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Virgen de Ujué: Sexagésimo quinto aniversario de su coronación canónica

Tal día como hoy, hace 65 años, el lunes ocho de septiembre de 1952, festividad de la natividad de la Virgen María, tenía lugar en Ujué la ceremonia de Coronación Canónica de Santa María de Ujué, una de las imágenes marianas más antiguas, arraigadas y populares en la devoción de los navarros, que contamos, entre nuestras advocaciones marianas con seis imágenes coronadas canónicamente: Nuestra Señora del Romero de Cascante (1928), Santa María la Real del Sagrario de Pamplona (1946), Virgen del Puy de Estella (1958), Virgen de Roncesvalles (1960), Virgen del Yugo de Arguedas (2010), Virgen de Arnótuegui (2012).

Estampa conmemorativa del milenario de la aparición de la Virgen de Ujué
Estampa conmemorativa del milenario de la aparición de la Virgen de Ujué

La Virgen de Ujué es una talla elaborada en madera hacia 1190. Carlos II de Navarra (13491378) ordenó forrarla en plata, como muestra de su predilección por la Villa como y su devoción a la Virgen de Ujué; y en su testamento dispuso que su corazón reposara junto a la imagen, donde sigue hoy en un arca en el altar. La tradición atribuye su origen al milagro vivido por un pastor que cuidaba su rebaño y, atraído por  el vuelo de una paloma que entraba y salía de un agujero, trepó hasta el lugar y descubrió allí la imagen y  gentes de poblados vecinos se asentaron en el lugar de la invención para cuidar y honrar a la Virgen.

La Coronación Canónica, rito litúrgico instituido en el siglo XVII pero difundido en el XIX, tiene como fin resaltar la devoción por una advocación mariana concreta; y consiste en la imposición de una corona o coronas a la imagen escogida. La primera coronación canónica documentada es la de la Madonna de la Febbre del Vaticano, en 1631. En España, la catalana Virgen de Montserrat fue la primera en recibir tal distinción en 1881, dispuesta por León XIII con motivo del milenario de la invención de la imagen. La única imagen mariana española coronada personalmente por un romano pontífice, la de Nuestra Señora de los Milagros, celebrada por Juan Pablo II en el Monasterio de la Rábida (Huelva) el lunes 14 de junio de 1993.

La Coronación reafirma que “Santa María Virgen con razón es tenida e invocada como reina, ya que es Madre del Hijo de Dios, Rey del Universo, colaboradora augusta del Redentor, discípula perfecta de Cristo y miembro supereminente de la Iglesia“, como se lee en el documento Ordo coronandi imaginem beatae Mariae Virginis. Rituale romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II, promulgado por disposición de Juan Pablo II por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino el 25 de marzo de 1981.

A la imagen objeto de la coronación se le exige: 1) Una antigüedad no menor de 50 años; 2) poseer un valor artístico cuya historia se encuentre debidamente documentada; 3) Gozar de probada devoción (desde sus inicios hasta el momento de la coronación; y 4) la comprobación de los favores concedidos por dicha imagen y la irradiación de su culto. Condiciones que sin duda se vienen dando con creces en nuestra “morenica y galana” Virgen de Ujué, desde su milagrosa invención, pasando por el fervor de la casa de Evreux, hasta los miles de romeros que hoy año tras año, el domingo siguiente a San Marcos (25 de abril) acuden con sus cruces a cuestas para congregarse y rezar a los pies de la Madre, en una tradición que parece remontarse al reinado de Sancho García (905-926) cuando ante la amenaza de una invasión sarracena de los moros de Zaragoza, la ciudad de Tafalla acudió a la Virgen Santísima pidiéndole protección y prometiendo acudir todos los años al santuario de Ujué, a pie, entunicados y con cruces al hombro, si les libraba del enemigo,.

Momento de la coronación de la Virgen de Ujué.
Momento de la coronación de la Virgen de Ujué.

