
Uno de los lugares más enigmáticos de Lisboa está bajo tierra: son las catacumbas romanas de la Rua da Prata (en portugués “galerias romanas da Rua da Prata”), que no todo el mundo conoce aunque pasee habitualmente por encima de ellas.
Las galerías romanas solo pueden visitarse durante tres días al año, en el mes de septiembre, cuando se forman largas colas en el acceso de Rua da Conceiçao nº 77 para poder disfrutar durante 15 minutos de un trocito de Roma en Lisboa.
El porqué de esta limitación en las visitas es sencillo: durante la mayor parte del año estos túneles subterráneos están inundados, por lo que hay que drenar el agua para acondicionarlos a los visitantes.
Llevan «sujetando» el centro de Lisboa desde hace cerca de dos mil años, pero escondidas de las miradas de quienes solo conocen la superficie de la ciudad: son las galerías subterráneas de la Rua da Prata, una de las mayores obras romanas de ingeniería que se conservan en la capital portuguesa.
Están a escasos metros de la famosa Praça do Comerço, en el corazón de la Baixa lisboeta, y solo pueden visitarse seis días al año.
Este fin de semana abren sus puertas -o, mejor dicho, la trampilla de sus escaleras, situada en mitad de la calzada sobre la que normalmente circulan coches y tranvías- con motivo de la celebración hoy del Día Internacional de los Monumentos.
El hecho de estar escondido y abrir solo una o dos veces al año ha terminado por ser un atractivo del antiguo «criptopórtico» de la ciudad romana de Olisipo.
Lo cierto es que las visitas son muy restringidas porque los investigadores del Ayuntamiento lisboeta no saben hasta qué punto su apertura permanente podría afectar al monumento, por lo que el público solo puede conocerlas en escasísimas fechas puntuales, como este fin de semana.
Cuando la estructura se redescubrió tras el sismo de 1755, los estudiosos de la época consideraron que la construcción romana había servido en la antigüedad como baño público, «las termas de Olisipo», un error que persistió hasta finales del siglo XX y que fue motivado por el agua subterránea hallada en el «criptopórtico».
Y es que las galerías romanas, que en el momento de su construcción eran tan secas y fiables que los arqueólogos actuales creen que incluso se pudieron usar esporádicamente como almacén de mercancías, están parcialmente inundadas por la subida del nivel freático a lo largo de los siglos, por lo que se recomienda para su visita un buen par de botas de goma.
Durante décadas, los lisboetas confiaron, además, en las bondades y propiedades medicinales de estas aguas subterráneas, una superstición que también ha sido superada pero que motivó que en las primeras visitas, a finales de los 90, los curiosos descendieran al «criptopórtico» cargados con garrafas.


