

Durante los últimos seis meses los institutos demoscópicos del Reino Unido han publicado más de un centenar de sondeos pero ninguno de ellos ha sido capaz de predecir con exactitud cómo va a quedar configurada la Cámara de los Comunes el próximo 8 de mayo, el día después de las elecciones británicas. Las encuestas vaticinan un empate técnico entre conservadores y laboristas y coinciden en que ninguno de los dos grandes partidos obtendrá la mayoría absoluta. Una situación que en el Reino Unido se conoce como hung parliament.
Salvo que las encuestas yerren de forma estrepitosa, el próximo gobierno británico será un gobierno de coalición o, en su defecto, un gobierno en minoría. Las dos posibilidades constituyen en sí mismas una anomalía en un sistema bipartidista como el británico. La ley electoral, vigente desde 1885, favorece la formación de grandes mayorías y durante 130 años ha garantizado la alternancia en el gobierno de dos grandes partidos hegemónicos que han gestionado el poder como un duopolio.
El sistema electoral se conoce popularmente con el nombre de first-past-the-post (FPTP). Se caracteriza por ser muy poco proporcional y por castigar dramáticamente a los partidos minoritarios. Funciona de la siguiente manera: el Reino Unido está dividido en 650 circunscripciones electorales. Cada una de ellas elige un diputado. El candidato, en representación o no de un partido, que más votos reciba se asigna el escaño mientras que el resto de los sufragios caen en saco roto.
Pongamos como ejemplo una circunscripción en la que el Candidato A obtiene 30.000 votos; el Candidato B, 25.000; y el Candidato C, 15.000. El escaño en este caso se lo adjudicaría el Candidato A, provocando que los 40.000 electores que votaron por los Candidatos B y C –que son mayoría- se queden sin representación en la Cámara de los Comunes. El FPTP es tan poco proporcional que es matemáticamente posible que un partido que haya conseguido el 49,9% de los votos a nivel nacional pueda obtener cero escaños.

