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La rebelión de los deplorables

Todos ustedes recordarán el episodio. Fue durante la campaña de las elecciones autonómicas andaluzas, en marzo de 2015. Rafael Hernando, del Partido Popular, llamó despectivamente a Albert Rivera «naranjito» durante una entrevista en la radio. Inmediatamente, los dirigentes y simpatizantes de Ciudadanos se agarraron al nombre y se dedicaron a amplificar la noticia en las redes con la frase «Yo soy naranjito», que llegó a ser en Twitter trending topic (es decir, tema de moda) a nivel mundial.

Fue un bonito ejemplo de cómo las gracietas y las descalificaciones burdas se pueden volver contra quien las profiere. Probablemente aquella elegante respuesta a la descalificación de Rafael Hernando contribuyera al buen resultado que Ciudadanos tuvo en aquellas elecciones autonómicas.

Durante las elecciones presidenciales americanas se vivió un episodio bastante parecido. En una desafortunada intervención, a Hillary Clinton no se le ocurrió otra cosa que insultar a los votantes de Donald Trump, diciendo que todos ellos eran «un hatajo de deplorables». Donald Trump saltó inmediatamente sobre esa descalificación, y en su siguiente mitin apareció en el escenario con un inmenso cartelón que decía «Les deplorables», mientras por la megafonía atronaba el himno de la película Los miserables. E inició su intervención diciendo «¡Gracias por venir a todos los deplorables!». A partir de aquel momento, las redes se llenaron de partidarios de Donald Trump que cambiaron su nombre de Twitter o Facebook por el de «Deplorable Jane» o «Deplorable Eliza» o «Deplorable Mike». Lejos de ofenderse, lo que hicieron Donald Trump y sus seguidores fue agarrarse al insulto y exhibirlo como bandera, volviendo así la jugada en contra de Hillary Clinton. Aquel patinazo de la candidata demócrata (¿pero a quién se le ocurre insultar a los votantes del rival?) contribuyó a reforzar la idea de «nosotros contra la casta» en que Donald Trump había basado desde el principio su discurso, y probablemente contribuyera a la victoria final del candidato republicano.

Las contiendas electorales son un juego donde los sentimientos desempeñan un papel enorme, mayor que el de las argumentaciones racionales. Salvo en los casos más extremos de demagogia, la argumentación racional juega también su papel, pero al final el elector toma sus decisiones basándose fundamentalmente en las filias, las fobias, los miedos, los resentimientos, las ilusiones y las esperanzas. Nos guste o no, la argumentación racional es solo una más de las herramientas con las que los candidatos cuentan a la hora de proyectar una imagen. Porque de eso se trata: de proyectar una imagen. Donald Trump es multimillonario, pero eso no le ha impedido proyectar la imagen de abanderado de los desfavorecidos por el sistema.

Lo que cuenta no es lo que seas, sino lo que los electores crean que eres. Y en eso los argumentos racionales pesan, pero casi siempre pesa mucho más el lenguaje corporal y la habilidad en la utilización de eslóganes.

Piensen en todas las barbaridades que Trump dijo durante la campaña, por ejemplo. Los gurús de los medios de comunicación se quedaron en la superficie de las palabras y llegaron de inmediato a la conclusión de que nadie que dijera esas cosas podía ser votado por los electores. Por eso fallaron casi todos en sus predicciones, porque el hecho es que los electores no se quedan en la superficie de las palabras. Si en vez de fijarse en la literalidad de lo dicho por el candidato, los analistas hubieran contemplado desapasionadamente un vídeo de un mitin de Trump y otro de Clinton, habrían podido observar una diferencia notable: Trump sonríe de forma cálida, mientras que la sonrisa de Clinton es tan fría que solo logra transmitir una sensación de falsedad, casi siniestra.

Puede parecer injusto, y probablemente lo sea. Hay personas enormemente buenas, honestas, inteligentes y desinteresadas que, sin embargo, no resultan fotogénicas, o no saben fingir una sonrisa simpática, o transmiten una imagen de distancia, y que precisamente por eso no podrán nunca ganar una elección, a pesar de que podrían ser excelentes gobernantes.

Pero aunque parezca injusto, si reflexionamos sobre ello podremos ver que también tiene su sentido. Dirigir un país, al igual que dirigir una gran empresa, no es solo cuestión de capacidad técnica. Muchos grandes emprendedores son, fundamentalmente, visionarios, gente que fija metas alcanzables y que transmite esa ilusión que hace que las personas den lo mejor de sí mismas. En un país es igual: grandes políticos son aquellos que son capaces de vender una ilusión colectiva atrayente, que hace que cada esfuerzo de cada ciudadano individual merezca la pena. Y para transmitir esa ilusión, una sonrisa pesa a veces mucho más que cien silogismos.

A Trump se le ha pintado como una especie de peligro público, pero el hecho es que, sin haber llegado a tomar posesión, la bolsa americana está en récords históricos y la confianza de los estadounidenses en el futuro de la economía se ha disparado.

Quizá porque «los deplorables» sienten que, por fin, están dirigidos por alguien a quien no le importa reconocer que es tan deplorable como ellos. O sea, tan normal como cualquier hijo de vecino.

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital.

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