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¿Podría desaparecer “el ùnico ploblema entre nosotros”?

“El único problema entre nosotros” es la forma en que durante 1988, en su única visita oficial a España, la recientemente fallecida Isabel II del Reino Unido de la Gran Bretaña, empleó para referirse, sin nombrarlo, al histórico conflicto de Gibraltar.

Desde el abandono por el gobierno británico de la UE se ha especulado mucho sobre la situación de Gibraltar y sus ciudadanos en el seno de la Unión Europea y las repercusiones que se puedan a consecuencia del Brexit. De momento todo ha quedado en un puré de papel mojado con agua de borrajas.

La realidad es muy distinta y no es de hoy. El litigio que, en relación con Gibraltar, enfrenta a España con el Reino Unido se remonta al año 1704, cuando una flota anglo-holandesa ocupó el Peñón en nombre del pretendiente austriaco al trono español. Dicha ocupación fue oficialmente reconocida en el vergonzoso Tratado de Utrecht de 1713 en que la nueva dinastía española, la Casa de Borbón, llegada a España con Felipe V, a fin de poder asentarse en el Trono que legalmente le correspondía en virtud del testamento de Carlos II, cedió a Gran Bretaña, cobardemente y a perpetuidad el territorio ocupado nueve años antes. Pero tampoco nos vamos a escandalizar mucho por el hecho de que, si para el primer Borbón de Francia, París bien valiera una misa, para su descendiente, el primer Borbón de España, nuestra Patria bien valiera unos territorios. El que a los suyos parece…

Desde aquel no tan lejano 1713, las violaciones del Tratado de Utrecht han sido una práctica habitual por parte de los monarcas y súbditos de la Pérfida Albión.

Recordemos algunas de las más fragrantes e ignominiosas.

  • En 1713 el gobernador de Gibraltar ocupó militarmente una torre llamada «Torre del Diablo» y un caserón denominado «El Molino».
  • En 1.730 se inició la construcción de la «Línea de Gibraltar» y Gran Bretaña decidió unilateralmente crear un terreno neutral de 1.450 metros de longitud a todo lo ancho del istmo que ambos países se abstendrían de fortificar aunque no dejaría de ser español.
  • En 1.815, con motivo de una epidemia de fiebre amarilla, el gobernador de Gibraltar pidió la instalación de un campamento sanitario fuera de la plaza, en el llamado «Campo Neutral», siendo autorizada la misma, por razones humanitarias, quedando instalado el mismo en el lugar hoy ocupado por el aeropuerto.
  • En 1854 otra epidemia sirvió nuevamente de pretexto para que los ingleses se adentraran más en el «Campo Neutral» construyendo nuevas chozas y barracones, desatendiendo las protestas de la diplomacia española.
  • En 1.865 a raíz de una Declaración Conjunta anglo-española sobre navegación en aguas del Estrecho, los barcos contrabandistas se sienten protegidos por los cañones de la plaza y por la marina británica, alegando que los apresamientos españoles se producen en aguas inglesas, cuando en Utrecht no se les reconoce ninguna jurisdicción sobre las aguas que circundan el Peñón.
  • En 1.938 Inglaterra aprovechó la guerra civil y la debilidad española para construir un aeródromo en terreno español asegurando que se trataba de un «Emergency Landing Ground». Aunque desde el primer momento funcionó como un aeropuerto cívico militar, cuyas pistas se adentran en el mar ocupando fraudulentamente también parte de las aguas de la Bahía de Algeciras.
  • El 23 de mayo de 1969, entra en vigor la «Constitución Lansdowne» y el 30 de mayo se aprueba en referéndum un Estatuto Autónomo para Gibraltar, mediante el cual se establece un sistema político de la colonia que pasa a la consideración de dominio y se elige como ministro principal de Gibraltar al judío marroquí Josuah Hassan. Con esto el Reino unido se burla, no sólo del Tratado de Utrecht, cuyo artículo 10 prohíbe expresamente la entrada de moros y judíos, sino de las resoluciones 2070, 2231, 2353 y 2429 de la ONU.

