porque están unidas. ¡Aquí es cuando comprendemos que existe el alma y existe el bien, pero un bien que trasciende a la materia, que se refleja en el alma!

Finalmente, en ese punto, aceptamos que nuestra cultura y nuestra tierra, están unidas a otro terruño, allá lejos en Belén, pues allí un niño, nacido en un pesebre sin cuna y destinado a morir en la cruz sin culpa alguna, nos enseñó a amar al padre celestial y a El mismo como encarnación de Dios. Y en ese camino, a querernos como hermanos. Con ese amor, se hizo lo más trascendente de nuestra civilización. Solo con un grupo de pescadores no se podría explicar semejante milagro. Cristo estaba con ellos. Por eso, desde los principios del tiempo, los griegos atletas del pensamiento, llamaron a su madre la Theotokos, la madre de Dios.

Ahora, con el ánimo tranquilo y el espíritu feliz, miro a la cruz que me hizo hijo de Dios y repitiendo unos versos de nuestra tradición hispánica, refuerzo mi esperanza sostenida por mi fe:

“Mira que te mira Dios,

mira que te está mirando,

mira que te has de morir,

mira que no sabes cuándo”

Patricio Lons, periodista dedicado a la investigación histórica.*Director del canal you tube ¨HISTORIA CON PATRICIO LONS” y del portal de historia  patriciolons.com

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