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Capilla Sixtina, calabazas y demonios

El 31 de octubre de 1512 se daban por concluidos los cuatro años que Miguel Ángel había dedicado a pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. El Papa Julio II, acompañado por 17 cardenales, se dirigió a la capilla para el rezo de vísperas en acción de gracias por la finalización de la obra en capilla ya consagrada por Sixto IV en 1483. La ceremonia fue seguida por la celebración de la Santa Misa correspondiente a Víspera de Todos los Santos. Y, en quingentésimo aniversario de esta joya, Benedicto XVI también celebró, salvando las diferencias del novus ordo, la misma misa de víspera. No sin razón, el propio Benedicto XVI había declarado años antes que Halloween «empuja a las nuevas generaciones hacia la magia esotérica y supone un ataque a los valores espirituales sagrados»

¿Por qué se condena así una fiesta que parece tan popular y arraigada en nuestro mundo actual? Bien se puede afirmar que la Capilla Sixtina ha sido y sigue siendo una inmensa catequesis, y como mínimo un referente cultural universal sobre las escenas de la Biblia, e incluso sobre autores paganos que anunciaron el nacimiento de Jesús. Pero examinando exhaustivamente los muchos motivos que decoran las figuras principales, podría afirmarse que veremos una gran cantidad de adornos florales, pero ninguna calabaza.

Con el transcurso del tiempo y el devenir de la cultura, Con el tiempo, cada región del orbe católico ha ido asumiendo esta práctica de honrar y venerar a todos los santos, introduciendo esto en las más diversas manifestaciones culturales profanas, sean folklóricas, gastronómicas o literarias. Sin entrar en pormenores, pensemos en tradiciones tan arraigadas en España como los buñuelos de viento y los huesos de santo o, en diferente ámbito, la representación de Don Juan Tenorio.

Sin embargo, en esto, como en tantas cosas, por desgracia la falta de criterio vinculada con la creciente incultura y asociada con el poder y difusión de la industria cinematográfica norteamericana, nos está llevando a asimilar, por una contagiosa ósmosis mediática y sociológica, la monstruosa celebración del Halloween, donde se olvida a nuestros santos y se profana su memoria con un idólatra festejo de calaveras, calabazas y una creciente chusma disfrazada de los más variopintos personajes de las narraciones góticas, dándose así cumplimiento a lo escrito en Capítulo 32, 17 del Deuteronomio: “Sacrifican a demonios, no a Dios, a dioses que ignoraban, a nuevos, recién llegados, que no veneraron vuestros padres”.

Ahora vemos, en cambio, que, en vez de rezar a todos los santos, dar gracias a Dios por ellos e implorar su intercesión, desde que en los años de 1920 los emigrantes irlandeses exportaran algunas de sus costumbres celtas a los Estados Unidos de Norteamérica, una gran multitud se regodea con una de las modas más tontas, sinsentido, soeces y ofensivas contra las milenaria y hermosa festividad católica de Todos los Santos.

Haciendo historia, veremos que, en el siglo IV antes de Cristo, los celtas ocuparon las islas Británicas, Escandinava y Europa Occidental. Estos celtas eran un conjunto de tribus y pueblos cuyo gobierno estaba controlado por una sociedad de sacerdotes paganos llamados Druidas (satanistas que alababan y servían al dios de la muerte Samhain). Es decir unos sacerdotes satánicos literalmente controlaban la vida de las personas a través de un mecanismo de temor y muerte.

Estos druidas, cada año, en la que es hoy la noche del 31 de octubre, celebraban la noche del Samhain, mejor conocido como el festival de la muerte, que es reconocido actualmente por los satanistas. Sobre ello Antón Lavey, autor de la “Biblia satánica” y gran sacerdote de las iglesias satánicas, dice que existen tres días importantes para los satanistas: su cumpleaños, el 30 de abril y el día mas importante: Halloween. Añade que es en esa noche en la que los poderes satánicos llegan a su nivel máximo, y cualquier brujo u ocultista que haya tenido dificultad con hechizos o maldiciones puede alcanzar éxito en sus conjuros durante esa noche. Hoy, según Antón Lavey, el 31 de octubre es el comienzo de un nuevo año para la brujería.

A esto, que como se ve, hunde sus raíces en algo que trasciende la simple majadería, los católicos de la Iglesia militante (los que procuramos vivir nuestra fe en este mundo) oponemos, el primer día de noviembre la fiestas de Todos los Santos, expresión del regocijo por la gloria de los Santos de la Iglesia triunfante, aquéllos que ya gozan del cielo; y, al día siguiente, la de los fieles difuntos, de oración y sufragio por la Iglesia purgante.

De la fiesta de los Fieles Difuntos, dice el Martirologio Romano: “En este día, la Conmemoración de Todos los Fieles difuntos, nuestra común y piadosa madre la Iglesia, después de haber tratado de honrar con dignos loores a todos los hijos suyos, que tiene ya gozando en el cielo, se esfuerza por ayudar con poderosos sufragios cerca de Cristo, su Esposo y Señor, a todos los que aun gimen en el purgatorio, a fin de que cuanto antes se sumen a la sociedad de los moradores de la Ciudad celestial”.

