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Irlanda queda demasiado lejos

Hace muy poco, en el Parlamento Europeo, un partido ha puesto banderines separatistas catalanes en sus mesas como apoyo al prófugo Puigdemont. Se llama Sinn Fein, y la cosa es mucho más triste de lo que parece.

Cuando yo era pequeño (desde los 9 años) pasaba muchos veranos en Irlanda. Hablaba mucho con la gente con la que convivía, y una de las cosas que primero absorbí fue una visión épica de la independencia irlandesa (de la República de Irlanda) y de los que la habían conseguido. Y también tuve ocasión de escuchar, muchas veces, apologías del IRA, el grupo terrorista que atacaba a los británicos en Irlanda del Norte. Historias y puntos de vista que ayudan a entender por qué un partido como Sinn Fein puede apoyar hoy al separatismo catalán, y en su día al movimiento separatista vasco liderado por ETA.

Una larga historia de brutalidad (TL;DR)

La historia de Irlanda en los últimos siglos es convulsa, pero es que siempre lo ha sido. Lo que la define es que la mayor parte de su población era católica, y fiel a la dinastía de los Stuart (o Estuardos) que perdieron las distintas guerras civiles británicas. Se podrían hacer paralelismos con el carlismo y no andaríamos lejos.

La reacción de los protestantes que gobernaban Gran Bretaña fue mucho más allá de las expropiaciones a magnates carlistas que empobrecieron a muchos terratenientes navarros. A lo largo de los siglos, los gobernantes británicos protagonizaron masacres como las de Cromwell y procuraron convertir en irrelevantes a los católicos irlandeses, no sólo limitando sus derechos civiles como hicieron en Inglaterra y Escocia (no podía comprar o heredar tierras, votar, educarse ni vivir cerca de las ciudades), sino importando masivamente colonos calvinistas escoceses (la rama más intolerante del protestantismo) y dándoles tierras a costa de los rebeldes. También destruyeron la clase terrateniente irlandesa y la sustituyeron con nobles de origen inglés o escocés.

El nivel de brutalidad del gobierno británico y sus dirigentes es difícil de creer, y se resume en la Gran Hambruna, cuando ante una plaga que destruyó las cosechas de patata de las que se alimentaba la mayor parte de la isla, ni los terratenientes ni el gobierno hicieron nada para ayudar a la población. Es más, las cosechas de trigo, que sí habían funcionado, se exportaron a Europa. Murieron de hambre y enfermedad en torno a un millón de personas (en plena Europa, en 1846), y otro millón tuvieron que emigrar. Irlanda perdió casi un cuarto de su población. Y el resentimiento quedó servido. Después de eso, fue cuestión de tiempo que llegara la violencia y eventualmente, en 1921, la independencia de parte de la isla.

Esa independencia no fue el fin de la historia, porque el norte de Irlanda quedó en manos británicas. Esto costó una guerra civil a los irlandeses (entre los que aceptaban la partición y los que no). Los que no la aceptaban perdieron, y son el Sinn Fein y su brazo armado, el IRA, la organización paramilitar acusada de más de 1700 muertes, la mayor parte en atentados terroristas inexcusables.

Una comunidad oprimida

La situación en Irlanda del Norte degeneró deprisa para los católicos. En más o menos la mitad de sus condados (los más próximos al cogollo de Belfast) la mayoría de la población era protestante. Y el resto…

El resto vivía discriminado. Incluso después de las dos guerras mundiales, si no pertenecías al grupo correcto no podías trabajar en los sectores clave de la economía de entonces, como los astilleros o la industria pesada. No podías aspirar a posiciones de mando en la administración pública. No podías trabajar en la Policía (el Irish Constabulary llegó a ser un nido de sectarismo notable) y no mencionemos la Justicia.

La vivienda era otra área de discriminación, fomentándose la segregación e invirtiendo menos en las áreas católicas.

En la educación pasaba lo mismo. Si los que no estaban en el gobierno querían una educación según los deseos de los padres, tenían que optar por colegios privados porque el 90% de los públicos seguían el criterio dominante.

Y los que estaban en el gobierno eran pro británicos, primero porque eran mayoría (los católicos, discriminados, fueron emigrando desde la partición) y segundo porque se usaban las leyes electorales y los distritos para favorecer que la inmensa mayoría de los representantes saliera protestante, incluso en zonas de mayoría católica. De hecho, al restringir el voto a propietarios contribuyentes (y favorecer a los protestantes en la propiedad) se daba el caso de que un propietario protestante podía tener voto en seis áreas, y un católico en ninguna.

En la calle, los dueños eran la Orden de Orange, un grupo militante protestante que celebraba ruidosa y agresivamente las victorias históricas de su bando, por ejemplo marchando con bandas de música a través del territorio católico como si fuera terreno conquistado. La situación de intimidación era continua.

Con sus evoluciones, esta fue la tónica hasta los 70. Y empezó a cambiar porque en los 60 empezaron a generalizarse disturbios violentos y auténticas guerras de guerrillas (los “Troubles”). No porque los católicos se alzaran, sino porque un nuevo ministro quiso corregir las aberraciones sectarias… y los protestantes quisieron proteger sus privilegios con la fuerza. Fueron protestantes los que empezaron a matar, prendiendo el incendio que consumió Irlanda del Norte durante décadas y donde el IRA se hizo protagonista. El final llegó con los acuerdos de Viernes Santo, que eliminaron la mayor parte de la discriminación legal y política… y que han quedado en el aire con el Brexit.

Se equivocan de opresor

El criterio de discriminación en Irlanda del Norte era la religión, no el idioma. Pero creo que a cualquiera que vea cómo se está usando éste como herramienta nacionalista en Baleares, Cataluña o Navarra, le sonará el método. Tanto en la educación como en la administración pública, y en la contratación de las empresas que la sirven, como en la representación electoral desproporcionada de áreas menos pobladas pero nacionalistas (el caso de Cataluña es notorio). El nacionalismo está usando las armas de los protestantes.

No hace falta tampoco irse a la Ribera de Navarra para ver que el nacionalismo invierte mucho más, y favorece de otras maneras, en las áreas que controla. Ni hace falta irse a Alsasua para ver lo que pasa cuando se permite que los nacionalistas no dejen expresar públicamente puntos de vista distintos de los suyos.

Y tampoco hace falta fijarse mucho para ver el paralelismo entre el control de la calle, los lazos amarillos, el acoso a políticos constitucionalistas y los paseos de militantes vascos de Sortu por Pamplona, y las tácticas de los sectarios protestantes.

Irlanda del Norte era un territorio conquistado, donde una minoría era perseguida, discriminada y acosada por su origen y su afiliación política, usando para ello criterios culturales. Cualquier paralelo entre esto y el País Vasco era pura coincidencia (especialmente a partir de la democracia), pero desde hace mucho tiempo, el Sinn Fein y los sucesores de Batasuna se han tratado como hermanos. Quizá porque eran los dos únicos partidos de Europa que justificaban la violencia terrorista contra un Estado. Quizá porque se tragaron el cuento batasuno de la liberación de un pueblo oprimido.

Que den el salto a apoyar a los separatistas catalanes tiene todavía menos excusa, y se explica por la adopción de Otegui y los suyos por los de la estelada.

Señores de Sinn Fein, están defendiendo a los aspirantes a opresor, no a los oprimidos.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista y miembro de la junta directiva de Ciudadanos Pamplona.

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