El pasado mes de mayo nos sorprendía la noticia de que doña María del Rocío Espinosa De la Torre, edil por el PSOE-A y alcaldesa de la localidad onubense de Almonte, por un bando municipal promulgado con motivo de la Romería del Rocío de este año, emitido por el Ayuntamiento, hacía saber que para «velar por la conservación de sus tradiciones y promover el respeto hacia las formas de expresión que le son propias» quedaba prohibido «los bailes y cantes que no sean los de carácter tradicional«. Esto implicaba que durante los días que se celebrara la Romería en Almonte (entre el 31 de mayo y 6 de junio) los almonteños y los devotos de la Virgen del Rocío no escucharán ni podrán amenizar las calles de la localidad con música que no sea propia de la Romería.
Algo así puede parecer una medida inicialmente extremada, más en la época estival, particularmente entre el Día del Corpus y el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, periodo cuajado a lo largo y ancho de nuestra nación de pueblos y ciudades que celebran sus fiestas patronales.
Sin embargo, si considerásemos seriamente que el término folklore –escrito en ocasiones como folcklore, folclor o folklor- hace referencia tanto al conjunto de las creencias, prácticas y costumbres que son tradicionales de un pueblo o cultura; como, además, a la disciplina que estudia estas materias, tal criterio nuestro podría y debería cambiar. El folklore incluye los bailes, la música, las leyendas, los cuentos, las artesanías y las supersticiones de la cultura local, entre otros factores. Se trata de tradiciones compartidas por la población y que suelen transmitirse, con el paso del tiempo, de generación en generación.
No obstante, si se piensa bien, en una inmensa mayoría de ocasiones, es triste apreciar cómo se han perdido o van perdiendo numerosas tradiciones locales, que son en sí mismas tesoros etnológicos o folklóricos, dando paso a unas jornadas más o menos homogéneas que, denotan una creciente secularización y una también creciente homogenización e influencia de lo foráneo, frente a la tradicional y sana competencia y emulación o pique entre cada localidad y sus lugares vecinos, como la expresada por la jota “La Virgen del Puy de Estella / le dijo a la del Pilar / si tú eres aragonesa, / yo soy navarra y con sal”.
Salvo en las localidades que madrugan para los encierros de reses bravas, y muchas veces este madrugar se sustituye por un trasnochar, las fiestas han ido desplazándose del día a la noche y de la alegría a la borrachera y consiguiente resaca, cuando no en un pretexto para desordenes peores, como las cada día más cotidianas agresiones sexistas.
Así, no es raro ver cada vez menos asistentes a los rosarios de la aurora, procesiones patronales, misas mayores, vísperas, romerías o salves marineras. Las comidas populares tradicionales, alubiadas, calderetes, migas, costilladas, sardinadas, abadejadas, marmitacos… en que confraternizaban los vecinos, quienes, al modo de Juan Palomo, se lo guisaban y comían, han dado paso a la contratación por el ayuntamiento local de empresas de “catering” que pueden ofrecer el mismo menú en Gandía, Ronda, Mondoñedo, Estella o Belmonte.
De modo similar, las danzas y cantos populares de cada tierra, son para muchos jóvenes algo de lo que oyen hablar a sus padres o abuelos o, si hay un especial interés pueden conocer a través de museos y enciclopedias de etnología o en novelas y películas como Bailando hasta la Cruz del Sur (R. García Serrano) o Ronda Española (dirigida por Ladislao Vajda).
La gente parece olvidarse de las auroras, jotas o himnos en honor de nuestros cristos, vírgenes y patrones. De las canciones del pueblo, trátese del “Paloteado” de Cortes, de canciones como “Pamplona, perla del Norte” o de las seis danzas (cuatro con palos, una de pañuelo y una jota) de los Danzantes de Ochagavía y su bobo.
Ya no se cumple la jota “Pamplona siete de Julio, / cantan los mozos y mozas:/ los de la montaña en vasco, / los de la Ribera en Jota”. Jotas, fandangos, pasacalles, zorcicos, pasodobles, purrusaldas, bribilketas, espatadanzas… parecen haber cedido el puesto entre las charangas callejeras y entre las orquestas y escenarios de nuestras plazas a las versiones de los 40 principales y canciones similares, interpretadas –con el permiso de la SGAE- por orquestas ambulantes, que actúan como las citadas empresas de “catering”, esparciendo las mismas notas por todos los rincones. Ya no se baila al son de la gaita, el pandero o la castañuela, sino a los acordes del “Despacito” de Fonsi, el “Súbeme la radio” de Enrique Iglesias o el “Me enamoré” de Shakira, o en el mejor de los casos, el “Que viva el vino” del este año poco exitoso Georgie Dann o el mariachi de turno.
Hasta los bailes de la era y las romerías han perdido la emocionante picardía de verse y rozarse mozos y mozas, porque en esta sociedad eso ya está superado y no hay tabúes y éstas últimas han perdido todo carácter religioso y devenido simples botellones campestres.
No olvidemos que, con el avance de la globalización las costumbres van difuminándose y pierden importancia o se fusionan con corrientes que provienen de otros países. Para los amantes de la cultura pura estos son temas preocupantes y la forma que tienen de enfrentarse a ellos e inculcar en nuestros descendientes el amor por la patria. Se mire como se mire, el folklore no deja de ser algo distintivo y propio de cada pueblo. Por eso, en tiempos de globalización, en que, junto con la economía o el inglés, la cultura tiende a homogeneizarse y los países dominantes imponen sus creaciones. Por eso el folklore supone un ámbito de resistencia para nuestra identidad.
Con esta globalización de nuestras tradiciones populares, se pierde no sólo nuestra naturaleza, pues a decir de Cicerón, “la costumbre es como una segunda naturaleza”, sino también nuestra idiosincrasia cultura, personalidad e identidad, si Baroja tenía razón al afirmar que “una costumbre indica mucho más el carácter de un pueblo que una idea”. Quizá la alcaldesa de Almonte no esté tan descaminada, sino que haya erguido en paladín de las costumbres, naturaleza y carácter de su pueblo contra aquéllos que, por la razón que sea, buscan enajenar nuestras ideas.
Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista
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