El 3 de mayo de 1952, don Enrique Delgado Gómez, Obispo de Pamplona, sancionaba el pergamino que días después entregaría en mano al Papa Pío XII, suplicando que el Padre Santo se dignara conceder la Coronación Canónica de la imagen de Santa María la Real de Ujué. En respuesta, se promulgaba la bula pontificia -a la que don Antonio Ona daría lectura en el momento y recinto de la Coronación- cuyo texto transcribo:

Federico, por designación divina Obispo de Tusculano, Cardenal Tedeschini, de la Santa Iglesia Romana, Arcipreste de la Santísima Basílica Patriarcal del Príncipe de los Apóstoles de la ciudad de Roma, Prefecto de la Sagrada Congregación de la Santa Fábrica

Al Excmo. y Revdmo. Señor Enrique Delgado y Gómez, Obispo de Pamplona, Salud en el Señor.

Por las muy bien escritas letras que hiciste llegar a nuestro Cabildo Vaticano, hemos sabido con gozo que hay un antiguo santuario, dentro de los límites de esa gloriosa Diócesis, en el pueblo llamado Ujué, en el que se da culto con grande y especial devoción a una antiquísima imagen de la Santísima Virgen María, a cuyos pies suelen llegar de todas partes, para dar gracias o para impetrarlas, no sólo los fieles de esa diócesis sino que también de los de regiones limítrofes.

Al tener noticia del culto de todos los fieles, que llega en su origen a los albores del Reino mismo de Navarra, de los innumerables prodigios y favores temporales obtenidos, y al saber Tu ardiente deseo y el del pueblo todo de ornar con corona de oro esta imagen de la Madre de Dios, Nos que siempre nos sentimos inflamados por el interés de propagar por el orbe la devoción mariana, deseosos de satisfacer tus anhelos y colmar las ansiedades del pueblo y de la diócesis, legítimamente reunidos en la Sala Capitular el 17 de Mayo del año en curso, habiéndonos cerciorado de que concurren en la predicha imagen todas las condiciones requeridas para la Coronación Canónica, hemos decretado por unanimidad y hemos dispuesto sea coronada con corona de oro precioso, en nuestro nombre y con el más solemne rito, la veneranda Imagen de la Santísima Virgen de Ujué.

Dígnate, Excmo. Prelado, Tu mismo, o por medio de otro, llevar a cabo, cuando bien te parezca, esta obra de la Coronación Canónica.

Dado en Roma, en la Ciudad del Vaticano, el día primero de Junio, del Pontificado de nuestro Santísimo Señor el Papa Pío XII año XIV, del año del Señor de 1952.

JERONIMO RICCI, Canciller.

FERNANDO PRESPESINI, Canónigo Secretario

“Por su víspera se conoce al santo” y en esta ocasión no podía ser menos. Las ceremonias de Coronación Canónica tuvieron su inicio a la hora del Angelus del domingo día 7, comenzando un gozoso repique de saludo a Santa María las campanas de todas las tierras que iban a peregrinar y postrarse a sus plantas.

A las tres de la tarde Eladio Esparza, daba lectura al siguiente pregón de la fiesta, que Radio Requeté de Navarra esparcía en sus ondas:

