La libertad de expresión, aquella que no se ampara en la violencia para manifestar sus ideas, ayer sufrió un nuevo varapalo. Un autobús con mensajes relativos a la defensa de lo naturalmente establecido, al hecho demostrable de la diferencia entre el sexo masculino y el sexo femenino, que defiende la libertad y se manifiesta en contra del adoctrinamiento sexual, fue atacado por los intolerantes, fue atacado por aquellos que no soportan la libertad de expresión, salvo aquella que manifiesta las ideas que ellos defienden.
Incomprensiblemente, las propias autoridades, amparándose en no se qué normativas, detenían su marcha y obligaban a esconder los paneles que dicho autobús portaba, aunque, si bien, luego se le permitía continuar trayecto, en este caso a la capital navarra. La actitud de los intolerantes, una vez más, impedía de forma efectiva que se leyera y entregara una declaración alusiva a los lemas que defienden en el Parlamento de Navarra.
Cuantas veces se utiliza el ataque a la libertad de expresión para defender postulados que sonrojan a más de uno. Sin embargo, cuando se ataca a quienes defienden lo natural, sin violencia, solo con la fuerza de la palabra y de los hechos, todo es permitido.
La sociedad en la que se vive necesita un rearme moral, puesto que se corre el peligro de tolerar lo intolerable, de que se vean estas situaciones como normales, o que incluso que se tilde al mero hecho de dar una opinión como una provocación.
La sociedad debe reaccionar, sino se corre el riesgo de que la propia libertad de cada uno desaparezca en beneficio solo de unos pocos.


