
Pese a Hallowen, una fiesta anti natura para la cultura europea y española, un año más, miles de ciudadanos en todos los puntos de nuestra geografía, han celebrado una de las fiestas cristianas por excelencia, como es La Festividad de Todos los Santos. En palabras de San Juan Pablo II, es el día para «recordar a todos los millones de justos que fueron sencillos fieles en la tierra y ahora están en el cielo»; se recuerda a los difuntos que «gozan de la vida eterna en la presencia de Dios».
Como su propio nombre lo dice, es un día de fiesta, sin embargo, podían encontrarse actividades laborales ayer. Hipermercados, negocios varios, abrían sus puertas en una jornada que, simplemente, por respeto, debería tener mínima actividad.
Cuando lo material prima sobre lo espiritual; cuando lo económico prima sobre todo lo demás, encontramos situaciones de este tipo. Llega todo a banalizarse tanto que, la propia Hallowen se convierte en una nueva oportunidad de consumo. Los orígenes religiosos se pierden, se esconden y prima el negocio.
La sociedad, tal y como está concebida en estos momentos, tiende al desastre. El rearme moral que muchos están pidiendo para la sociedad de los llamados países más desarrollados “brilla por su ausencia”. Hacen falta modelos de comportamiento para las actuales y nuevas generaciones.
