Últimas noticias
Lateral derecho Castillo de Javier
Lateral izquierda Castillo de Javier

La irrupción de Claudio Rodríguez

La irrupción de Claudio Rodríguez

La idea de España no solo se sostuvo en los trabajos de la elite universitaria o en los proyectos políticos regeneracionistas que agonizaron a los pies de la tragedia de 1936. Se defendió, también, preservando la calidad del lenguaje lírico, en un idioma recreado por los hombres y mujeres del modernismo de la crisis de fin de siglo y llevado a una inigualable perfección en los años veinte y treinta. La afirmación nacional española se alzó sobre aquellas palabras difíciles, sobre la asombrosa exactitud de la belleza, sobre aquella poderosa materia verbal, capaces de ir dando voz a la misteriosa lógica del mundo, a esa verdad última que solo existe  realmente al pronunciarla.

La estatura lograda por la lírica anterior a la guerra civil fue algo que desborda el ámbito estricto de una vocación literaria. O, en todo caso, fue llevar ese mismo compromiso artístico a un territorio inevitablemente vinculado a la lengua en la que se escribía. No podía hacerse poesía  honesta y de  vuelo lírico sin que aquel fervoroso esfuerzo por destilar la realidad lograra adquirir forma  al margen de la nación donde brotaba. El patriotismo de los poetas españoles, cualquiera que fuese el camino elegido en la encrucijada de 1936, se vertió en la sustancia misma de su quehacer. Compartir una lengua fue la verificación de España sorteando antagonismos políticos y conflictos ideológicos. Compartir una lengua fue trabajar hasta dotarla de su mayor calibre expresivo. Fue hacer de ella la imagen más precisa de la ansiedad de plenitud nacional que acompañó la entrada del siglo XX en nuestra historia.

No es casual que la mejor lírica acompañara a una sólida recuperación de nuestra actividad académica, a la impetuosa movilización de voluntades reformistas, a la insaciable avidez de las misiones pedagógicas, a la más conmovedora ambición de construir un orden político que no se conformara con el lugar secundario al que había quedado reducida la España posterior a la monarquía universal.

La presencia de la poesía en la España de la posguerra fue dando fe de la resistencia de aquellas ilusiones diezmadas por la sangría de la contienda, por el destierro, por la liquidación de espacios de encuentro entre quienes, con la serenidad de un patriotismo sin aspavientos, creyeron que había llegado la hora de su nación. Por ello hemos repasado aquí cómo vivieron juntas, cómo llegaron a integrarse las palabras lanzadas al aire por los más viejos y la voz emprendida por las generaciones formadas en la entusiasta lectura de sus mayores. Esa continuidad es lo que debe interesarnos aquí, porque en ella se encuentra, en estado puro, la delicada permanencia de una España que podía haber desaparecido como gran proyecto cultural y como soberanía de una lengua a preservar. En esa tradición atendida en su tiempo de peligro, la poesía hizo mucho más que dar cuenta del sufrimiento individual, los amoríos personales o los sentimientos privados. La poesía fue un depósito de confianza en la intimidad de una nación, en su resuelta decisión de sobrevivir a la amenaza de la disolución. Bien quisiéramos para nosotros aquella actitud de rescate, en la que quienes leían las obras nuevas de Alonso, Aleixandre,  Juan Ramón o Cernuda, ponían su propia voz a disposición de la vieja labor de darle a España un lenguaje lírico digno de competir con lo que mejor se expresara en idiomas distintos.

Si en 1951 desaparecía uno de los maestros del 27, Pedro Salinas, en 1953 irrumpía el caudal abundante, la transparencia rítmica, el afán de una verdad a descubrir en el fondo de las apariencias, del primer libro de Claudio Rodríguez. Con “Don de la ebriedad” un joven zamorano de diecinueve años  consigue ganar  el prestigioso premio Adonais y nos permite valorar esa capacidad de regeneración del tejido lírico español que se había anunciado a mediados de la década anterior. Quien vuelva a leer este volumen, de apenas veinte poemas, disfrutará de la madurez inicial de un hombre de extraordinaria honradez literaria. No porque sea sincero en la confesión de sus sentimientos, sino porque nos permite llegar a ellos al objetivarlos en una experiencia lírica que podemos compartir.

Y lo que daba a conocer Claudio Rodríguez era un modo  apasionado de vivir a través de la tierra. Lo hacía acostando la palabra en un paisaje  invocado sin descanso desde los albores del siglo, buscando en el color acerado de sus atardeceres, en el aire denso de sus pequeñas ciudades reclinadas a los pies de un horizonte inacabable, la realidad, la imagen, y el símbolo de una patria aún en ruinas. La vida del poeta es la crónica de una revelación: “Siempre la claridad viene del cielo”. Desde el primer verso, el libro es un solemne acto de gratitud. La creación entera yace a nuestros pies, se incorpora ante nuestros ojos, pero solo consigue vivir al ser nombrada. Porque decirla no es solo darle forma, sino también proporcionarle espíritu. Decirla, desde luego, con la eficacia lírica que no se limita a narrar lo que observa, sino que convierte cada fragmento del mundo en parte de una idea total, de un absoluto coherente: “Va el contenido ardor del pensamiento/filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,/para dejar su resplandor y luego/darle una nueva claridad en ellas./Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría/de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta/ su intimidad, su instinto, lo espontáneo/de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta/mi vida así, en sus persistentes hojas/a medio descifrar de primavera?”.

Esa inserción del lenguaje en la tierra, esa función reveladora de la poesía, esa iluminación proyectada sobre un mundo en silencio, se alimentaban de una larga experiencia de la lírica española en el siglo XX. Era la España de la rabia y de la idea, cuya voluntad de vivir resollaba en el fondo de un espacio aún en penumbra, de un universo aún afligido, de un tiempo aún inseguro. La España soñada. La España pronunciada.

Fernando García de Cortázar,  director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

Artículo anterior  OPINIÓN: El retorno de España

Otras noticias publicadas

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies