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El misterio sobre la identidad de Shakespeare sigue vivo

El misterio sobre la identidad de Shakespeare sigue vivo

El misterio sobre la identidad de Shakespeare se mantiene vivo

Los limitados datos históricos sobre los que se sustenta la biografía del dramaturgo inglés han alimentado durante siglos especulaciones sobre su identidad

En 1855, un extenso ensayo titulado “William Shakespeare y sus obras de teatro: investigación sobre el tema” apareció en una revista estadounidense llamada Putnam’s Weekly. El artículo, un primer intento por desafiar el concepto de que Shakespeare era el autor de las obras de teatro que llevan su nombre, había sido escrito por una talentosa erudita amateur llamada Delia Bacon.

Argumentaba que las obras de teatro de Shakespeare en realidad eran el trabajo de una comisión secreta, un grupo de cortesanos y aristócratas de alta educación y comprometidos políticamente. Ella sostenía que usaban el teatro para expresar ideas que eran demasiado peligrosas y subversivas para plantearlas en la arena política. Bacon veía a su conspiración de escritores como un grupo de revolucionarios fallidos, una “pequeña camarilla de políticos desilusionados y derrotados que decidieron liderar y organizar una oposición popular contra el gobierno”.

Al principio, la señorita Bacon era evasiva respecto de las identidades de los hombres de este supuesto movimiento subterráneo, pero creía que el líder era su homónimo, el filósofo Francis Bacon (con quien no refería relación alguna). En cuanto al propio Shakespeare, la señorita Bacon decía que no era más que una fachada, un decorado con la función de desviar la atención de la conspiración de alto nivel contra el despotismo de Elizabeth I. La señorita Bacon lo llamaba “Will el bufón”, y este es uno de sus epítetos más amables. En el libro que escribió después del artículo original, lo describe como “una mascota de la caballeriza de Blackfriars” y un “actor de teatro estúpido, iletrado, de tercer orden”.

Will, el Patán

Los “antistratfordianos”, cualquiera sea quien proponen como el autor verdadero, casi siempre argumentan que Shakespeare no tenía la experiencia de vida, la educación o la complejidad artística para producir obras tan profundas y brillantes. Era un provinciano con educación básica, que por lo que se sabe, nunca abandonó Inglaterra. Por lo tanto, las obras de teatro (dicen los antistratfordianos) solo podían haber sido escritas por alguien provisto de un conocimiento universitario de los clásicos latinos, familiarizado con las reglas de urbanidad y las costumbres de las cortes reales, y viajero conocedor de Francia e Italia.

Por su parte, los eruditos shakesperianos ortodoxos cuestionan si las obras realmente implican que el autor (quienquiera que sea) tenía cualquiera de las experiencias que los anti-stratfordianos reivindican para él. Por ejemplo, se ha demostrado ampliamente que las menciones de autores romanos en los trabajos se limitan casi en su totalidad a los enseñados en las escuelas primarias de gramática en la época isabelina, y que el autor a menudo citaba de las traducciones inglesas, no de los originales, e incluso reproducía errores de impresión tales como “Lidia” por “Libia”, por lo que no necesitó haber estudiado los clásicos en la universidad.

De igual modo, el conocimiento de Italia representado en las obras no demuestra que conociera el país, sino más bien lo opuesto. Por ejemplo, a menudo se describe la ciudad interior de Milán como puerto, y en El mercader de Venecia no se menciona ni una vez la característica distintiva de la ciudad, sus canales. Los entretelones de la vida en la corte están casi siempre ausentes en las obras reales, y gran parte del fondo de las obras históricas podrían haber estado disponibles para el autor en libros de fácil acceso.

De Bacon a Oxford

A pesar de que los diseños por comisión rara vez tienen éxito, la tesis de Delia Bacon tuvo amplia credibilidad. Respetadas figuras literarias como Mark Twain aceptaron su razonamiento, y otras personas construyeron sobre él, por ejemplo, descubriendo mensajes crípticos en las obras.

Durante muchos años fue una carrera con dos nombres: si Shakespeare no era Shakespeare, entonces Bacon lo era. En 1920, un libro titulado “Shakespeare identificado” amplió el campo. Su autor era un maestro de escuela inglés llamado John Thomas Looney, que concibió la idea de que el autor de las obras parece simpatizar con los reyes y nobles, mientras que representa a los personajes de clase baja como villanos o bufones. Por lo tanto, razonó Looney, el autor debe ser de noble cuna. El apoyo de este punto de vista provino de la singular figura de Charlie Chaplin, por entonces famoso en todo el mundo por transformar a un vagabundo oprimido en un héroe.

Para Looney, era obvio que el autor era un aristócrata contemporáneo del falso “hombre de Stratford”, pero ¿quién? La atención de Looney se centró en Edward de Vere, Conde de Oxford, un cortesano encantador, disoluto y buen mozo, y también (mediocre) poeta y autor de obras de teatro. Looney halló correspondencias entre su biografía y los episodios de las obras: la madre de Oxford, al igual que la de Hamlet, volvió a casarse tras la muerte de su padre; Oxford tenía tres hijas, al igual que el rey Lear. Looney concluyó que estas y otras coincidencias eran evidencia de la autoría, un vínculo palpable entre la vida y la obra. También identificó a muchos personajes de las obras como retratos apenas velados de los contemporáneos de Oxford.

