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Los totalitarismos de aquí, y los 30 años de la caída del muro

Hoy se celebra en Berlín (y en Madrid y en muchos sitios) el aniversario de la caída del muro de Berlín, el principio del desplome visible del imperio soviético. Un imperio que ha marcado y marca al mundo, generalmente para mal, y que sigue generando controversia.

Aún esta semana, en una carpa informativa electoral, podíamos encontrar un estalinista defendiendo la tesis de que “el comunismo no se ha implantado de verdad nunca” y que tras Stalin se dejó de intentar. La justificación ideológica del totalitarismo soviético, esa utopía de superación de la naturaleza humana a base de imposición violenta, sigue tentando a muchos que no quieren mirar de cerca lo que significa. No es que “el comunismo nunca se haya puesto en práctica”, es que es incompatible con la realidad. Y con la libertad y la vida, de hecho. La Unión Soviética no es el único ejemplo de esa utopía contrahecha. Ni la única utopía contrahecha que ha dejado sus cicatrices en la Historia.

Pero la utopía no desaparece. La tentación de simplificar el mundo y la naturaleza humana, de dejarse de “medias tintas” y de respetos para ideas que no nos gustan, de barrer límites que estorban a la construcción de esa visión de un mundo ideal… sigue ahí. Y no sólo en Cuba, China, Korea, Siria, Venezuela o Arabia Saudí, por poner los ejemplos menos controvertidos. Sigue ahí, en los idearios y acciones de muchos que viven en democracias.

La Unión Europea condenó hace pocas semanas los totalitarismos, tanto el estalinista como el nazi, con palabras que reflejan hasta qué punto la utopía que busquen no es lo importante. Lo grave son los caminos que algunos están dispuestos a seguir y las acciones que están dispuestos a realizar, apoyar o tolerar para llegar a ese destino imposible.

Hoy, en la Unión Europea, hay partidos que pretenden mejorar su país acercándose al totalitarismo. Eliminando la independencia de los jueces y los fiscales, por ejemplo, y su capacidad de poner coto al gobierno y a las leyes. Acabando con la independencia de la prensa y su capacidad de alertar de abusos y corrupción. Poniendo la educación al servicio de la ideología gobernante para convertirla en ideología de estado. Domesticando a los funcionarios mediante nombramientos partidistas para acabar con su neutralidad. Dando carta blanca a los violentos para expulsar de las calles a la oposición y acogotarles en casa. Señalando legalmente a los que no se declaran afectos al régimen, para reducir sus derechos.

Sí, es cierto que Polonia y Hungría han dado pasos en varias de esas direcciones, y otros lo han intentado. La Unión Europea y sus propios ciudadanos hacen lo que pueden por limitarlo, y parece que la batalla contra estos nuevos autoritarios aún no se ha perdido.

Pero lo que me preocupa es lo que tenemos en casa. En partidos que han creado un oligopolio mediático al servicio del poder del momento (y del bipartidismo en general), y de regiones en las que la “esfera informativa” está en manos de una ideología concreta y financiada por el gobierno regional, como el País Vasco y Cataluña.

Me preocupa que el estatuto de Cataluña pretendiera poner a los jueces bajo la autoridad de la Generalitat, y que esa idea vuelva a estar sobre la mesa (cuando aún no se ha conseguido asegurar la independencia judicial a nivel nacional). Me preocupa que la “ley de transición” de Puigdemont, su proyecto de constitución, fuera aún más totalitaria y eso no alarme a sus seguidores. Me preocupa que más de 200 jueces hayan salido de Cataluña y que allí se les acose.

Me preocupa que se normalice la violencia política grave, como son las algaradas nacionalistas de estas semanas, con cortes de carreteras y ataques a la policía. O el apoyo moral a los asesinatos políticos, como con los homenajes de los batasunos a los asesinos etarras. O la comprensión hacia boicots a mítines, o a las agresiones a políticas embarazadas, o a la vilificación de las fuerzas del orden. Me preocupa que un partido como el PSOE de Andalucía llegue a movilizar la calle para protestar por el resultado de unas elecciones.

Me preocupa que seamos uno de los países de Europa donde los nombramientos de la administración más dependen de los políticos, y que eso no desemboque sólo en corrupción e ineficacia sino en abusos como los que comete el Departamento de Asuntos Internos de los Mossos de Esquadra contra los funcionarios policiales que disienten.

Me preocupan las leyes vasca y navarra sobre “abusos policiales” y su intento de pasar por encima del sistema judicial para dar derechos y repartir condenas. Me preocupan las palabras de Pedro Sánchez sobre ilegalizar opiniones que no le gustan. Me preocupa el proyecto de estatuto vasco, con su idea de un “carnet de ciudadano” que diferencie legalmente entre los que apoyan el proyecto nacionalista y el resto del mundo.

Nos creemos que el totalitarismo aparece de repente. Pero sólo es el punto de destino al que llevan políticas liberticidas y autoritarias como las descritas. Ahí está Venezuela para recordarnos que no es imposible.

Durante siglos hemos aprendido cómo poner barreras para evitar los abusos que nos aplastarían en nombre de cualquiera de las muchas utopías que los humanos somos capaces de imaginar (económicas, dinásticas, nacionales, raciales, culturales). Hoy más que nunca deberíamos recordar la importancia que tienen y el horror que hay al otro lado, si nos olvidamos de defenderlas.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista y presidente de Asociación y Peña Pompaelo.

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