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De Niro y Pacino, hielo y fuego en «El irlandés»

Robert De Niro y Al Pacino, dos de los mejores actores de la historia, frente a frente -quién sabe si por última vez- y dirigidos por Martin Scorsese en una historia crepuscular sobre el mundo del crimen organizado. Es «El irlandés», un filme «especial» para ambos intérpretes, según dicen a Efe.

«Es especial porque Marty (Scorsese) y yo íbamos a hacer otra historia de gángsters (basada en ‘El invierno de Frankie Machine’, de Don Winslow) que discurría en la costa Oeste y era muy diferente en cuanto a tono y estilo. Era algo más romántico», explica De Niro, que interpreta con hipnótica frialdad y contención al protagonista, Frank Sheeran, y ejerce también como productor de la cinta.

«Marty empezó a mostrarme películas en las que pensaba como inspiración, como las de Jean Gabin o Jacques Becker. Le comenté que tenía pendiente leer el libro ‘I Heard You Paint Houses’, de Charles Brandt, como documentación para el proyecto», agrega el célebre actor ganador de dos Óscar, por «El Padrino: Parte II» y «Toro salvaje».

En ese momento, los planes cambiaron por completo.

«Cuando finalmente lo acabé, le dije a Marty: tienes que leerlo. Creo que es lo que buscamos de verdad. Y así empezó», sostiene De Niro en una entrevista durante la promoción del filme en Londres.

El resultado es descomunal: una película épica de tres horas y media (en cines desde el 15 de noviembre y a partir del 27 en Netflix) contada a través de los ojos de un veterano de la II Guerra Mundial involucrado en uno de los mayores misterios sin resolver de la sociedad estadounidense: la desaparición del jefe sindical Jimmy Hoffa (Pacino).

Sheeran se convierte en la mano derecha del jefe mafioso Russell Bufalino (Joe Pesci, imperial) y esa amistad sirve de motor para llevar al espectador a los pasillos ocultos de la mafia, mientras observa sus códigos internos, rivalidades y delicadas conexiones políticas.

Aunque De Niro y Scorsese han hecho nueve películas juntos, para Pacino era la primera vez a las órdenes del neoyorquino.

«Siento que Marty pertenece tanto al cine y a sus engranajes que tengo la sensación de que nació ya dirigiendo películas», concede el actor de 80 años, descomunal en su volcánico y visceral Hoffa.

«Es muy cómodo estar con alguien que trabaja así, tan seguro de lo que hace. Eso ayuda a crear un ambiente especial», añade el ganador del Óscar por «Esencia de mujer», que estuvo cerca de trabajar con Scorsese previamente en un proyecto sobre el artista italiano Amedeo Modigliani.

De Niro y Pacino compartieron créditos en «El Padrino: Parte II», pero no aparecieron juntos en ninguna escena. Eso cambió con su memorable duelo en «Heat» y en el olvidable thriller «Asesinato justo».

Ahora, aseguran haber saboreado cada segundo de «El irlandés», donde aparecen rejuvenecidos digitalmente gracias a la tecnología de Industrial Light & Magic, que elevó el presupuesto hasta los 160 millones de dólares.

«Me gustan todas las escenas que tengo con Bob», confiesa Pacino.

«La más memorable diría que es la de Frank renunciando a trabajar para Hoffa. Quedó muy divertida y dice muchas cosas sobre ambos personajes. En realidad, todas lo hacen. Marty usa planos muy cerrados y cada secuencia está muy bien perfilada», sostiene.

En la trama confluyen guiños constantes a películas de Scorsese (sus célebres ‘travellings’, el Copacabana, la voz en off, la escena de los taxis) pero también hay espacio para rendir pleitesía al Sergio Leone de «Érase una vez en América» (la culpa como bisagra de la historia) o al Francis Ford Coppola de «El Padrino».

De hecho, en el homenaje más explícito a ese clásico, llega a sonar la banda sonora de Nino Rota. Y muchos verán, en su amargo final, ecos del epílogo de su primera parte.

«Desde luego, es el mismo mundo visto desde ópticas diferentes. Es parte del mismo universo», recalca.

Pacino, con ganas de precisar, remata: «Aunque la escena de la puerta que se cierra en ‘El Padrino’ posee un significado completamente diferente».

En «El irlandés», Scorsese habla del paso del tiempo y de las consecuencias de unas vidas al margen de la ley, pero sobre todo, de cómo una traición puede quebrantar el espíritu del ser humano, hasta el punto de que la redención resulta imposible.

La puerta queda entreabierta, pero no hay nadie al otro lado. La soledad era esto. EFE

Antonio Martín Guirado

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