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El discurso del Rey

Desde los más clásicos a los más actuales tratados de retórica –una ciencia ya casi arrinconada por una población cada vez más inculta, en buena medida por culpa de unos gobiernos que, gradual y paulatinamente van marginando las humanidades en las distintas legislaciones sobre la educación- ha habido un sistema de virtudes y de vicios que hoy llamaríamos cualidades y defectos del discurso, que establecen o, más propiamente, recomiendan, toda una serie de normas y cuestiones que deben ser tenidas en cuenta por el autor u orador –la moderna teoría de la comunicación habla del emisor- tanto desde el punto de vista estético como de la eficacia, para dotar al mensaje de eso que los estudiantes temen tanto hoy cuando han de hacer el comentario de texto del examen de selectividad: adecuación, coherencia y cohesión, para que el interlocutor o destinatario del mensaje –según la teoría de la comunicación, el receptor- lo reciban con claridad, sin ambigüedades y lo aprecien en toda su plenitud y enjundia.

Entre estas virtudes o cualidades, los retóricos establecen como principal el aptum o decorum, gracias a la cual el orador vela por la adecuación de todos los elementos de la expresión y de la situación de una manera equilibrada, tomando en consideración el asunto, la expresión, el público y la situación en sus múltiples aspectos, a fin de armonizarlos debidamente.

Se habla, igualmente de un “aptum interno” o relación de las partes del discurso entre sí, que empezaría con un adecuado enjuiciamiento del tema del discurso, seguiría por la debida expresión de las ideas, y terminaría con su exposición conveniente; y del “aptum externo”, que concierne a las circunstancias extralingüísticas, que obligan al emisor (autor u orador) a tener en cuenta el lugar y el momento del discurso, tanto como el público a quien va destinado.

Lo anterior se resume en que no es lo mismo ni por consiguiente debe obrar de igual manera, aunque se trate de hablar de lo mismo y transmitir las mismas ideas, cuando una misma persona se dirige desde un estrado a un claustro académico, que desde una tribuna del ámbito forense a una selecta concurrencia, que cuando se habla para un público indefinido, de todas las capas y espectros sociales, culturales y lingüísticos.

Todos sabemos que el “lenguaje político-diplomático” tiene su complejidad y exigencias definidos  por tres variables: la temática, los usuarios y las situaciones de comunicación. No es fácil atribuir unos contenidos específicos a los asuntos tratados en las alocuciones políticas o diplomáticas; ni existe un vocabulario político a priori, es decir, cualquier palabra usada en una comunicación política puede adquirir este rango; ni es tampoco un lenguaje especial, en el sentido de jergal, aunque algunos términos puedan ser exclusivos de determinado grupo o institución; ni es tampoco un lenguaje técnico formado por un conjunto orgánico de términos unívocos, como pueda serlo el lenguaje de los médicos.

Si alguien se pregunta, a qué viene todo esto, deseo aclarar que lo digo porque intento justificar y, en la medida de lo posible comprender, los motivos que ayer a la noche llevaron al Rey de España, don Felipe VI, a dirigirse a toda la Nación, en un discurso desde su despacho, que muchos aguardaban con sincera expectación y confianza de que el Rey, el árbitro y moderador por antonomasia, pero también el Jefe del Estado, en cuyo nombre se administra la Justicia, y, por qué ignorarlo, el Comandante en Jefe de nuestras Fuerzas Armadas, de una vez por todas, dejara claro y sentado el problema que, de unos años a esta parte, viene suponiendo la actitud traidora de toda una serie de políticos catalanes, cuyo mensaje sececionista, a través de medios como la coacción, el abuso de autoridad, la manipulación de los medios de comunicación y los centros de enseñanza, todo ello, gracias a que pueden sustentarlo con el dinero de todos los españoles que les es asignado por los Presupuestos Generales del Estado, va calando cada vez más hondamente en la sociedad catalana.

Pero sabido es y pautado está que en España, en nuestra democracia, los discursos de la Corona ocupan un lugar ambiguo y, hasta cierto punto, extraño. El Monarca tiene autonomía para redactarlos, pero el Gobierno los supervisa y, se supone, los aprueba.