Es posible que sea en estas dos fiestas, donde la liturgia anuncie de manera más explícita la misteriosa trabazón que estrecha a la Iglesia triunfante con la militante y la purgante; así como donde aparece más claro el doble deber de caridad y de justicia que fluye naturalmente de su misma incorporación al cuerpo místico de Cristo.

Porque, en virtud del dogma de fe de la Comunión de los santos, los méritos y sufragios de los unos vienen a ser también de los demás, en virtud de una comunidad de bienes espirituales; de tal manera que, sin detrimento de los derechos de la divina justicia, que con todo rigor se nos aplican al fin de nuestra vida, la Iglesia puede unir aquí su oración con la del cielo, y suplir por lo que falta a las almas del Purgatorio, ofreciendo a Dios por ellas, mediante la Santa Misa, las Indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo y de sus místicos miembros. De ahí que la liturgia ha sido siempre, el medio empleado por la Iglesia para practicar con los Fieles Difuntos el deber de la caridad, que nos manda atender a las necesidades del prójimo cual si fueran propias nuestras, en virtud siempre de ese lazo sobrenatural y apretadísimo, que une en Jesús al Cielo con la Tierra y el Purgatorio.

La celebración de la santa misa, sacrificio del Calvario renovado incruentamente, es para la Iglesia el medio principal de cumplir este doble deber con los difuntos. Por eso, desde muy temprano, en torno a principios del siglo V, encontramos misas de difuntos. Pero fue San Odilón, cuarto abad de Cluny, quien instituyó en el año 998 la conmemoración general de los fieles difuntos al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos. Costumbre que muy pronto traspasó los límites abaciales, para extenderse, como la seguimos celebrando hoy, a la Iglesia Universal.

La importancia que la Iglesia da a esta fiesta, se manifiesta en el privilegio que Benedicto XIV (1740 – 1758) concedió a España y Portugal y sus posesiones de la América del Sur, facultando a sus sacerdotes para celebrar –como en el día de Navidad- tres misas con las que multiplicaban las gracias para liberar las almas del Purgatorio. Este privilegio, posteriormente, y con motivo de los innumerables muertos de la Primera Guerra Mundial, lo extendería Benedicto XV (1914 -1922) a los sacerdotes del mundo entero, lucrando así, con más ofrendas del sacrificio de Cristo, frutos infinitos de redención para los difuntos.

Por eso, ante tanta zafiedad actual, sin trucos ni tratos posibles, ni calabazas tan huecas como muchas cabezas, que ni la luz tienen de las velitas, hay que recordar las palabras de San Pablo en Corintios I,X, 19-21, en cuyo versículo 20 se dice “Lo que inmolan los gentiles lo inmolan a los demonios y no a Dios” , y quizá retrotraernos a 1953, mirando en concreto hacia esa obra maestra García Berlanga y del cine español que es Bienvenido, Mister Marshall, y preguntarse con el noble don Luis “¿Quiénes son esos americanos?”; para acto seguido, responderse con las palabras de don Cosme: “Los Estados Unidos son los mayores productores de pecados con millones de toneladas anuales […] Hay 49 millones de protestantes, cuatrocientos mil indios, doscientos mil chinos, cinco millones de judíos, trece millones de negros y diez millones de… ¡NADA!”. Millones de eso, de nada y de donnadies a cuyo ejemplo, ahora, parecemos pretender anonadarnos o idiotizarnos.

Y, sin trucos ni tratos, volver contra ellos la verdad y riqueza de la Historia y la literatura y hacer nuestras las palabras de María Vallejo-Nájera, en Cielo e Infierno: Verdades de Dios, en lo que podemos considerar sintonía o comunión con Pío XII, cuando enseña que «El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado«; y con Juan Pablo II cuando dice que el hombre contemporáneo vive «bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia«- da a entender que quizás el gran triunfo del demonio en nuestros días sea que el mundo crea que no existe. Ésa es su mayor trampa. Hoy a muchas personas, a muchos jóvenes, incluso a muchos sacerdotes, les cuesta creer en la existencia del demonio; pero es un ser real y no conviene bromear, tomarlo a la ligera ni hacer con él calaveradas, como esta del Halloween en la, más que honrar a todos los santos, se honra a todos los demonios.

Ante esta invasión de fantasmagóricas y demoniacas calabazas, concluyamos con una reflexión. Recordemos que, según el DRAE, “salir uno calabazas” es una expresión aplicada a quien no se corresponde con el buen concepto formado de él. Conviene que la sociedad de la actual España, no ya laica, sino laicista o, incluso, antitea, reflexione sobre su historia y sobre su cultura y, ante las grotescas calabazas, naturales o artificiales, evoque el sentido peyorativo que, en la lengua española, han solido tener los giros idiomáticos, como “beber de calabaza”, “dar calabazas”, “echar en calabaza”, “nadar sin calabazas”… compuestos con la cucurbitácea, para no acabar sacando una calabaza en el examen de nuestra vida moderna, ni saliendo calabazas para el mundo.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, historiador

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