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Meditando con los gigantes de Pamplona

 

Al final las obras quedan las gentes se van / otros que vienen las continuaran la vida sigue igual”, decía la canción con que Julio Iglesias ganó el Festival de Benidorm y se catapultó al estrellato. Algo de similar sentido leemos en los versos con que, en el Tenorio de Zorrilla, el escultor del panteón se despide de sus estatuas. “¡Oh! frutos de mis desvelos, / peñas a quien yo animé / y por quienes arrostré / la intemperie de los cielos; / el que forma y ser os dio, / va ya a perderos de vista; / ¡velad mi gloria de artista, /pues viviréis más que yo!”. Y, en efecto, las personas pasamos por el mundo pero nuestras obras quedan para dar testimonio de muchas cosas.

 

Si pensáramos en obras que, si hablaran, pudieran dar testimonio del transcurso y devenir de la vida de Pamplona, encontraríamos ejemplos como la secuoya del Palacio de Diputación es un ejemplar traído de América por José María Gastón y de Echevertz, trasplantado a su actual ubicación en 1854. Otra obra significativa puede ser la Mariblanca, simbolizando la Beneficencia, desde su primer emplazamiento en la Plaza del Castillo, pasando por su breve estancia en antiguo caserón de la Misericordia, que por entonces estaba en el Paseo de Sarasate, y la plaza de San Francisco, hasta su actual sitio en la Taconera. Más fama, quizá por las series de artículos de Ollarra o de Jesús Tanco, han adquirido el Gallo veleta de la torre sur de la iglesia de San Cernin, instalado en 1499 y sustituido por el actual en 1795; y la matrona del Monumento a los Fueros, Rosa Oteiza, alzada en su pedestal en 1903. Ante sus ojos ha ido pasado la vida de Pamplona y sus gentes. Y algo parecido puede decirse de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos.

 

Para quien pueda preguntarse el motivo de estas palabras, la respuesta está en el hecho de que el Ayuntamiento de Pamplona ha dado ya a conocer el programa conmemorativo del 594 aniversario del Privilegio de la Unión, o, lo que es lo mismo, la Carta dada por Carlos III el Noble, el 8 de septiembre de 1423, estableciendo que “el Burgo de San Cernin, la Población de San Nicolás y la Navarrería constituirán en adelante una sola comunidad o cuerpo indivisible”. Así nacería del enclave donde Gneo Pompeyo estableció durante la guerra sertoriana un campamento de invierno, cuyo foro vendría a coincidir con el atrio de nuestra Catedral Metropolitana, lo que hoy es nuestra Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona. Uno de los requisitos establecidos por nuestro monarca era que “los dichos jurados de la dicha universidat de nuestra dicha muy noble ciutat de pamplona, unida como dicho es, ayant aber á perpetuo una casa, é una jurería, do se hayan á congregar por los afares, é negocios de nuestra dicha muy noble ciutat, et ayan de facer lo mas que pudieren la dicha casa de jurería, en el fosaso que es ante la torr clamada la Galea enta la part de la Navarreria, dejando entre la dicha torr, et la dicha casa, camino sufient para pasar, según está el día de hoy, ó á otra part do bien visto lis será”… Sigue nuestro Rey Noble dando pormenores que, a quien quiera conocerlos, remito a la obra de Concepción Martínez Pasamar, El “Privilegio de la Unión” (1423) de Carlos III El Noble de Navarra: edición, estudio filológico y vocabulario, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona, 1995.

El programa divulgado incluye actos institucionales civiles como el desfile de la Corporación Municipal por los tres burgos (partirá a las 18.30 horas de la Casa Consistorial. Previamente, a las 17.30 horas, saldrá la Comparsa de Gigantes y Cabezudos); y la entrega, iniciada el pasado año con Paulina Fernández, del Pañuelo de Pamplona-Iruñeko Zapia, cuyo agraciado este año es el escritor Javier Pagola, vinculado al periodismo y la divulgación de nuestra cultura ; y otros nuevos como  el festival de música “Pim Pam Ville” con grupos de pop, rock, folk o punk… el tradicional concierto de La Pamplonesa al que se sumará este año el Orfeón Pamplonés; el mercado Medieval de los Tres Burgos; y, quizá lo que más morbo suscita a quien esto escribe: se inaugurará oficialmente la nueva decoración del zaguán de la Casa Consistorial que podrá visitarse dentro del programa de puertas abiertas y visitas guiadas que tradicionalmente organiza el Ayuntamiento. La primera de estas visitas correrá a cargo del alcalde de Pamplona, Joseba Asirón, no se dice si como Alcalde o como historiador del Arte, que ambas condiciones concurren en el Ilustrísimo Señor, que mucho va a tener que explicar a ver si algunos conseguimos acabar de comprender semejante reforma.

Centrémonos en la historia de nuestra Comparsa de Gigantes y Cabezudos, tan querida por todos los pamploneses, sin importad edad, sexo o condición, que, allá donde va, no dejamos de acompañarla, emocionándonos con sus bailes y acordes, que muchas veces no dejan de evocarnos recuerdos más o menos felices de otros tiempos.

