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Crónica de una ola anunciada

Como en la novela del premio Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, empezamos sabiendo que esto iba a ocurrir. Ya los modelos matemáticos en primavera nos advertían que un confinamiento como el que tuvimos se repetiría en cada cierto tiempo, pues sufriríamos sucesivos brotes u olas de la enfermedad.

A estas alturas de la pandemia, uno ya hasta puede dar un pase a que el tsunami vírico de primavera nos golpease como lo hizo. A pesar de los errores de bulto cometidos, muy poco sabíamos a lo que nos enfrentábamos.

Lo que es más difícil de justificar es que no hayamos aprendido nada de los no sanfermines, no verano, no fiestas y arranque de curso y “nueva normalidad” (léase con toda la ironía posible), que nos abocaron a la segunda ola, más prolongada y tendida en el tiempo. No nos hemos recuperado y ya estamos doblegando la curva, o mejor dicho está nos doblega a nosotros y nos obliga a iniciar la cabalgada de la tercera ola.

Mis compañeros de estudios expertos en microbiología y virología vienen avisando de que extrememos las precauciones y seamos cautos ante el triduo festivo de Navidad, Año Nuevo y Reyes. Pero recuerdan a los profetas del antiguo testamento que clamaban en el desierto. Desierto no como biotopo sino como metáfora literaria de la presencia del silencio. Esta ausencia de sonido en nuestra ruidosa sociedad se produce por los oídos sordos de gran parte de nosotros y que se amplifica por la multitud de normas que nuestros políticos nacionales, autonómicos y locales que unas veces lanzan para ver como son acogidas por la sociedad, otras dictan, provocando contradicciones entre unas y otras, que hacen que hasta los convecinos más dóciles y obedientes les manden a freír espárragos. Sobre todo, cuando los políticos son los primeros en no cumplir con el ejemplo y en readaptar la normativa para sus comidas y fiestas.

El gato no se escalda en agua ajena, y lo acontecido al otro lado del charco tras su Acción de Gracias es el preludio de lo que viene.

El ser humano no aprende ni con sus propios y repetidos errores, estaba más que cantado que el gordo de la lotería de Navidad que en enero tendríamos una nueva tercera ola, con una pedrea muy repartida. No sé cómo o con qué premiaremos y reconoceremos tras ella a los sufridos cuidadores y profesionales esenciales, los aplausos y los premios de nada sirven, si seguimos sin hacer caso, acabaran hartándose de nosotros y cribando en función de si cumplimos o no las indicaciones y recomendaciones que nos dan.

Tampoco como haremos para evitar el cierre de más empresas y negocios. Nuestro gobierno en la vertiente económica lo fía a los fondos europeos y a sus amañados presupuestos con 27.000 millones que aún no se han recibido. Engañarse al solitario no sirve para nada. Pero me temo que veremos pasar el coche oficial como en la película de Berlanga mientras Pedro, desde su plasma y con mejor traje que José Isbert, menos gracia y dicción melifluamente engolada de locutor, nos destrozará el famoso monólogo del gran actor de carrasposa voz.

En la vertiente sanitaria Illa y su ahora existente cuadrilla de expertos asesores lo fían no a la vacuna sino a las vacunas en plural. Como ya disponemos de un plan detallado y firmados contratos de abastecimiento con varias farmacéuticas, es el mejor momento (otra ironía) para irse a hacer campaña electoral. Lo urgente e importante no es salvar vidas y evitar contagios es ganar las elecciones en Cataluña. Luego ya nos preocuparemos de la cuarta y quinta olas.

Para el verano con sus beneficiosos rayos ultravioleta que atontan al virus, y si la distribución lo permite algunos ya tendremos inmunidad de grupo, otros la tendrán de rebaño, acémilas lo serán ellos. No entiendo porque adaptamos traducciones literales del inglés.

Sin embargo, lo que preocupante es que la pandemia, por definición es mundial, hay muchos países que no pueden pagar una vacuna y que logísticamente los más de 7.000 millones de habitantes no podrán ser vacunados inmediatamente con lo que una vez más se producirá una nueva brecha de desigualdad y las mareantes y gélidas cifras estadísticas de afectados sanitaria y económicamente por las sucesivas olas seguirán aumentando.

Curiosamente el color del año 2021 es el “Cool Grey”, el gris guay. Compro lo de gris, pero lo de guay habrá que esperar hasta otoño para saber si es así. No hemos terminado la primera semana del año, y la cuesta de enero se asemeja a la etapa reina, la nieve nos cubre con su frío manto y quedan 51 semanas más. Por cierto, la escalera sanferminera va camino de seguir sumando nuevos tramos. Los dos patitos serán el objetivo.

Jesús Bodegas Frías, licenciado en Ciencias Biológicas

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