Se cumplirán mañana en Ujué, en un recio y tumultuoso latido de corazones humanos, aquellas palabras simbólicas del Evangelio: <Una ciudad que está puesta sobre un monte no se puede esconder>. La coronación canónica de Santa María la Real de Ujué […] implica esta fuerte y consoladora verdad para nosotros: que Ujué, la piedra hecha pueblo en lo alto de una arriesgada temeridad de barranco, no se ha escondido. Y como es indudable que la Coronación de la Virgen se realiza porque Ujué no se ha escondido, indudable es también que, si no se ha escondido, que si le ha sido posible siglo tras siglo mantenerse firme en el vértigo de la altura, es porque su fe de creyente en la esperanza absoluta de su Virgen y su lealtad de hombre a la historia de su tierra, siempre en el mismo signo de expresión, se han mantenido intactas, sin deformación en la personalidad, sin pérdida de fisonomía  […] Ujué puede vanagloriarse de que ya era atalaya vigilante, junto a la Virgen, cuando todavía alboreaba la figura imprecisa de nuestro Reino. Nuestros Reyes no se titulan reyes de Navarra hasta el siglo XII, y en el siglo X, el castillazo de aquel pueblo, luego llamado Ujué, era como un brote histórico de Navarra. Todo esto, tan distante de nosotros en el tiempo, cobra realidad emocionante en la Coronación de la Virgen, como si el tiempo no hubiera sido nada y topásemos con la misma realidad de hace más de diez siglos, cuando un suceso tan vulgar y tonto, aunque bonito, como el vuelo de una paloma, moviliza la atención bobalicona e ingenua de un pastor, y sigue a esto el hallazgo de una imagen de la Virgen  […] ¡benditas las viejas leyendas que a más de diez siglos de acaecida, engendran esta pasmosa y maravillosa realidad del pueblo navarro, que no quiere más hombría que la suya, más fe en Dios que en el verdadero Dios y en su bendita Madre!

Altar de la Coronación Conmemorativa.
Altar de la Coronación Conmemorativa.

Al día siguiente, lunes 8 de septiembre, tras de una intensa noche de vigilia, cánticos y oración en que iba congregándose la muchedumbre asistente al acto, entre la que destacaré, por ir con sus correspondientes vírgenes, a los vecinos de Artajona, con la Virgen de Jerusalén –que ese año y en el día de su fiesta se ausento de la villa- los de Marcilla, con la Virgen del Plú), Berbinzana y la Virgen de la Asunción, Milagro y Nuestra Señora de Patrocinio o Cadreita con la Virgen de Belén…

A las 10 de la mañana, abriendo la marcha la cruz parroquial de la villa de Ujué, se inició una solemne y vistosa procesión, con autoridades eclesiásticas, civiles y militares, sacerdotes, seminaristas, religiosos y seglares acompañando a la Virgen desde su iglesia en lo alto de un pueblo, ornado de flores, arcos, guirnaldas, banderas y, sobre todo, con la devoción de los fieles, a la cercana campa en que se oficiaría la ceremonia en un altar alzado para la ocasión, del cual aún se conserva buena parte y una lápida con una inscripción alusiva. El altar era sencillo: un triple arco evocador del estilo románico, rematado por un pequeño tejadillo y, en el frontis, la inscripción “Ave Maria, Gratia Plena”. En el altar estaban las imágenes de los copatronos de la diócesis, San Fermín y San Francisco Javier, llevadas desde la catedral de Pamplona, y ondeaban las banderas nacional y del Vaticano.

Terminada la procesión, leído el Decreto de Coronación por don Antonio Ona, dio comienzo la solemne misa pontifical, celebrada por Monseñor Delgado Gómez, ayudando de diácono el M. I. D. Carlos Lorea y de subdiácono el M. I. D. Alejandro Maisterrena; de diáconos de honor los capitulares don Jesús Martínez y don Juan Ollo; de Prefecto de ceremonias el Rector del Seminario, M. I. D. Mariano Laguardia, asistido, como maestro de ceremonias, por el Rvdo. D. Nicolás Chocarro.

Tras la misa, el Obispo, revestido con capa pluvial, entonó el Regina Coeli, y llegó el esperado momento: el Prelado de la Diócesis de Pamplona y el Vicepresidente de la Diputación Foral, subieron hasta la imagen para coronarla, entre el volteo de las campanas de la basílica, la alegría de los aplausos, y a los acordes de la Marcha Real. Entregó el señor Gortari las coronas que habían portado los ujieres, siendo éstas colocadas por Monseñor Enrique Delgado Gómez sobre las cabezas de la Virgen y del Niño. Mientras se soltaban palomas; la concurrencia prorrumpía en muestras de alborozo y vitoreaba a la Virgen de Ujué; y se adueñaba del ambiente el estruendo de una traca de seiscientos metros regalada por don Marcelino Olaechea, antes Obispo de Pamplona y, en el momento, Arzobispo de Valencia.

