Entre los problemas que tenemos hay unos cuantos que nos creamos solos, por no hablar claro y a tiempo. En las parejas alguno pasa 40 años cenando col lombarda en Navidad por no decir que no le gusta. En la sociedad, muchos acabamos padeciendo los abusos de algunos por no estar dispuestos a dejar claro que no estamos de acuerdo.
El caso catalán es evidente. Durante casi cuarenta años, desde la rebelión de los “2300” (que acabó con la mayoría de los valientes exiliados de Cataluña), se ha venido admitiendo y dando por sentado que el destino de todo niño criado en Cataluña es serlo en catalán. Durante años se ha tolerado sin pestañear que se rotule sólo en catalán, desde edificios oficiales a calles o tiendas. Incluso que se exija el idioma para atender en los servicios de salud catalán o balear. Algo que es una afirmación de una parte de la sociedad frente a otra se ha dado por bueno porque discutirlo era “de fachas” y nadie quería la etiqueta.
El caso del empresariado ha sido especialmente sangrante. Durante años han aguantado (casi todos) callados que el separatismo dijera que tras la independencia todo sería un jardín de rosas, próspero y europeo, y sólo han hablado claro al final. Han dejado que la población pensara que la independencia no preocupaba a las empresas. Y ahora dejan que muchos piensen que se van por la “violencia” policial.
Y así, ha tenido que llegar el final de la partida, la ruptura de la baraja por los separatistas, para que las empresas se muevan y salga a la calle ese 43% (o 52%, si contamos a los “comunes”) de catalanes que no está dispuesto a que se pisotee su punto de vista hasta la tumba. Porque ahí es a donde lleva el callarse y dejarse llevar: a seguir callado hasta el final.
En el norte, el miedo a salirse del tiesto y contradecir esa visión ha sido más agudo que en Cataluña. Ahí no era fácil que te adosaran una bomba (aunque pasó), pero era muy difícil trabajar y convivir con el estigma de “facha” o “anti catalán”.
En la Comunidad Autónoma Vasca se ha venido imponiendo la misma visión de cultura uniforme y obligatoria, con los resultados esperables para niños no vascoparlantes forzados a pasar por una escuela que no habla otro idioma.
En Navarra se pretende deshacer el modelo de “zonas” con mayor o menor papel del vasco para permitir a los gobernantes abertzales premiar con más puntos el idioma vasco que las competencias técnicas en cualquier convocatoria de empleo público. Se premia a asociaciones afines con contratos públicos (y se pagan castillos en el sur de Francia a asociaciones promovidas por ex terroristas, como “embajada cultural navarra”). Se gasta dinero de todos en premiar un rasgo que tiene sólo el 12% de la población. Se ignoran las leyes de símbolos (las que no pueden eliminar) premeditada y reiteradamente, sin consecuencias para los autores. Una minoría abertzale hace todo lo posible por diluir la identidad navarra en la vasca (y convertir Pamplona en “la cuarta capital vasca”). Aquí, al menos, hay un par de sindicatos (médicos, funcionarios) que presenta recursos, y asociaciones culturales que se atreven a salir a la calle a demostrar que el punto de vista contrario existe.
El 80% de la población vasca quiere que cesen los homenajes a terroristas, pero no sólo se permiten sino que se fomentan desde el gobierno vasco con estudios que pretenden “certificar” extrajudicialmente la existencia de torturas en la lucha contra el terrorismo. Poner en cuestión los abusos infumables del Cupo y la opacidad del Convenio te gana el apelativo de “enemigo de” los derechos históricos por parte de los que se que se enfundan en ellos para quitarles su sentido.
Y no es sólo el monotema identitario. La misma epidemia de corrección política forzada se ve en muchos más temas. Uno de ellos es el drama de los asesinatos de mujeres, convertidos en bandera de una serie de prejuicios sobre la sociedad y el género humano que no son asumidos por la inmensa mayoría, pero aún así acabamos tragando para no ser descalificados en público. Si uno piensa que hay que reformar una ley que vulnera la presunción de inocencia y la igualdad, al tratar el sexo del agresor como agravante si es varón, se expone a un linchamiento mediático. Si uno quiere alabar la apariencia de una artista, además de su profesionalidad y simpatía, más vale que lo diga con cuidado o le pondrán a caer de un burro por machista, misógino, insensible y sostén de la violencia de género. Incluyendo, a veces, parlamentarias que debieran tener mejor criterio.
Algunos partidos prefieren demasiadas veces llevarse bien con el matón que defender al acosado. Siguen sin entender que entre el sectario original y la copia, la gente prefiere al más radical. Otros tienen menos miedo.
Ciudadanos pide la eliminación de esa agravante en la LVG. Albert Rivera también ha hablado claro sobre el intento de asimilación de Navarra por los nacionalistas vascos. Igual que han llamado a la manipulación educativa por su nombre en Cataluña, han señalado los abusos del Cupo vasco, han exigido que cualquier imputado por corrupción dimita, y otras muchas cosas. A cambio les han llamado de todo, y “extrema derecha” es de lo más leve. Hablar claro sigue siendo algo muy delicado a lo que no estamos acostumbrados. Y tenemos que asumir que decir la verdad no sale gratis, pero hay que hacerlo, porque dejar el campo libre hoy sólo hace más difícil hablar mañana.
Significarse nunca es fácil. Hacerlo cuando sectarios controlan el dinero y los medios de comunicación es durísimo. Hacerlo cuando dominan las redes sociales es arriesgarse a tormentas de fango que manchan tu nombre y el de lo que representas. Tienes que tener un enorme cuidado para hablar y no hacer daño a lo que defiendes. Elegir las batallas. Pero al final lo esencial es encontrar el modo de dejar clara tu posición a tiempo, moleste a quien moleste.
O comerás col lombarda durante 40 años.
Miguel Cornejo, Economista @miguelcornejoSE


