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Apuntes: Un proyecto europeo para un futuro con esperanza (1)

El próximo 25 se cumplirán sesenta años justos de la firma del Tratado de Roma por el que se creó la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de Energía Atómica (CEEA, más comúnmente llamada EURATOM). Ambas Comunidades habían sido precedidas en 1951 por la CECA, Comunidad Europea del Carbón y el Acero, origen del ambicioso proyecto que hoy vivimos como una realidad, incompleta, con limitaciones, pero que ha logrado el período de paz más amplio de toda la historia europea, la mayor prosperidad, la mejor cobertura de las necesidades básicas para la mayor parte de la población. Todo ello, repito, con limitaciones, pero me atrevo a asegurar que impensable hace sesenta años. En aniversario redondo me da pie para ofrecer algunas reflexiones que ayuden a clarificar qué sucede hoy en la UE.

¿Qué se pretendía en 1957? Al igual que seis años antes se trató de hacer imposible un nuevo conflicto en el territorio, tan destrozado por los sucesivos episodios bélicos. En el proyecto subyacen además, como impulso integrador, los valores explícitos de la Ilustración, libertad, igualdad, fraternidad, valores, no se olvide, que están en la base de la cultura cristiana.

Y así se plantean las diferentes políticas comunes y así se construyen sus logros. Las cuatro libertades, de movimiento de personas, de mercancías, de capitales, de prestación de servicios y de establecimiento, cuyo logro ha sido mucho más importante de lo que a primera vista pudiera parecer, tanto para el desarrollo de la economía como en la creación de un espacio único, en el sentido de la pertenencia europea; hace visible, de algún modo, la realidad de ser ciudadano europeo.

Para reducir las desigualdades se diseñó la política agrícola común, la PAC, en un momento europeo de escasez de alimentos y de fuerte desigualdad entre los trabajadores agrícolas e industriales y entre los habitantes de las ciudades y del campo. Una política que consiguió, a través del Fondo de Orientación y Garantía Agraria (FEOGA) sus dos objetivos, garantizar la suficiencia de productos agrarios y elevar de forma importante las rentas de los trabajadores del sector. Hay que añadir que su éxito, fruto del sistema de precios y de la financiación, ha provocado -daño colateral- problemas de excedentes con costes altos.

En la misma línea de reducir las disparidades de renta provocados por los problemas de falta de empleo se creó el Fondo Social Europeo, como principal instrumento financiero para fomentar el empleo en los Estados miembros y promover una mayor cohesión económica y social.

Hubo que esperar hasta 1975 para la puesta en marcha de la política regional, con la creación del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), que busca la cohesión entre las regiones a través de inversiones que ayuden y estimulen a las desfavorecidas. En España tenemos buenos ejemplos de las consecuencias positivas que se derivaron de la aplicación de las políticas de empleo y de desarrollo regional; así como que, cuando se han utilizado convenientemente, los fondos estructurales han provocado muy buenos resultados en varias Comunidades Autónomas.

Vale la pena señalar que la puesta en práctica de estas políticas requiere el empleo de dos principios: el de solidaridad, por el que los Estados cuyos ciudadanos disponen de niveles de renta relativamente altos, nutren financieramente los Fondos que se utilizan para mejorar la situación de los menos favorecidos. Y el de subsidiaridad, que, en términos muy generales, pretende que las decisiones se adopten ordinariamente en el nivel más próximo a los ciudadanos.

Me ha parecido que con esta breve exposición queda clara la búsqueda de libertad, igualdad y fraternidad en el funcionamiento de nuestro territorio. No cabe duda, sin embargo, de que la Unión Europea hoy despierta muy escaso entusiasmo en una parte importante de los ciudadanos, especialmente los más jóvenes. Los logros se han asumido como algo natural, que no se debe tanto a la construcción europea como al buen hacer propio; y se nota y se rechaza el peso de los costes de una Unión ampliada y muy dispar.

Y así, uno de los resultados más positivos, la libre circulación de personas en el marco de la UE, que es muy valorado por los individuos cuando se les pregunta directamente, está siendo cuestionado, sin embargo, debido a los sucesivos ataques terroristas. Y otros logros se ven, asimismo, contestados por el coste que provocan en unos momentos de crecimiento económico reducido. Son problemas complejos que no es posible tratar en esta primera entrega, donde sólo he pretendido situar el estado de la cuestión; me propongo tratar los restantes temas en lo sucesivo.

Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía

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