Ayer el Rey constitucional de España habló yo hizo solemnemente y desde su despacho –como sólo suele hacerlo, ordinariamente en los mensajes navideños- y extraordinariamente, que uno recuerde el día del atentado del 11 de marzo de 2004 o la noche del 23 de febrero de 1981. Esos dos antecedentes dan la medida de esta comparecencia excepcional de don Felipe VI, un Jefe del Estado que dicen que se ha ganado la legitimidad de ejercicio y el respeto de la sociedad  a fuerza de respetar estrictamente el papel representativo que le atribuye la Constitución, es decir: dejar hacer y dejar pasar sin entrometerse a los políticos. Y sólo se siente que a alguno de ellos hay que sacarle las castañas del fuego, se le permite, mediante discursos si no escritos, por lo menos supervisados con el Vº Bº del Gobierno, adopta una posición contundente y expresarla  solemnemente. Éste es el papelón que nuestra legislación depara al Monarca y que don Felipe VI parece dominar también, como Fernando Fernán Gómez dominaba el de don Mendo.

Sin embargo, los seis minutos y algunos segundos que duró el mensaje del Rey a todos los españoles, nos decepcionó a más de uno, que, por lo extraordinario del caso, esperábamos más, y sólo, recibimos seis minutos de un frío y distante mensaje, sin emociones manifiestas, sin energía aparente, en el que, pese a lo extraordinario, los ciudadanos no versados en las sutilezas del lenguaje político y diplomático, percibimos más de lo mismo, oímos lo que ya es ordinario, y no hayamos otra cosa que una nueva institución, la Corona, entrando al trapo del más de lo mismo.

Los ciudadanos, en la inmensa mayoría, somos lo que puede llamarse ingenuos del lenguaje político y diplomático. No sabemos apreciar sus sutilezas como los analistas profesionales. No estamos preparados para valorar silencios…

Es decir, quizá hemos tardado en percibir que el Rey haya dicho basta a los separatistas al hablar de cosas como deslealtad inadmisible, quebranto de la democracia, socavamiento de la convivencia, fractura social y emocional y apropiación ilícita de las instituciones, o al recordar que esas autoridades representan al Estado en Cataluña, por lo que su actitud niega su legitimidad para seguir ejerciendo legítimamente el poder que recibieron del mismo Estado.

Quizá hemos tardado, también, en comprender que Felipe VI ha podido dar su espaldarazo al Gobierno y las Cortes para que, de una vez por todas asuman y ejerzan sus responsabilidades. Al decir “Es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de derecho y el autogobierno de Cataluña”, cabe que el Jefe del Estado estuviera marcando a gobernantes, parlamentarios y jueces, que la Constitución tiene artículos como el tan aludido 155 o el siempre marginado 8.

Y no es menos cierto que a más de uno habrán tenido que traducir el significado de lo que el Rey no dijo o no quiso decir, cuando en su discurso no aparecen términos como “diálogo”, “negociación”, “pacto” y otras palabras de su campo léxico o  semántico.

Pero, si con esto, con esta suave y e indefinida ambigüedad, el Jefe del Estado, el Comandante de las Fuerzas Armadas, ha dicho basta ya o ha dado un puñetazo en la mesa, muchos no lo hemos percibido, como sí percibimos en su momento, por poner un ejemplo, el histórico “¿Por qué no te callas?” que dirigió su padre a Hugo Chávez.

He empezado hablando de retórica y quizá estoy contradiciendo a Quintiliano, cuando, en De Institutione oratoria, aconseja: “debemos ser modestos y circunspectos en nuestros juicios acerca de tan eminentes hombres, para no caer en el común error de condenar aquello que no entendemos”.  Pero ya no vivimos en los tiempos de los romanos. Los tiempos cambian y hoy no es mucho exigir que quien nos reina o nos gobierna nos hable de forma clara e ininteligible para todos y no sólo a una minoría de iniciados. Ya terminó, también, el borbónico despotismo ilustrado” de todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Y, fuere como fuere, se mire como se mire, pese a quien pese, lo cierto es al discurso Su Majestad Católica, al menos de cara al común de los ciudadanos, a esa inmensa mayoría a quienes nos llaman anónimos, pero, en último término constituimos el grueso de los contribuyentes y votantes, le faltó garra y energía y le sobró frialdad y distancia.

Pedro Saez de Ubago

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