
En las elecciones pasadas algunos líderes de nuevos partidos prometieron llevar a cabo en la nueva legislatura una regeneración de la vida política, un buen deseo necesario y muy atractivo. Y es así porque, aunque desde hace meses el gobierno ha puesto en marcha leyes que van en ese sentido, sin embargo, todos los días nos golpean nuevas noticias de falta de ética en el desempeño del quehacer político. Y seguimos escandalizándonos.
Escribo en el inicio de la Pascua, cuando todo, desde la propia naturaleza, invita a un resurgir de nuevo, a una auténtica regeneración. Con el sosiego que proporcionan los días densos de la Semana Santa he leído las actas de un Seminario organizado por AEDOS[1], cuya lectura me ha permitido afianzar algunas ideas previas, que por otra parte no son nuevas ni totalmente originales, pero sí tienen en el texto una mayor coherencia; las aportaciones de otros participantes del Seminario han añadido riqueza al conjunto.
No voy a resumir aquí el libro, ni siquiera una parte importante de las ideas expuestas en el Seminario, sólo pretendo, como siempre, proporcionar algún apunte sobre lo leído.
Coincido con la afirmación de Ariño de que estamos ante la quiebra de algunas instituciones políticas, más peligrosa y más difícil de superar que la crisis económica. Y yo añado que es muy difícil recomponer la quiebra cuando nos falta el nervio moral para llevarla a cabo.
Su propuesta para recuperar el tono de esta España, hoy acobardada, parte de la reforma del sistema de partidos políticos, empezando por la forma de financiación y la lucha decidida contra toda forma de corrupción, ya que precisamente ahí está el origen de la mayor parte de los casos de fraude que salen a la luz y que afecta a todos los partidos en la medida en que tienen cuotas de poder, en todos los niveles, central, autonómico o local.
Poner en práctica estas reformas es muy importante, sin ninguna duda; acabo de señalar lo que en esta línea está llevando a cabo el ejecutivo, pero las medidas no se traducirán en una auténtica regeneración de los comportamientos políticos si no nacen del compromiso personal. Y éste difícilmente puede arraigar en una sociedad débil, buena parte de ella sin valores y sin la fortaleza necesaria para vivirlos, difundirlos y exigir su cumplimiento.
Es decir, son las personas las que son o no rectas, leales, comprometidas con la verdad y el servicio; y éstas no surgen del vacío, nacen y viven en una familia, asisten a centros educativos de distintos niveles, trabajan o realizan tareas de distinto signo. Son las personas, somos cada uno de nosotros los que debemos comprender la responsabilidad que nos incumbe en la regeneración de la vida política. Somos todos, cada uno, quien no puede omitir en su declaración a Hacienda hasta el último céntimo de sus ingresos; no puede haber ninguna persona que trabaje y no esté dada de alta en el registro correspondiente; etc. Porque la economía sumergida es también corrupción, muy importante y consecuencia de multitud de comportamientos injustos, que, además, provocan injusticia en el reparto de las cargas públicas. Y no se puede mirar con simpatía ese modo de actuar. Ahí sí que nos toca a todos poner un grano de arena, ahí sí que todos tenemos algo que mejorar. Aprovechemos este nuevo despuntar de la naturaleza para sentirnos concernidos en la tarea de regenerar las instituciones y los comportamientos políticos.
[1] En 2014 y en torno al libro de Gaspar Ariño ‘Regenerar la democracia, reconstruir el estado’.
Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía
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