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Concluye la visita del limosnero apostólico a Ucrania, un pueblo herido

Las instituciones caritativas de Kiev y Fastiv fueron las últimas etapas de la misión caritativa de monseñor Luis Marín de San Martín, quien, en nombre del Papa, llevó el apoyo y la cercanía de la Iglesia. Conmovedor el encuentro con las madres que han perdido a sus hijos en la guerra. Incesante la oración para encomendar a Dios a un pueblo herido que anhela la paz

Una flor en la mano para recordar a un hijo cuyo destino se desconoce o que ha perdido. Fue hermoso este delicado gesto de tantas madres ucranianas que, conmovidas, recibieron al limosnero apostólico, monseñor Luis Marín de San Martín, en su último día, este 30 de octubre, en el país de Europa del Este. Con dignidad mostraron un dolor desgarrador que juntas tratan de aliviar. El encuentro tuvo lugar en Fastiv, a aproximadamente una hora de Kiev, segunda etapa de la jornada que comenzó tras una noche de ataques con misiles y drones en la capital, bajo el sonido continuo de las sirenas, los destellos de luz y el estruendo de las explosiones. Primero tuvo lugar la celebración de la Misa en la Nunciatura Apostólica y, luego, la visita a la casa de las Misioneras de la Caridad, las hermanas de la Madre Teresa, en una zona periférica de Kiev a la que se llegó atravesando barrios con edificios destruidos por las explosiones entre montones de escombros. En medio de esa devastación, las hermanas acogen a unos cincuenta huéspedes, los más pobres entre los pobres: desplazados, personas con discapacidad y enfermos, algunos postrados en cama.

El compromiso de las hermanas de la Madre Teresa

El Limosnero, acompañado por el Nuncio Apostólico, el arzobispo Visvaldas Kulbokas, y por el subsecretario del Dicasterio para el Servicio de la Caridad, Massimo Ralli, rezó el Padrenuestro en ucraniano junto con las personas presentes, que compartieron sus difíciles historias.

En los espacios destinados a la acogida hay varias camas y sillas donde dejar las pertenencias que trajeron consigo tras abandonar sus hogares. La responsable del centro también mostró los lugares donde se recoge la comida que cada día la Providencia hace llegar a través de numerosos benefactores. También hay un pequeño jardín donde, en los días más templados, los huéspedes almuerzan y rezan juntos. En esa casa, nadie es un desecho, sino una persona a quien proteger respetando su dignidad. A esta realidad ha llegado el apoyo del Papa y se han identificado las necesidades más urgentes para seguir ayudando al centro de las hermanas en el futuro.

La obra de los vicentinos

Los desplazados por la guerra han encontrado una puerta abierta, un pequeño empleo y cursos de capacitación en la casa de DePaul Ucrania, una obra de los vicentinos. De hecho, allí quienes lo han perdido todo han tenido realmente la oportunidad de volver a empezar, y también el hecho de contar con un espacio propio es señal de un nuevo comienzo. Las historias recogidas son duras, al igual que el camino de cada huésped. No obstante, es una labor con la que hay que seguir adelante con la dedicación de muchos voluntarios y con la ayuda de la Santa Sede.

Signos concretos de caridad

En tres días se recorrieron unos 2.800 kilómetros, se visitaron 12 comunidades de la Iglesia latina y greco-católica donde la caridad se hace presencia viva, hubo numerosos encuentros con sacerdotes y voluntarios, y con desplazados, niños solos, personas con discapacidad y enfermos. A cada lugar se llevó el apoyo del Papa con signos concretos de caridad, que permitirán seguir adelante con muchos proyectos. La misión que acaba de concluir ha demostrado que, si bien la guerra destruye, la Palabra viva del Evangelio sigue germinando en los gestos de quienes aman y de quienes sirven. Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano

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