Detrás de los disfraces y las calabazas hay una historia más compleja que la disputa entre lo pagano y lo religioso.
Cada 31 de octubre reaparece una discusió n que persiste: ¿celebramos una antigua ceremonia celta, una fiesta cristiana o una invención comercial llegada de Estados Unidos? Las tres respuestas contienen fragmentos de verdad, pero ninguna explica plenamente Halloween. Su historia no es una línea recta, sino un encuentro de calendarios, lenguas, migraciones y costumbres que fueron adquiriendo sentidos distintos. Reducirla a una supuesta fiesta del demonio o proclamar que todos sus elementos son cristianos significa confundir épocas y, sobre todo, confundir lo que podemos documentar con lo que hemos terminado creyendo.
El primer equívoco comienza con «los celtas», expresión utilizada como si designara una civilización uniforme. En realidad, agrupaba sociedades diversas. Samhain pertenecía al ámbito gaélico, particularmente irlandés, y marcaba el paso hacia la estación fría, un cambio decisivo en comunidades agrícolas y ganaderas. Los relatos medievales lo relacionan con reuniones y episodios sobrenaturales. Pero esos relatos fueron escritos en una Irlanda ya cristianizada. Por eso no bastan para afirmar que hace dos mil años existiera una fiesta idéntica a la actual, con más caras, espíritus de difuntos y rituales comunes a todos los pueblos célticos.
El historiador Ronald Hutton ha revisado una creencia muy repetida: que Samhain era necesariamente el Año Nuevo celta y una gran celebración de los muertos. Su investigación, publicada en 2024, muestra cómo esa interpretación ganó autoridad en el siglo XIX a partir de lecturas discutidas de un glosario irlandés. Una traducción permitía entender el final de un período; otra se refería al último mes del otoño. La diferencia, aparentemente pequeña, cambió toda una reconstrucción histórica. Es una advertencia valiosa: las tradiciones necesitan fuentes, no solo relatos sugestivos.
¿Y la Iglesia? Su intervención fue importante, aunque distinta de la que suele contarse. Los cristianos recordaban a sus mártires mucho antes de que se consolidara la fecha de noviembre. En Roma, Bonifacio IV consagró el Panteón a María y a todos los mártires en 609 o 610, con una celebración relacionada con mayo. La conmemoración de Todos los Santos se extendió de forma gradual; las referencias a Gregorio III y Gregorio IV pertenecen a ese proceso. No disponemos, sin embargo, de una prueba que permita afirmar que un papa inventó Halloween mediante un decreto destinado exclusivamente a borrar Samhain.
Sí existe un documento pontificio revelador. En el año 601, Gregorio Magno aconsejó a los misioneros de Inglaterra transformar ciertos templos y prácticas locales en lugar de destruirlos sin más. Aquella carta muestra que la adaptación cultural formó parte de la evangelización. Pero no menciona Halloween ni establece el primero de noviembre como fiesta universal. Convertirla en el supuesto certificado de nacimiento de Halloween equivale a atribuir al texto algo que no dice. La historia de la Iglesia, como cualquier otra, exige distinguir entre una estrategia general y una decisión concreta.
También el nombre desmiente algunas versiones populares. Halloween procede de All Hallows’ Eve, la víspera de Todos los Santos. Hallow significa santo; eve, víspera. La contracción circuló en variantes del inglé s y del escocé s hasta adquirir su forma moderna. No nació de la palabra hell, infierno, ni de una errata en una proclamación papal. Hay testimonios medievales de expresiones
equivalentes y el poeta Robert Burns utilizó «Halloween» en 1785. Que el término proceda del calendario cristiano no obliga, desde luego, a considerar cristiana cada costumbre asociada después a esa noche.
Durante siglos se cruzaron tradiciones diferentes: las oraciones por los difuntos, los recorridos para solicitar alimentos, las representaciones con máscaras y los cuentos de aparecidos. En Irlanda y Escocia se tallaban, entre otros vegetales, nabos iluminados. Al otro lado del Atlántico, las calabazas resultaron más apropiadas para continuar aquella práctica. La inmigración irlandesa y escocesa contribuyó a llevar estas costumbres a Norteamérica; allí, escuelas, barrios y comercios transformaron la celebración. El «truco o trato» y la industria de los dulces pertenecen fundamentalmente a esa etapa moderna, no a una ceremonia celta conservada intacta.
¿De dónde procede entonces su asociación con el satanismo? Los símbolos de miedo, brujas y fantasmas tuvieron usos folclóricos, literarios y comerciales variados. En el siglo XX, ciertas polémicas religiosas, especialmente en Estados Unidos, reforzaron la interpretación de Halloween como amenaza espiritual. Pero representar un personaje terrorífico no equivale necesariamente a practicar un culto. Tampoco todo lo que ocurre el 31 de octubre carece de significado religioso. La honestidad intelectual consiste en examinar las prácticas concretas antes de convertir una valoración moral en una afirmación histórica.
La última transformación es intercultural. Halloween viajó mediante el cine, el comercio y la publicidad, pero no llegó a todas partes con idéntico significado. El antropólogo Carlos Miñana Blasco mostró cómo Bogotá lo convirtió en una celebración urbana con denominaciones y usos propios, entre ellos el Día de los Niños. Algo parecido sucede siempre que una sociedad recibe una costumbre y la interpreta según sus relaciones familiares, sus creencias o sus mercados. Eso no convierte Halloween en el Día de Muertos mexicano, de historia propia, ni borra la tradición española de Todos los Santos. La proximidad en el calendario no implica identidad.
Quizá la pregunta más fecunda no sea si Halloween es enteramente pagano o cristiano, sino qué hacemos hoy con una tradición construida por muchas generaciones. Su nombre recuerda una víspera religiosa; sus máscaras remiten a distintos folclores; sus calabazas hablan de migraciones; sus escaparates, de la economía contemporánea. Comprender esas capas no obliga a celebrarlo ni a rechazarlo. Permite algo más exigente: discutirlo sin falsear su pasado.
Hugo Ruano, religioso colombiano