Recuérdese que la Asamblea General de la ONU ha aprobado cinco resoluciones sobre Gibraltar: 1ª) Resolución 2070 de 16 de Diciembre de 1965; 2ª) Resolución 2231 de 20 de Diciembre de 1966; 3ª) Resolución 2353 de 17 de Diciembre de 1967; 4ª) Resolucion 2429 de 18 de Diciembre de 1968; y 5ª) Resolución 3286 de 13 de Diciembre de 1974; y en todas ellas se establece que se debe descolonizar Gibraltar, diciendo la Asamblea ciertos aspectos importantes como que es una violación del derecho internacional el referéndum celebrado en Gibraltar en 1967, esta descolonización se debe realizar entre Reino Unido y España.

Más recientemente, el 27 de octubre de 2010, el diputado nacional del Partido Popular José Ignacio Landaluce afirmó que la solución al contencioso sobre Gibraltar compete única y exclusivamente a los dos estados soberanos implicados en el mismo, es decir, España y Reino Unido. Sus palabras fueron: “Esta es la propuesta que siempre ha mantenido el Partido Popular, que no ha cambiado un ápice su política sobre Gibraltar, la misma, por cierto, que ha propuesto el cuarto comité de Naciones Unidas, que en su última reunión instó a ambos gobiernos a alcanzar una “solución definitiva”, una propuesta que se repite año tras año en las resoluciones anuales de la ONU […] La debilidad de un Gobierno como el de José Luis Rodríguez Zapatero es la otra cara de la moneda que está permitiendo los abusos de la colonia, un retroceso en lo que a las relaciones entre ambos gobiernos se refiere si tenemos en cuenta que nunca estuvieron más cerca las posturas entre ambos países que en el año 2002, cuando en Madrid gobernaba José María Aznar y en Londres Tony Blair. Asuntos ajenos a este conflicto llevaron al traste con un acuerdo en ciernes de ser firmado, pero desde entonces las relaciones se han ido deteriorando de manera exponencial”. Podemos hoy añadir que una debilidad de Zapatero muy comparable en todos los aspectos a la de Pedro Sánchez con Marruecos, en su traición al pueblo saharahui

Pasan los años; pasan los siglos; pasan los reyes; pasan los regímenes; pasan los gobiernos, pero hay una cosa que no pasa, la vergüenza nacional de que España sea el único Estado europeo que sufre en su propio suelo una colonización ilegal contra todo derecho. Hoy, José Ignacio Landaluce Calleja pasó también de ser un militante cualquiera del Partido Popular, a desempeñar, entre otros, los cargos de Presidente del Partido Popular de Algeciras, Alcalde de Algeciras, Senador por la provincia de Cádiz y Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado y Vocal del Grupo de Senadores del Partido Popular Andaluz

Es curioso que el Partido Popular, que nos ha conducido a tantas guerras y misiones de paz en el extranjero, por defender o preservar la legalidad internacional y los mandatos de Naciones Unidas, no se aplique con el mismo afán, contra los incumplimientos de los sucesivos gobiernos Su Graciosa Majestad Británica, y no hiciera más aprovechando el  potencial aislamiento entre los britanos y los 27, para que prevalezca legalidad internacional en el conflicto de Gibraltar, que puede ser una de las más envenenada de todas las herencias de España.

Ahora, después de la desaparición de un reinado que ha marcado una era y varias generaciones, se da la conjunción no poco casual de una primera ministra y un monarca nuevos en el Reino Unido. Si los payasos, no importa su filiación, que plagan los dos circos de nuestras Cortes Generales, y en los jefes de los diferentes partidos cupiera presumir un mínimo de habilidad y oportunismo, quizá se pudiera esperar que el que Gibraltar dejara de ser ese problema no fuera una ilusoria petición de peras al olmo. A un olmo como el machadiano seco y en su mitad podrido.

Porque España es una gran Nación, con una historia suficientemente acrisolada y un crédito internacional merecedor de reconocimiento, como para no poder permitirnos ignorar la enseñanza de Marcelino Menéndez y Pelayo: “donde no se conserva piadosamente la herencia del pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual, un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.

PEDRO SÁEZ MARTÍNEZ DE UBAGO, historiador

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