Estos días, en los cines, podemos ver La Odisea de Nolan. Es decir la visión particular de Nolan del mito de Odiseo (Ulises para los romanos). O como sale en los títulos de crédito, basada en La Odisea de Homero. Ya nos advierte el realizador de moda.
Mucho se ha escrito sobre esta enésima versión del poema épico del ciego Homero. Con Homero nos pasa como con Shakespeare, el bardo de Avon. Los análisis estilísticos nos inducen a pensar que no fue una sola mano la que compuso sus obras. Lo que hace más grande aún a Cervantes.
Es muy difícil, por no decir casi imposible, que con nuestra mentalidad del siglo XXI podamos comprender lo que la Odisea representó para los griegos de hace 29 siglos. Al margen de querer ver en ella un supuesto/posible hecho histórico anterior como la destrucción de una ciudad, Troya. Menos por motivos de amor/odio y más por temas económicos de control de la ruta del Bósforo, aunque en La Iliada sea al revés.
Otro tema es lo que nosotros con nuestro bagaje podamos deducir, analizar, comprender y concluir.
De ahí las numerosas críticas, unas serias y profundas, otras superficiales y ligeras. Técnicamente puede seducir al espectador. Aunque algunos entendidos en cine le encuentran muchas costuras sueltas. Lo mejor pueden ser algunos diálogos que darían para varios programas de cine estudio. Si nos olvidamos del rigor histórico de la ambientación (decorados, vestuario, …) y de la acertada o no elección de ciertos actores y actrices para ciertos papeles, nos encontramos con un moderno Caballo de Troya.
Ya sabemos que Hollywood no es muy fiel a la historia. Lo que se le puede criticar a Nolan es que teniendo un gran presupuesto y todos los medios técnicos nos haya realizado una relectura que reinterpreta el mito bajo su particular prisma anglosajón, protestante y actual. Y nos lo vende como liebre cuando es michino. Justo en un momento en donde, como nos advierte Steven Pinker, la mayoría de las personas leen menos porque prefieren ver y escuchar. Y por tanto, muy pocas personas se acercarán al original de La Odisea de Homero, especialmente en alguna buena traducción y versión comentada, lo que la hace ya más compleja de leer.
La realidad lectora de España es que uno de cada cuatro estudiantes de 15 años no alcanza el umbral que la OCDE considera mínimo para desenvolverse con un texto medianamente complejo. Y que tras la pandemia la caída es generalizada.
Hollywood nos vende una buena película de aventuras y nos cuela su enfoque protestante y postmoderno con un final edulcorado que un griego del siglo VIII a. C. no comprendería. El ostracismo, el exilio, era lo peor.
Es una visión antítesis del azul del mediterráneo y totalmente alejada de su luminosidad y calidez que tan bien reflejó Sorolla en sus cuadros.
Personalmente, veo más en el papel de pragmático y atribulado héroe a Sean Bean, Kirk Douglas e incluso a Ralph Fiennes que a Matt Damon.
Un merito de Nolan es hacernos ver que el romper las reglas con las que nos dotamos minan los cimientos de nuestra sociedad. Algo que muchos espectadores no habrán descubierto, a pesar de la explicación final del amigo de Ben Affleck.
Esa es la tragedia de Odiseo, de ahí su largo viaje de retorno a Itaca, que representa no sólo el hogar y el reposo del guerrero sino también es el símbolo de un mundo y sus reglas que puede ya se hayan quedada anticuadas. Aunque el atribulado héroe y líder nunca pierde su astucia, determinación y fiereza.
Jesús Bodegas Frías, Ldo. en Ciencias Biológicas.

