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“Las palabras no se las lleva el viento”

Estamos estos días oyendo constantemente palabras y más palabras, vacías de sentido, “en una pobreza dialéctica como seña de identidad” de no se sabe qué… y, las palabras son pensamientos, y las palabras proceden y son como los pensamientos, pues ellos son traducidos a emociones y a palabras. Nos guste o no, si éstos -los pensamientos- son tóxicos, las palabras se convierten en pócimas, pero se hacen conductas, “no se las lleva el viento”, el refrán se quedó anticuado y no describe toda la realidad.

El peligro es que nos estamos acostumbrando en general y en la política en particular, a vestir palabras denigrantes, que degradan a quien las pronuncia y a quien las oye, modificando por ser superreplicantes nuestro ADN, pues acaban formando parte de nuestra epigenética, pues van creando un “cuerpo” estéril pero, que procede de un pensamiento más estéril todavía, causando doble daño. Convierten un discurso fatuo, que nada tiene de superficial, sino más bien de reiterativo cuya vacuidad al cabo de tiempo se convierte en una transmisión de creencias que no son ciertas, pues carecen de un pensamiento profundo y con sentido común. Pero la ciencia hoy nos atestigua con números grandes, que cuando la palabra se convierte en un discurso disfraz de una mentira/verdad -superreplicante-, se transmite con tanta facilidad que, hasta los más discretos oradores -sin pensarlo mucho-, están contaminados en muchos de los momentos de su disparatada carrera, discurso tras discurso. (Gilbert, 2011)

En medio de toda esta falacia de palabras –“que no se lleva el viento”-, sobre progreso, ciudadanía, , el bien de la sociedad, igualdad en los desfavorecidos, la libertad ante todo y sobre todo, nos debemos al pueblo, etc… Aunque falsas estas palabras en su contexto práctico, se transmiten con mucha facilidad, y se transmiten una y otra vez, por eso se les denomina superreplicantes; y por qué es así todo este conglomerado de palabras vacías de contenido -aunque sean falsas-, porque aumentan la comunicación en los grupos sociales, nos dan poder y favorecen sociedades estables… ¡Puede parecer terrible, pero ahí estamos todos inmersos en ese juego de transmisión de creencias que no siendo ciertas, las damos como tales!

Los grupos sociales, no sé si lo saben -o aciertan por casualidad- y, por ello acostumbran a repetir y repetir el mismo mensaje ideológico, sin mayor contenido, en cualquier momento, y con cualquier eufemismo que aparentemente lo desvirtúe o lo haga más creíble. Así somos los humanos cuando formamos parte de un gran grupo social. Por eso se hace tan importante leer, criticar, razonar, valorar y tener un pensamiento computacional, que nos haga analizar casi de forma sistemática qué dice sobre lo que escucho, por qué no puede funcionar este discurso, si así fuera qué pasaría en el día a día de nuestro entorno social más próximo si fuera cierto… Hay que explorar toda la casuística que hace que el discurso no te enganche por muy bonito que parezca.

No sé por qué -¡seguro que estoy equivocado!-, pero, de una parte a este tiempo observo la sociedad en la que me muevo, un tanto adormecida, anestesiada, como “si no fuera con ella”, y estamos como embotados; sin embargo cuando hablo con personas de mediana edad, matrimonios jóvenes y muchos más con gente de mi edad, observo el enorme descontento que muestran, la desidia de que no merece la pena casi nada…Y, esto no es bueno en una sociedad que avanza por su trabajo y su bien hacer, logrando -a pesar de las crisis-, un halo de esperanza y de optimismo que depende también mucho nosotros mismos y de nuestra actitud activa, sin echar balones fuera, sino actuando cada uno en nuestro entorno, siendo críticos, leyendo prensa, opiniones y contrastar con otras personas, para crear un juicio crítico donde a pesar de tanta palabrería no nos engañen y sepamos en cada momento dónde estamos y qué es lo que queremos; ¡porque las palabras no se las lleva el viento, ya lo creo que no!

Dr. Emilio Garrido Landívar, Psicólogo clínico y doctor de la Salud, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)

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