El significado de una palabra puede variar de acuerdo con el contexto en que aparezca: es lo mismo “un tiempo” referido a la meteorología que a que a la historia. Algo similar ocurre con el plural que, con frecuencia, en nuestra gramática no indica sólo número sino que puede tener un valor semántico. Así gozando de un buen tiempo se puede sufrir malos tiempos. Y lo mismo puede decirse del clima. En Pamplona y Navarra podemos ver esta temporada que, aunque gozamos de un buen tiempo o clima, ni nuestra situación socioeconómica vive sus mejores tiempos ni puede ser peor el clima o ambiente que padecemos en nuestra política.
No es mi intención hablar de lo malos que corren los tiempos, ni del mal ambiente o clima que impera en nuestra actual sociedad, de lo que ya me he ocupado en artículos anteriores y, por desgracia, considero que volveré a tratar en ulteriores, y la manifestación festiva convocada para el 3 de junio en defensa de nuestros símbolos podría ser un buen motivo.
Mi idea al sentarme a redactar estas líneas es centrarme en lo loco o cambiante de nuestro tiempo meteorológico, algo nada inusual en este rincón de España, sobre lo que no faltan alusiones ni en el refranero ni en la literatura.
Un chascarrillo sobre Pamplona dice que nuestras cuatro estaciones son el invierno, el verano y las de RENFE y Autobuses. Y no le falta razón. Yo mismo soy testigo del día de mi comunión, un 4 de mayo, soportando una nevada con mi traje corto de marinero. Sin embargo, no faltan días suaves, primaverales, solados y joviales que invitan al paseo, esparcimiento y llenan las calles y terrazas de nuestras ciudades. Tal son, aunque hoy y mañana y a decir de los satélites podamos verlos aguados por algún chubasco, los días que estamos viviendo, que ya van preludiando nuestro verano.
Otro chascarrillo, más alusivo al estío dice que al pamplonés se le conoce en una playa nudista porque es el que lleva la rebeca para cuando refresque. Yendo a otros pueblos, José María Iribarren y Ricardo Ollaquindia recogen en el Refranero navarro dichos como este de Torres del Río: “Entre Marcos, Marquetes y Pedretes, cortan las uvas sin corquetes, en alusión a la heladas que suelen producirse entre el 25 de abril (San Marcos) y el 29 de junio (San Pedro); o este ya más general “DesdeTodos Santos a la Ascención no te quites el ropón”, que bien puede tener su equivalente en el castellano “Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”. Refrán de tradición oral que tiene su primera referencia escrita en una poesía de Rodríguez Marón, publicada en el año 1896, en que leemos: “Hasta el cuarenta de mayo/ no te quites el sayo;/ Y si vuelve a llover,/ vuélvetelo a poner”; y, cosa de un siglo más tarde escribiría Joan Gomis: “Hasta cuarenta de mayo/ no te quites el sayo;/ y si el tiempo es importuno,/ hasta el cuarenta de junio“. Ya se ve que, aunque corran malos tiempos y en unos sitios pueda tardar más que en otros, vuelve a lucir la primavera y el sol sale tras la tormenta. Al menos, gracias a Pandora, la esperanza es lo último que se pierde.
Yo he aventurado muchas veces mi personal teoría de que Pamplona está mal puesta, ubicada o emplazada. Teoría que nuestros reyes no dejan de respaldar. Pamplona, sin entrar en grandes digresiones de historia, la fundó Pompeyo, como campamento de invierno para sus legiones entre los años 75 y 74 antes de Cristo. Es decir, el fundador de la hoy Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona, cabeza del Viejo Reyno y, a decir de la antigua cartografía militar “plaza fuerte y antemural de las Españas” escogió un asentamiento provisional, por un interés estratégico y en unas circunstancias muy concretas. La razón de que haya continuado la capitalidad, muy probablemente, hasta Carlos III y el Privilegio de la Unión, no deja de ser un misterio, aunque podría vincularse a la cristianización y la ubicación de su catedral sobre el foro de aquel bimilenario castro romano.
Pero, si nos fijamos bien, un día en que Pamplona está encapotada, subimos a San Cristóbal y ya vemos el sol, lo mismo que mejora el tiempo en cuanto pasamos Carrascal, el Perdón e incluso Loiti ¿Por qué será? Sólo es un interrogante.
Lo que sí es un hecho es que nuestros reyes tuvieron sus palacios y castillos en Olite, Ujué, Estella, Tudela, Sangüesa, Leyre y otros lugares navarros, pero nunca tuvieron residencia propia en Pamplona, donde usaban compartir el antiguo palacio episcopal, luego sede de Capitanía General y hoy flamante edificio del Archivo General y Real que celosamente custodia nuestra Historia.
Mención a especial merece la obra de teatro EL CLIMA DE PAMPLONA Juguete cómico en tres actos y en prosa. Original de Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, estrenada en Madrid en 1920. Una de las pocas incursiones del genial Muñoz Seca en el teatro del absurdo y que, con la gracia de este inestimable portuense, veraneante asiduo de San Sebastián, alude directamente a lo imprevisible de nuestro clima.
Volviendo al refranero navarro, en San Martín de Unx existe el dicho “nieblas en la sierra, coge la alforja y vete al campo” en alusión a que aunque las nubes presagien tormenta, no siempre acaece ésta. Y ya más general es “mañana de niebla tarde de paseo”.
No diré más, porque visto lo anterior, a los navarros sólo nos cabe disfrutar lo posible de este tiempo y esperar, no sin rezar en su mes a nuestras muchas advocaciones marianas, como al agua de mayo que cambien los tiempos.
Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista
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