Estos días hemos leído en la prensa navarra un artículo notable por inventarse una definición de nacionalismo que luego se usaba para llamar “nacionalistas” a todos los que no son nacionalistas vascos. Entre otras cosas.
Lo único cierto del artículo es que los que se hacen llamar “nacionalistas” hoy no lo son. Porque no defienden los intereses de ninguna nación real. Lo que sigue es un extracto del segundo capítulo de un pequeño ensayo llamado “Naciones de Papel”.
En estos meses muchos españoles han querido definir “nación”, generalmente de un modo que apoyara sus intereses electorales. La razón es que muchos asumen que las naciones son titulares de derechos, muy especialmente el de soberanía.
Pero las “naciones” que hoy pretenden representar los políticos separatistas son un invento nuevo y bastante endeble. No tienen unidad étnica, ni cultural, ni religiosa., ni cívica o de valores No tienen diferenciación significativa con sus vecinos, ni sistemas legales o de creencias incompatibles. No son, en resumen, un “pueblo” en ningún sentido reconocible, y menos aún una “nación”.
Ni el “pueblo catalán” ni el “pueblo vasco” (en sentido estricto) tienen demasiado que ver con estas nuevas “naciones” de papel. Etnicamente ambos están trufados de inmigración hasta lo irreconocible; la cultura “propia” es muy difusa cuando no minoritaria (hasta que los nacionalistas toman costumbres locales de una parte, como el Olentzero de la montaña guipuzcoana y navarra, y las promueven como “propias” a toda la CAV y la Comunidad Foral). Lo característico de ambos “pueblos” está diluído y es apenas una excusa romántica para los separatistas: lo que queda es más sintético que histórico.
Con los datos en la mano, la población de Cataluña se ha duplicado en un siglo. Y no lo ha hecho con catalanes, sino con capa tras capa de personas procedentes del resto de España. El trato de favor de muchos gobiernos centrales dio pie a un polo de desarrollo económico que atrajo la inmigración, a millones, de toda la península hacia Barcelona y alrededores. La proporción de nacidos en Cataluña con ascendientes foráneos es enorme; aquellos con cuatro abuelos catalanoparlantes son hoy tan escasos que apenas se encuentran fuera del Parlament.
Con la población del País Vasco pasa lo mismo o más. Había incluso menos unidad étnica de partida, antes de las inmigraciones masivas de los últimos dos siglos. La extensión tanto de rasgos culturales diferentes como de los diferentes dialectos del vasco era completamente irregular, con una provincia (Alava) tan diferente de otra (Guipúzcoa) que sólo el marco legal compartido las hacía afines, y la tercera (Vizcaya) ampliamente mestiza por la industralización. Y no hablemos de su “cuarta provincia”, Navarra, cuya diversidad en todos los sentidos es aún mayor y donde el idioma vasco es muy minoritario. A día de hoy, muchos de los hablantes mayores de euskera en Lesaka, en el norte de Navarra, encuentran ajeno el euskera “batúa” oficial.
No hay, por tanto, un “pueblo” histórico, real y diferenciado que reclame ser nación, ni una nación oprimida que reclame libertad. Hay dirigentes regionales que buscan el interés local por encima del general, y que quieren aglutinar, galvanizar, movilizar a los habitantes de la zona ( a “los de aquí”) haciéndoles sentir diferentes. Porque a día de hoy la “nacionalidad” se entiende como un acto de fe interno, una elección propia, no un resultado de hechos externos.
No hay una divergencia histórica, pese a las invenciones y manipulaciones. La cantidad de personas que se han definido “español por vasco” o “por catalán” o “por navarro” desde que existe el concepto de España es abrumadora.
La búsqueda de sustrato diferenciador para esas “naciones” empezó a finales del XIX, con gente como Arturo Campión para el que hablar algo distinto del euskera en Navarra era llevar poco menos que una “marca de esclavo”, ignorando milenios de evolución cultural. Tanto los “amigos de euscalerría” como los “catalanistas” desenterraron la memoria de un “pueblo” diferente, al que rescatar y favorecer. Y donde no había pueblo, se lo inventaron.
El invento es tal que la propia palabra “Euzkadi” es un neologismo inventado por Sabino Arana para designar al conjunto de los vascos (y por extensión su territorio) porque “en 40 siglos” nadie había considerado un solo pueblo a los hablantes de vasco. “Euscalerría” era simplemente “la tierra donde se habla vasco”. El “pueblo” vasco, separado de sus vecinos por cultura y raza, y no sólo por lengua, es un invento del siglo XIX.
Pero a día de hoy, los partidos nacionalistas han ido dejando atrás esas limitaciones etnicistas o culturales poco prácticas, traicionando su origen, y definiendo un “pueblo” a la medida de sus necesidades políticas. Los dos rasgos esenciales de ese “pueblo” son querer que en “su” tierra manden “los de aquí”, y hablar el idioma “propio”.
La primera parte es evidente. Los únicos catalanes, vascos o navarros buenos son los que están dispuestos a mantener todo el poder en manos locales. Si lo quieres compartir, no eres bueno. Y si no naciste aquí, “no eres digno” ni de opinar.
La segunda parte es el resultado de la necesidad de crear una diferenciación donde no había ninguna. Así, se unificaron los dialectos vascos mediante la imposición, en la educación y la administración, del sintético “batúa”, y se aplica como rodillo de pintura a la población, procedente de fuera o no (y hasta en la Ribera si se dejan), para que tengan algo en común que les diferencie del resto de los españoles (y que integre a grupos que por lo demás poco tienen en común). El caso catalán es análogo.
De este modo, Otegui es capaz de invocar a “su pueblo” para justificar los asesinatos de ETA de dirigentes carlistas, que no podían ser más vasconavarros, o concejales foralistas que defendían el autogobierno, o diputados socialistas que defendían a los trabajadores. Porque “su pueblo” no es una etnia, no es una clase, no es ningún grupo real: son aquellos a los que él elige, en una combinación de lucha de clases, revolución comunista, y nacionalismo de papel.
De este modo, Carme Forcadell, entonces presidenta del Parlament, puede afirmar en público que los que votan a partidos “españoles” (los que no apoyan la secesión) no son parte del “pueblo catalán”.
De este modo, cuando se ataca el modelo educativo de inmersión en catalán o la primacía absoluta del catalán en educación, rotulación o administración, los nacionalistas lo perciben como un ataque a su derecho a existir. Porque lo es. El “catalán” como persona diferenciada ya sólo se diferencia en el idioma. El “nacionalismo cívico”, basado en una “cultura” diferenciada, es un mito hueco.
En resumen, no estamos hablando de naciones sólidas y diferenciadas sino de conciencias colectivas sintéticas construidas sobre la preferencia por el gobierno localista y el idioma, y amparadas en la hoja de parra de una historia (antigua y reciente) reinventada para resaltar la diferencia. No queramos ver naciones enfrentadas dentro de un mismo marco legal. No las hay. Lo que nos separa no es raza ni cultura ni historia, sino los intereses de unos pocos políticos locales, que enarbolan una bandera excluyente para lograr el control.
Y funciona, porque el ser humano está programado para ser tribal, diferenciar entre “nosotros” y “ellos”, culpar de todo a los “ellos” y perdonar todo a los “nosotros”. Una vez creado el edificio mental, toda crisis es culpa de otros, toda crítica es un ataque al grupo, y el único líder bueno es el nuestro. Y así nos va.
Miguel Cornejo, (@miguelcornejoSE) es economista y responsable de Asociaciones y Entidades en Ciudadanos Navarra.
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