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Los últimos días de enero

Hace cuarenta años, concretamente el 29 de enero, el presidente del gobierno, Adolfo Suárez estaba más sólo que Gary Cooper en la película de Fred Zinnemann. UCD era un partido cajón de sastre en donde estaban desde la socialdemocracia (Francisco Fernández Ordóñez), la democracia cristiana (Joaquín Ruiz-Giménez), liberales (Garrigues Walker), conservadores (Herrero de Miñón) y exministros de la dictadura (Fraga Iribarne). Unido a la crisis económica y social estaba el difícil encaje de bolillos de las distintas “familias” del partido, en donde algunas maniobraban para de acoso y derribo del presidente. También se sumaba que ciertos sectores nostálgicos del antiguo régimen dictatorial no le perdonaban que hubiera legalizado al partido comunista. Además, estaba el interés del, por entonces, bicéfalo PSOE (Felipe González y Alfonso Guerra) por conseguir el trofeo del derribo del presidente, como gran paso a la futura presidencia de un gobierno de izquierda; y como colofón, 1980 fue el año más sangriento de ETA, con 200 atentados y 95 asesinatos, inalterable a su lema de cuanto peor, mejor.

Todo este cóctel, culminó con la guinda del nulo apoyo del rey emérito, probablemente por celos sobre quien sería el artífice histórico de la transición, cuando Suárez fue a comunicarle su decisión de dimitir.

Lo que le reafirmó en lo que dijo en su discurso de dimisión “la continuidad de una obra exige un cambio de personas… Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la Historia de España”. “He decidido no ser un obstáculo”. Esta frase no se recuerda, pero es más importante que la del famoso “puedo prometer y prometo” o la machadiana “Hoy es siempre todavía”. Con el paso del tiempo el recuerdo del Presidente, si con mayúscula, Suárez se engrandece. Supo y tuvo el valor de dimitir a tiempo y legarnos un ejemplo moral.

Cuarenta años después, quienes estamos solos ante el gobierno, o debiera decir mejor el desgobierno de las cobernanzas, somo los 47 millones de españolitos. Esa España que madruga para levantar la persiana, si le dejan los ERTES, ERES, e infinidad de continuas y cambiantes restricciones. Esos que como dice mi amigo Iker, en su muro de una conocida red social, no somos “youtuber, gamer, influencer, tiktoker, instagramer, sino que debemos ser de los pocos trabajadorer pringader y antes de eso, estudianter”.

Pero de los de antes, no como el universitario que se ha permitido pedirle a su profesor, que le diga lo que puede entrar en el examen para centrarse en estudiar esos temas. No sé cómo no le han echado ya de la universidad, y de por vida. ¿Y estos, son los que presumen de ser la generación mejor preparada y tienen que cotizar para pagar nuestras pensiones? El único consuelo es que espero que no haya muchos de estos neo-universitariers.

Desde el 16 de diciembre, nuestro presidente, con minúscula, Sánchez, que tanto gusto le cogió a las ruedas de prensa semanales, cuando tenía al público cautivo, no da la cara. La tercera ola nos ha barrido, según el Lowy Institute de Australia tras analizar las gestiones de 98 países de todo el mundo España ocupa la posición 78, y esto antes de conocer que 700 personas se han saltado la cola de la vacunación. Eso sí, podremos recurrir a la eutanasia antes de tiempo, gracias a su tramitación exprés. Lo aparente, antes que lo importante, y que lo urgente.

Mientras el Dr. Sánchez en vez de ser cauto y prudente como Rajoy que no fue a Davos, va y hace el ridículo presentando su plan de reformas como el nuevo contrato social. Y es que como dice Rosa Díez es un golfo, para unos, guapo y para otros, renacido, pero siempre muy golfo, de costumbres poco formales.

El vicepresidente que se encarga de los asuntos sociales, tras un tiempo también en silencio, sale de su retiro de Galapagar pero no para visitar las residencias de ancianos y preocuparse por su vacunación o agilizar los cobros de ERTES y ayudas a sectores en estado de ruina, sino para hablarnos de los exiliados y compararlos con Puigdemont; hasta los tranquilos y callados descendientes de Azaña y Chaves Nogales han tenido que recriminarle semejante ligereza, indigna de un profesor universitario de ciencias políticas.

Ya, ha hecho un año del primer caso de Covid, que iba ser casi único, llevamos cerca de 60.000 muertos oficiales y más 80.000 extraoficiales. Las UCI siguen saturadas y la atención primaria es mayoritariamente telefónica. Menos mal que la gripe no ha querido venir este año.

Los últimos días de enero son tristes, en los valles donde el gris de las sucesivas borrascas acompaña al silencio, que se ha impuesto al tintinear de los cencerros de los joaldunak, que anunciaban el carnaval. Este año, el bandido Miel Otxin no será ajusticiado en la plaza de Lanz. El conocido zortziko no sonará, ni se bailará. La contagiosa alegría de los txatxos se ha congelado entre las brumas y nieves, de nuestros verdes y frondosos montes.

El indulto por la crisis sanitaria del bandido puede ser una premonición de otros. El año avanza y febrero, este 2021, es mes de controvertidas y pandémicas elecciones catalanas. Y aniversario del famoso “Tranquil Jordi, ¡Tranquil!”.

Jesús Bodegas Frías, licenciado en Ciencias Biológicas

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