Aún con el humo de la pólvora a modo de incienso, pronunció el Prelado una oración de gracias y una breve prédica sobre la santificación de las fiestas, apelando a los devotos de la Virgen a enardecerla y combatir en la defensa de Dios, y, ante esa imagen milagrosa, recomendaba que el tesoro que habían recibido de sus mayores no se extinguiera nunca y permaneciera para siempre en sus corazones. Afirmando que “todo es real en Ujué: la Iglesia-castillo y la Virgen”, manifestaba que, si a Ésta le arrebataran las joyas, a ellos no deben arrebatarles la fe.

Delgado Gómez agradeció la generosidad de las gentes “que habían volcado su corazón para regalar a la Virgen una corona”; y de las autoridades por la gran manifestación en honor de la excelsa Patrona de la Ribera. Y, sin preterir una magnífica referencia a la tradición de la invención de la Imagen por el pastorcito, concluyó: “Hoy hacéis acto de presencia para reconocer a la Virgen como Reina. La habéis tenido siempre como madre, y ahora la tendréis como Soberana. Vais a observar los mandamientos de la Ley de Dios, que son los suyos, como reconocimiento de que la veneráis y de que la queréis”.

Finalmente la muchedumbre asistente se acercó al altar a venerar la imagen, que, a las tres y cuarto de la tarde, sería devuelta a su trono de la basílica, llevada en andas por los diputados forales y concejales de Pamplona. Ya en el templo, se celebró el último día del novenario. El párroco, don Fructuoso Ubani, habló sobre el significado de la despedida de una madre y un hijo cuando bien se quieren, poniendo al Rey Carlos II, que dejó su corazón en prenda de su amor a la Virgen, como ejemplo de que “nosotros también debemos entregárselo en prueba de nuestro afecto”-  se entonó el Himno a la Virgen de Ujué; el Obispo impartió la Bendición de Pío XII, concedida especialmente para la ocasión.

Muchos pormenores y no pocos protagonistas quedan sin citar en el tintero, pues mucho se ha dicho sobre las decenas de miles de fieles que concurrieron a la ceremonia y sobre los distintos actos de aquellos 7 y 8 de septiembre de 1952. No es posible aquí pormenorizar aquí todo aquello de lo que prensa y documentos de la época nos aportan un amplio testimonio escrito, fotográfico, cinematográfico, sonoro y figurativo. Hoy, de todo aquello, junto a los restos del altar, aún encontramos una lápida pétrea en que puede leerse la siguiente inscripción: “Aquí convertida en altar cercano al cielo, esta sierra donde el moro no pudo poner su pie, en la mañana radiante del día 8 de Septiembre del año del Señor de 1952, entre aclamaciones ardientes de 30.000 navarros devotísimos de su Madre del Cielo, murmullo de cadenas arrastradas en tono penitencial, tierra hollada con estigmas de pies descalzos y sangrantes, pleitesía de campanas y estampidos jubilares, rebrillar de vieja plata de 28 cruces parroquiales que presidieron la marcha de otras tantas caravanas de penitentes entunicados y con cruz al hombro; suelta de un enjambre de palomas cautivas que, sobrecogiendo el ánimo de todos los circundantes, renuncian a su libertad, aún en medio del fragor de la pólvora y van a posarse a los pies y la Corona de la Virgen; Ante las enseñas del Papa y España, las reliquias y Efigies de San Fermín y San Francisco Javier que celan y protegen el espíritu religioso de la religiosa Navarra, siendo Madrina del acto la EXCMA. Diputación Foral de Navarra y testigos, autoridades eclesiásticas, civiles y militares, fue canónicamente coronada la imagen de la Santísima Virgen de Ujué, en una explosión de Fe de proporciones tan gigantescas que no puede ser descrita.

El Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Enrique Delgado Gómez, Obispo de Pamplona, que coronó la Imagen, concede 100 días de indulgencia a los que recen aquí una Salve”.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, historiador

 

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