Y es que los gigantes de Pamplona, desde su creación por Tadeo Amorena en 1860, son un emblema permanentemente levantado durante más de siglo y medio por una Ciudad que ha visto desfilar ante sí a todas las corporaciones municipales de estas décadas con sus distintas galas festivas. Más aún, según un gran Pamplonés, José María Corella, otros gigantes hoy perdidos ya bailaban en el siglo XVI. Muchos ayuntamientos, varias dinastías, distintos modos y regímenes de gobierno de la ciudad y de España ha visto pasar nuestra Comparsa, bailando al son de sus notas. Y la actual de Joseba Asirón no es sino otra más, que, como tantas, se perderá en la memoria de la historia y la noche de los tiempos, pero nuestros Gigantes seguirán danzando.

Seguirán danzando, seguirán desfilando y seguirán alegrándonos la vida con sus eternos compañeros, que no son personajes ni personajillos más o menos notorios por sus felices o tristes hechos u ocurrencias, ora vestidos de golilla, ora de tabardo, ora de traje de chaqueta, ora de chaqué, ora de uniforme, ora de frac, ora de héroe del comic… sino que son los cabezudos, kilikis y zaldicos, que con esas denominaciones los conocemos.

Los cabezudos (Japonesa, Abuela, Japonés, Alcalde y Concejal son sus gracias) nacieron en 1890 de las manos de Félix Flores Logier. Los Kilikis (Berrugón, Napoleón, Barbas, Coletas, Patata y Caravinagre) y los Zaldikos (de cuyo nombre parecemos no acordarnos) vieron la luz entre 1912 y 1941 en los talleres barceloneses de Benito Escaler y los valencianos de Porta-Coeli. Artistas y artesanos a quienes, como a Tadeo Amorena, el paso del tiempo no desgasta sino lustra y da vida en sus personajes de cartón piedra, con cuya admiración, con el culto casi idólatra que acabarían recibiendo de sucesivas generaciones de pamploneses, difícilmente podrían soñar en su origen.

Escribió el Emperador Marco Aurelio que “La sabiduría es el arte de aceptar aquello que no puede ser cambiado, de cambiar aquello que puede ser cambiado y, sobre todo, de conocer la diferencia”. Esta diferencia la conocen, esta sabiduría la tienen nuestros gigantes y, quizá, la intuyó también otro Pamplonés y de la calle Calderería, Fiacro Iraizoz Espinal, que con estos versos trataba de concienciar a su hijo sobre algunos aspectos de la vida:

¿Oyes las notas vibrantes
de esa gaita tan chillona?
Pues espera unos instantes,
que vas a ver los gigantes,
los gigantes de Pamplona.

Recuerdo que en mi niñez,
alegre más de una vez,
delante de ellos corrí.
Con que osada timidez,
les gritaba: “¡Aquí, Aquí!”.
En tus ojillos brillantes
y en tu sonrisa burlona
veo instintos “alarmantes”
de correr con los gigantes,
los gigantes de Pamplona.


Pero espérate, que quiero
que los veas al pasar;
mira, ya llega el primero
detrás del tamborilero
bailando a todo bailar.
– ¡Es un rey! ¡y que elegante!
¡Cuánto adorno! ¡Cuánto fleco!
– ¿Ves que serio y que arrogante?
Pues bien, por fuera es “gigante”,
pero por dentro está hueco.
¡Hoy es pronto todavía!.
¡Tal vez te acuerdes un día
del gigantón de Pamplona,
al ver bajo una corona
una cabeza vacía!.
-¡Y baila con mucho brío!
¡Cuántas vueltas! – ¿Que te chocan?.
¡De tu inocencia me río!
¡Los monarcas, hijo mío,
bailan al son que les tocan!.
– ¡Otro gigante detrás!
¡Y es mujer! ¡La quiero ver!
– Acércate y la verás.
– Di, papá, ¿y esa mujer
es igual que las demás?
– No es igual; pero no obstante,
todas parecidas son,
pues, lo mismo que el gigante,
tienen hermoso el semblante
y el corazón de cartón.
– ¡Ya llega otro, y otro, sí!
¿Y quiénes son esos, di?
– Son retratos en colores
de esos graves pensadores
como hay muchos por ahí.
De inmóvil fisonomía,
que hablan poco y hablan tarde,
y se pasan noche y día
haciendo ostentoso alarde
de inmensa sabiduría.
– ¿Y esos últimos que veo?
¡Son negros! ¡Qué atrocidad!
¡Qué rostro tienen tan feo!
Si son negros, como creo,
serán muy malos, ¿verdad?
– No tanto como supones;
en el mundo, cosa rara,
hay otros santos varones
,
que tienen blanca la cara
y negras las intenciones

Ya acabaron de pasar;
ya se alejan tan gentiles,
bailando a todo bailar
esa danza popular
de gaitas y tamboriles.


– ¿Quieres seguirles? ¡Corriente!
Si eso te ha de divertir,
corre alegre entre la gente,
pero ten siempre presente,
lo que te voy a decir:
Sé humilde tu vida entera;
huye siempre de un encuentro
con esa gente altanera
que va mostrando por fuera
lo que no tiene por dentro.
– Y piensa que hay mil farsantes
de apariencia fanfarrona,
muy soberbios, muy boyantes
¡Y son como los gigantes,
los gigantes de Pamplona!

Pedro Sáez Martínez de Ubago,  investigador, historiador y articulista

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