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OPINIÓN: Males de la mediocre historiografía española

OPINIÓN: Males de la mediocre historiografía española

PioMoa.Wikipedia

Juan Pablo Fusi ensalza en extremo al hispanista inglés Raymond Carr: Bajo la dirección última de Carr trabajamos en el Centro de Estudios Ibéricos los que creo que podemos considerarnos sus discípulos: Romero Maura, José Varela Ortega, Shlomo Ben Ami, yo mismo, Paul Preston (que hacia 1970 estaba ya en la Universidad de Reading, con Hugh Thomas), Leandro Prados, Antonio Gómez Mendoza (…) y Charles Powell. Cita también a Santos Juliá, José María Maravall, Joan María Esteban, Laura Rodríguez y otros. Carr ha sido obsequiado con todo tipo de honores por el gremio de historiadores españoles, hasta recibir el premio Príncipe de Asturias en 1999. Al año siguiente coordinó una Historia de España en la que nuestro país era presentado como un conjunto deshilachado e inconsistente de regiones poco o nada afines entre sí,  al que, por alguna razón poco inteligible, se convenía en llamar España.  A ese libro dediqué un artículo, y otros dos  sobre su enfoque pintoresco del papel de los comunistas en la guerra civil (http://www.piomoa.es/?p=483).

Es llamativo que en la Historia de España coordinada por Carr no aparezca un solo historiador español, pese al fervor que le profesan sus discípulos de por aquí. Da la impresión de que, en definitiva, el maestro no apreciaba demasiado las cualidades de sus alumnos hispanos y, la verdad, no es muy de extrañar. Teofrasto  define  en sus Caracteres al complaciente u oficioso:  “La complacencia, si hay que definirla, es un carácter que no se preocupa de la honestidad y solo busca  procurarse aprobación”. Por ejemplo, “Si se le llama para un arbitraje, se preocupa de complacer no solo a la parte que representa, sino también a la contraria, a fin de parecer imparcial”. “Si  habla con extranjeros les da siempre la razón contra sus propios conciudadanos”, etc. Esa oficiosidad está muy extendida en España, sobre todo en el ámbito intelectual,  envuelta a veces en pretensiones de cortesía o imparcialidad, y no suele ser muy apreciada por quienes reciben sus dudosos beneficios, si estos tienen un poco de sentido común, lo que a menudo origina reacciones extremas de despecho en el oficioso. Es fácil notar que gran parte de los ditirambos, bombos y premios dentro del ámbito intelectual español no responden a un criterio honrado de valor, sino a esa mezcla de complacencias e intereses particulares mutuos.

La historiografía española no vive, con las excepciones de rigor, tiempos áureos. Produce cantidad enorme de títulos, a menudo innecesarios por lo reiterativos, por no aportar nada nuevo. Y en la mayoría de los casos lastrados desde el comienzo por enfoques falsos, como los de Carr y no digamos la mayoría desus discípulos de aquí. Muchos sufren además el peso de  una impronta marxista más o menos densa, que da lugar a una  historiografía lisenkiana (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/que-es-un-historiador-34238/).

Otro defecto de esta historiografía es su provincianismo. La historia de España es narrada como si el país estuviera “tibetanizado”, por emplear la expresión caprichosa de Ortega. Pero en los sucesos de España no solo influyen los de otros lugares del mundo, en particular los europeos, sino que la historia y cultura españolas no se comprenden sin su profunda influencia en el resto del mundo, sobre todo en el siglo XVI, una herencia decisiva, poco atendida o comprendida y para colmo estigmatizada desde esa mezcla de provincianismo y “complacencia”. Tanto en Nueva historia de España como en Años de hierro  o, últimamente, en Los mitos del franquismo, me he esforzado por romper  con ese rasgo  que tanto empobrece la labor de los historiadores, dando a sus estudios un interés meramente local y algo polvoriento, incluso cuando resultan técnicamente buenos  y se libran de oficiosidades y  lisenkismos.

Señalaré otro defecto, por terminar aquí: la tendencia de los historiadores a erigirse en jueces del pasado, a tratar de convencernos de las excelencias morales de ellos mismos al dictar sentencias  de un moralismo trivial sobre hechos y personajes, o hacer consideraciones sentimentales innecesarias. El historiador se enfrenta con frecuencia a sucesos tremendos que han ocurrido y ocurren, y también a falsificaciones propagadísticas de ellos. Su labor consiste en explicar, mucho más que en juzgar (lo primero es difícil, lo segundo fácil y generalmente superfluo) escudriñar y diferenciar, en lo posible, lo falso de lo verdadero, cosa a menudo muy laboriosa, aunque menos en otras ocasiones, cuando las tergiversaciones son demasiado toscas, como ocurre casi siempre en la cuestión del franquismo: gran parete de los mitos  inventados al respecto se deshacen con solo recurrir a la estadística y al sentido común. Así creo haberlo mostrado en Los mitos del franquismo,  que debe estar en las librería a partir del próximo a4 de abril. Aniversario de la II República, una coincidencia meramente casual. El problema en relación con la inmensa cantidad de falsedad («Esa constante mentira» de que hablaba Gregorio Marañón) es más bien el peligro que se ha creado de que quienes la afronten se vean hostigados y aislados por la cantidad increíblemente grande, de historiadores, políticos y periodistas de medio pelo que viven precisamente de sus fabulaciones. Por eso he dedicado el libro «a cuantos respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla».  Defensa que podría revitalizar nuestra mediocre historiografía.

Pio Moa, historiador y escritor

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