Ingresa Freud           

La teoría oxfordiana obtuvo mucha aceptación después de la publicación de “Shakespeare identificado”. Sigmund Freud quedó convencido y sentía particular interés en las implicaciones edípicas de la muerte del padre de Oxford, como se expresan en Hamlet. Pero más tarde en su vida, después de contemplar los rasgos morenos del retrato de Shakespeare en la Galería Nacional de Londres, Freud cambió de idea, y decidió que el autor era un hombre de origen mediterráneo, un francés llamado Jacques Pierre, mal pronunciado Shaks-Peer.

La teoría oxfordiana aún está vigente, pero plantea muchos problemas. Por ejemplo, ¿por qué las obras shakesperianas de Oxford son tanto mejores que las que publicó con su propio nombre? Y dado que era conocido como escritor, ¿por qué se ocultó detrás de un seudónimo? Pero el mayor problema es biográfico: el conde de Oxford murió en 1604, antes de que se escribieran muchas de las obras de Shakespeare.

Sin inmutarse, los oxfordianos argumentan que la cronología aceptada de las obras debe estar equivocada, o que Oxford había escrito un catálogo de obras que de algún modo fueron presentadas una por vez después de su muerte. Pero es difícil explicar La tempestad, que la mayoría de los expertos datan de 1611, y que sin duda se basó en los relatos de un naufragio que ocurrió en 1610, seis años después de la muerte de Oxford.

Las preguntas sin respuesta respecto de Oxford llevaron a los propulsores de la teoría del autor aristocrático a buscar otros candidatos. Uno de ellos es William Stanley, 6º Conde de Derby, que comparte con Shakespeare el primer nombre y las iniciales, por lo que se justifican todos los juegos de palabras con el término “will” en los sonetos, y los poemas firmados W. S. Un relativo recién llegado es sir Henry Neville, propuesto en 2005. Era un político distinguido y muy viajado, pariente lejano de William Shakespeare de Stratford, por lo que ¿quizás usó a su primo campesino como la cara de sus actividades de autor de obras de teatro?

Escritores y miembros de la realeza

Muchos han sido los candidatos literarios propuestos como autores de las obras de Shakespeare. El más destacado es el poeta y escritor teatral Christopher Marlowe. La opinión ortodoxa es que Marlowe murió en una pelea en 1593, a la edad de 29 años. Sus partidarios piensan que su muerte fue fraguada por sus amigos en el gobierno (se cree que era un espía) para protegerlo contra sus enemigos políticos.

Puede ser significativo el hecho de que Shakespeare recién adquirió importancia como autor teatral después de la muerte de Marlowe. Una de las pocas mujeres en la larga lista de posibles Shakespeare es Mary Sidney, Condesa de Pembroke. Poeta exquisita, lideraba una especie de salón literario. El Primer Folio (la primera edición impresa de las obras de Shakespeare) estaba dedicado a sus dos hijos, por lo que ella está conectada a esas obras.

Su símbolo personal era el cisne, y tenía propiedades sobre el río Avon, lo cual podría dar sentido a la descripción de Shakespeare hecha por Ben Jonson como “el dulce cisne de Avon”. Y si Sidney fuera la autora de los sonetos, esto explicaría el tono en apariencia homoerótico de algunos de ellos (pero crearía una cuestión paralela con los sonetos sobre la “dama oscura”). Dos líneas de investigación de miembros de la realeza llevan la credulidad hasta el límite.

En 1995, un artículo de Scientific American propuso que el famoso grabado de Shakespeare realizado por Dreshout, retrato que aparece originalmente en el Primer Folio, tenía una semejanza disimulada con la reina Elizabeth I. De ser así –se ha cuestionado la metodología–, ello sugeriría que la propia Elizabeth sería la autora de las obras, que escribió mientras gobernaba Inglaterra. Un corolario de esta teoría postula que Shakespeare era hijo ilegítimo de Elizabeth. El otro nombre real citado en el debate de autoría es el del sucesor de Elizabeth, James I. De acuerdo con el activista de derechos civiles estadounidense Malcolm X, hay algo extraño en el hecho de que no empleara a William Shakespeare para la versión autorizada de la Biblia. De hecho, nadie duda de que William Shakespeare existiera y durante más de 200 años después de su muerte nadie tuvo la menor duda de que fuera el autor de las obras teatrales. Pero no se sabe mucho sobre su vida, y esta es una de las razones por las cuales prosperan las especulaciones sobre la autoría.

Existe un registro del bautismo de Shakespeare, su testamento, algunas referencias contemporáneas a su trabajo como actor y empresario teatral, unas pocas menciones en documentos legales, y nada más. No hay manuscritos de las obras, y solo un documento de la época establece sin ambigüedades que el actor William Shakespeare también era autor de obras teatrales. Es por esto que la mayoría de los antistratfordianos dependen tanto de las evidencias de los textos, como si la biografía del autor debiera estar en su interior.

Todo en las palabras

Si el análisis exhaustivo de los textos nos dice algo sobre el autor, es que era un hombre conocedor del mundo burgués de la fabricación, en particular del trabajo en cuero (el padre de Shakespeare era fabricante y comerciante de guantes). Las claves no están en el incidente de las obras (que se puede inventar) sino en el lenguaje (que es innato). Las imágenes de las obras sugieren que el autor provenía de la clase media comerciante. También hay figuras retóricas y giros idiomáticos que indican una crianza en el condado de Warwickshire.

Pero al fin, los propios textos son lo que importa: su alcance universal y su profundidad psicológica, la pura e inextinguible riqueza del lenguaje. La relevancia de las obras radica en lo que dicen sobre todos nosotros, no lo que nos dicen sobre un hombre, muerto hace mucho tiempo.

 

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