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OPINIÓN: La doble derrota de Joaquín Maurín

OPINIÓN: La doble derrota de Joaquín Maurín

Por Fernando García de Cortázar

Los lectores de “La Conquista del Estado”, el semanario nacionalsindicalista que fundó Ramiro Ledesma Ramos, pudieron extrañarse al ver el elogio del fundador de las JONS al dirigente comunista Joaquín Maurín. En su afán de jalear todo aquello que desconcertara el orden existente y ofreciera alternativas nuevas a la juventud, Ramiro Ledesma se interesó en diversas ocasiones por aquellos que, desde el sindicalismo de la CNT o desde posiciones comunistas heterodoxas, pretendían reformar el movimiento obrero español y su sumisión a organizaciones internacionales. De todas las figuras que sedujeron al caudillo fascista, Maurín presenta, tal vez, la trayectoria vital más apasionante y el perfil intelectual más riguroso.

Aragonés de nacimiento y catalán de adopción, Maurín, durante unas pocas semanas secretario general de la CNT, fue  uno de los cuadros del sindicato que se incorporó al recién creado Partido Comunista de España. Cuando la dictadura de Primo de Rivera tocaba a su fin, sus enfrentamientos con la cerrazón de la III Internacional y, sobre todo, su oposición al servilismo de su sucursal española, le llevaron a formar un nuevo partido, el Bloque Obrero y Campesino  la organización marxista de más fuerza en Cataluña. Unos meses antes del estallido de la guerra civil, Maurín  promovió el POUM, negándose a  colaborar con el proyecto de unificación general de las organizaciones socialistas y comunistas, puesto al servicio de la estrategia internacional del estalinismo.

Tanto la defensa de Maurín de la independencia del obrerismo español respecto de una potencia extranjera como sus diatribas contra el nacionalismo catalán o la Internacional Comunista les resultaban atractivas a algunos escritores y pensadores ,no, precisamente, de izquierdas. De ellos recibió el aplauso el líder del POUM cuando puso el grito en el cielo, denunciando  la instrumentalización del catalanismo obrero y popular por los intereses de la burguesía: “La limitación del problema nacional a Cataluña hizo perder al movimiento catalán una gran parte de su fuerza revolucionaria. Cataluña aparecía entonces no como el adalid de la libertad colectiva, sino simplemente como una región que quería obtener ventajas exclusivamente para ella.” Pensaba Maurín que el nacionalismo catalán había desprestigiado al conjunto de la izquierda española, y oscurecido el ejemplo de altura democrática que en otros tiempos había ofrecido la región: “El éxito de las fuerzas contrarrevolucionarias en las elecciones de 1933 fue determinado en una cierta medida por la hostilidad contra Cataluña, que gracias a la política de corto alcance –“pairal”, mejor “lugareña”, como se dice en Cataluña- de la pequeña burguesía, había pasado del puesto de abanderado al del pelotón rezagado.”

Maurín escribió algunos de los textos más clarividentes publicados por un marxista español sobre  aquella crisis nacional. Sus análisis de la dictadura y la transición a la república podían abochornar a los teóricos del PCE por la destreza verbal y lo oportuno de su diagnóstico. También lo haría “Hacia la segunda revolución”, dedicado a las causas del fracaso del levantamiento de 1934. Su edición definitiva, en 1965, respiraba por la herida de la doble derrota sufrida por los trabajadores españoles del pequeño Bloque Obrero y Campesino, y de la intervención de Stalin en los asuntos de España con la subordinación de la causa republicana a los intereses  de la URSS: “Stalin nunca se propuso ayudar a ganar la guerra civil española. Lo que Stalin quería era ganar tiempo para ir preparando, mientras tanto, su entendimiento con Hitler. Todo lo demás, desde hace veintisiete años, para España y los españoles ha sido sangre, sudor, lágrimas. Y remordimiento.”

Ese juicio no era el de un recién llegado a los caminos del desengaño. Maurín había organizado una fuerza política precisamente para romper la domesticación extranjera y la falta de arraigo popular que sufría el Partido Comunista oficial. Mientras los trabajadores españoles celebraban el 14 de abril de 1931, el PCE llamaba a la república de los soviets pero el BOC convocaba a la profundización de la revolución democrática. Cuando el PCE regateó su apoyo a la Alianza Obrera, en función de la estrategia diseñada por Moscú, el BOC buscó la conversión de la insurrección de octubre en el campo de la unidad de clase. Cuando el PCE impulsó la convergencia con el PSOE, empezando por sus juventudes, Maurín respondió uniéndose a las escasas huestes de Andreu Nin y formando el Partido Obrero de Unificación Marxista. La estatura intelectual de Nin –traductor de Tolstoi y  Dostoyevsky,  – se sumaba a la habilidad estratégica de Maurín, gracias a la cual el Bloque Obrero y Campesino había logrado una innegable hegemonía entre los trabajadores de la izquierda socialista catalana.

Desgraciadamente, la sublevación de julio de 1936 sorprendió a Maurín, diputado del Frente Popular, en Galicia. Sus esfuerzos por  huir de la zona insurrecta no tuvieron éxito y acabó siendo condenado a una larga  pena de cárcel por el régimen franquista. El POUM, entregado al doctrinarismo extremista de Nin, fue víctima propiciatoria del estalinismo decidido a imponer su dominación militar y política en el campo republicano. Con angustiosa impotencia, Maurín hubo de saber el trágico destino que corrieron sus camaradas, condenados como “contrarrevolucionarios” por órdenes de Stalin, encarcelados e incluso asesinados sin juicio, como fue el caso estremecedor de Andreu Nin. El proceso montado contra ellos rivalizó en crueldad con los contemporáneos sumarios de Moscú, que llevaron a la muerte a algunos de los más brillantes jefes de la revolución bolchevique.

Liberado de la cárcel, Maurín emigró a los Estados Unidos, donde fallecería en 1973. Su espíritu estaba hecho pedazos. Vencido por un adversario con el que se había enfrentado desde su primera juventud, la historia le había infligido una nueva derrota, esta vez a manos de quienes enarbolaban símbolos y consignas que él había considerado propias. Es difícil imaginar peor suerte que la de morir o ser marginado en nombre de unos principios a los que dedicaste lo mejor de tu existencia. A uno y otro lado de las trincheras de 1936, españoles como Maurín sembraron  la semilla de su sangre, de su sudor y de sus lágrimas. Y de su remordimiento. Sobre todo, de su remordimiento.

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC)

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